La parábola del Titanic
En abril de 1912, la forma más perfecta e impactante de la modernidad industrial, el Titanic, se conocía como expresión flotante. Se entendió y creyó que el hombre había construido un prodigio técnico, un desafío con ojos sobre el futuro. Casi una declaración de un nuevo tiempo, un acto de fe, con miras en el progreso, asociado a las nuevas tecnologías y basado en las certezas científicas y técnicas, que proclamaban la llegada de una “nueva era”. El 10 de abril de 1912 el Titanic zarpó desde Southampton, Inglaterra, hacia Nueva York.
No significaba solo el viaje de un transatlántico, sino instalar la sensación de que el hombre y sus energías desafiaban a la naturaleza con la técnica. El hombre en su máxima expresión. Absolutamente desafiante e invencible. Ajeno a las fuerzas de la naturaleza. Simultáneamente, la prensa lo celebraba en sus páginas; los magnates pujaron por subirse, y los salones de primera clase respiraban fortaleza, seguridad y la certeza de que esa civilización era, por fin, dueña y conductora de su destino. Cuatro días más tarde, el 14 de abril, el reloj marcaba las 23.40, y esa narrativa encontró su grieta: el Titanic chocó contra un iceberg, en el Atlántico Norte.
No fue una explosión, ni un estruendo, sino un largo y silencioso roce, sobre un costado, que lo hirió de muerte, casi como si la naturaleza no necesitara dramatizar. La profunda herida que recibió su casco no pudo ser más certera y dolorosa. El 15 de abril, apenas 9 horas después de ese fortuito e inesperado accidente, el barco desapareció bajo el infinito y profundo mar. Sobrevivieron unos 700 pasajeros; los embarcados oportunamente ascendían a 1517. Lo que se hundió no fue solo un barco, sino una certeza, una ilusión colectiva, un futuro en construcción. Al fondo del mar se fueron sueños e ilusiones. También la omnipotencia, creer que todos los límites pueden ser superados, y aun que el mismo Dios, invocado retóricamente, quedaba fuera de juego ante el certero avance de la inteligencia humana.
El Titanic no solo navegaba en el océano; navegaba contra la idea misma de los límites, negando la vulnerabilidad que lo arrastraba a una aventura frente a lo desconocido. Es justo recordar la escena de la orquesta, que seguía tocando mientras el barco suavemente se sumergía en las frías aguas, como si nada estuviera ocurriendo. Se privilegiaba el orden como una ficción, mientras el agua devoraba a cientos de mujeres, niños y hombres. La búsqueda de los botes salvavidas, escasos porque se soñó que era insumergible y nunca se necesitarían, fracasó ruidosamente. Subitamente, la posibilidad de un desastre se hizo realidad. La vida dejaba testimonio de lo real; lejos quedaron los sueños.
Caso omiso se hizo, también, a la advertencia de otros navíos de bajar la velocidad. Se suponía que nada debía modificarse, y así lo entendió la jerarquía del buque. Haberlo hecho habría significado traicionar la promesa que el Titanic representaba, las fortalezas intactas de lo divino. El Titanic no es solo un episodio del pasado, es el testimonio de que en solo cuatro días algo existió, recorrió la historia, negó la realidad y sufrió su caída, muerte y desaparición. Un ciclo que se repite, con variaciones, en distintos planos de la experiencia humana, desde lo individual hasta lo geopolítico. Desde la inteligencia artificial, con fronteras infinitas y sin límites ciertos, hasta las guerras intercontinentales, que hoy asuelan y asombran al mundo.
Tal vez sería bueno que los mesiánicos administradores de los grandes poderes adviertan que, lejos ya del Titanic, hay cierta similitud, cierta inmediatez, con aquel hecho atroz. Tal vez sería bueno advertir que no somos inhundibles; basta recordar que el covid se repartió por el mundo, con consecuencias que aún no se pueden evaluar en profundidad y seguridad. Hay que tomar conciencia colectivamente de que la condición humana está en gravísimo riesgo. Nos negamos a bailar en el Titanic; eso ya ocurrió y no queremos que se repita. Cordura, reflexión, mesura, paz y prudencia se imponen sobre la locura a corto plazo de las guerras. No perdamos este norte que nos marca la brújula de la supervivencia.
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