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perfil.com · hace 16 horas · Darío Silva D'Andrea

El nuevo modelo económico de Marruecos

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En 2023, Marruecos cruzó un umbral crítico cuando el valor de sus exportaciones de automóviles superó sus ingresos por fosfatos, el recurso mineral que había anclado la economía del país durante al menos un siglo. Desafiando las expectativas, un país sin petróleo, sin gas y sin otras ventajas obvias de recursos se había convertido en el centro automotriz más dinámico del Mediterráneo.

Pero esto no fue un milagro. Fue algo más útil: un caso de estudio en método económico. Cuando Marruecos obtuvo la independencia en 1956, heredó una administración colonial diseñada para extraer recursos, no para desarrollar la economía. El acceso a la educación superior había sido despiadadamente racionado. Apenas 1.395 estudiantes terminaron la escuela secundaria ese año, y apenas 2.000 estudiantes universitarios estaban matriculados en todo el país. Efectivamente, no había abogados capacitados para redactar leyes, ni economistas para elaborar un presupuesto, ni ingenieros para gestionar un puerto.

Así pues, Marruecos recurrió al único grupo que el sistema colonial no había pensado en restringir: los médicos. Los facultativos que habían estudiado en Francia se convirtieron en embajadores, ministros e incluso primeros ministros. El país construyó su primer Estado con lo que tenía, no con lo que deseaba tener, y se ha mantenido fiel a este enfoque. La lección es no esperar a que se den las condiciones ideales, sino convertir la improvisación en una política formal y reorientar el talento disponible en consecuencia.

La trayectoria de Marruecos desde la independencia se parece menos a una marcha triunfal que a un barco que mantiene su rumbo sin importar el clima. En lugar de intentar navegar en línea recta, los líderes marroquíes siempre han virado y ajustado, sin perder nunca de vista el siguiente punto de referencia.

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Los resultados hablan por sí solos. Entre 1990 y 2019, el PIB casi se triplicó y la pobreza extrema fue prácticamente erradicada. De 2000 a 2017, los ingresos per cápita crecieron más rápido que en casi cualquier otro lugar del norte de África y Oriente Medio. Nada de esto provino de un auge de las materias primas o de una ganancia inesperada del extranjero. En cambio, Marruecos desarrolló una concepción específica del papel del Estado en la orquestación del desarrollo económico. En lugar de planificar desde arriba o apartarse por completo, compuso la partitura, trajo los instrumentos adecuados y mantuvo el tempo.

Por ejemplo, al construir su industria automotriz, el objetivo nunca fue edificar una sola fábrica, sino dar forma a la cadena de suministro nacional. En lugar de limitarse a ofrecer exenciones fiscales a los ensambladores extranjeros, el Estado estructuró todo el ecosistema. Un fabricante de automóviles dependería de, por ejemplo, 200 proveedores de primer nivel, atrayendo así a 1.000 subcontratistas a la cadena. Para 2023, el sector empleaba a más de 200.000 personas, con un contenido de fabricación local que superaba el 65%.

La misma lógica impulsó la apuesta energética de Marruecos. Como país que antes importaba el 97% de su energía, Marruecos no tuvo más remedio que tratar al sol y al viento como activos estratégicos. Ahora, alberga uno de los complejos de energía solar concentrada más grandes del mundo y uno de los parques eólicos más grandes de África. Con el objetivo gubernamental de alcanzar una cuota del 52% de renovables en la red nacional para 2030, una antigua debilidad se ha transformado deliberadamente en un activo principal.

Mantener este enfoque durante muchas décadas se vio beneficiado por la continuidad en la cúpula. El Rey Mohamed VI ha desempeñado un papel fundamental en la reciente historia de desarrollo de Marruecos, no como un planificador omnisciente, sino como el garante último de los compromisos a largo plazo y la estabilidad institucional.

Entre otras cosas, el rey reintegró a Marruecos en la Unión Africana sin condiciones previas en 2017, convirtiendo una postura defensiva de décadas en una estrategia continental. Luego, en 2019, reconoció públicamente que el modelo de desarrollo de Marruecos se había quedado corto en términos de justicia social. Tras el lanzamiento de una comisión nacional que consultó a más de 9.700 marroquíes en todo el país, Marruecos se embarcó en un nuevo ciclo de reformas. Para cuando llegó el COVID-19, Marruecos estaba preparado para movilizar una de las campañas de vacunación más rápidas de África.

El poder simbólico de estos gestos deriva de los cimientos institucionales que revelan. Tras décadas construyendo confianza, las instituciones marroquíes pueden ser muy eficaces cuando es necesario. También han potenciado el papel regional de Marruecos. El país es ahora un inversor líder en África Occidental, con bancos, proveedores de fertilizantes, telecomunicaciones y redes logísticas que se extienden por todo el continente. En septiembre de 2025, The Economist publicó un titular que antes habría parecido descabellado: "Marruecos es ahora una potencia comercial y manufacturera".

Aun así, la huella africana de Marruecos sigue concentrada y su economía dista mucho de ser perfecta. En el ámbito interno, el 10% más rico gana 12 veces más que el 10% más pobre. Una generación de jóvenes marroquíes todavía está esperando que la economía trabaje para ellos. Es un problema familiar. África ha pasado demasiado tiempo buscando modelos de desarrollo externos. Los gobiernos han estudiado el milagro asiático, el pacto social europeo y el Consenso de Washington. Cada uno prometía un camino hacia la prosperidad; ninguno lo cumplió.

Marruecos ha superado este ejercicio inútil. No ofrece un atajo, sino una filosofía rectora. La clave es comprender tus limitaciones y construir desde donde estás. No te obsesiones con las condiciones heredadas o los recursos que te faltan. Lo que importa son las decisiones que tomas, acumuladas a lo largo de décadas.

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Durante siglos, Marruecos dio la espalda al mar. Hoy, mira hacia ambas orillas —el Atlántico y el Mediterráneo— y la Copa Mundial de la FIFA 2030, organizada conjuntamente con España y Portugal, no hará sino profundizar este cambio.

Es cierto que el próximo capítulo plantea preguntas difíciles. Bloomberg BusinessWeek ha descrito a Marruecos como un "conector de la globalización" —una economía que está absorbiendo cadenas de suministro desplazadas por las tensiones entre EE. UU. y China—, lo que implica tanto riesgos como oportunidades. Marruecos debe ahora mantener su éxito a través de una era de disrupción tecnológica y choques externos, y debe hacerlo de una manera que llegue a los jóvenes marroquíes que aún esperan su momento bajo el sol.

(*) Abdelmalek Alaoui es economista y autor de Maroc, le défi de la puissance (Éditions du Cherche Midi, 2026).

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