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El día que Brandoni fingió su propia muerte

El día que Brandoni fingió su propia muerte

Luis Brandoni nos habla hoy en un video desde el más allá, un juego de la película Mi obra maestra que ahora, en pleno duelo, cobra otro sentido.

“¿Por qué trabajan? ¿Para comprar cosas? ¿Para salir de vacaciones? La esclavitud no se terminó, ahora se llama trabajo”, invita en esta historia dirigida por Gastón Duprat. La escena es una cátedra actoral de inflexiones, de cadencia, de puntuación . La pausa como arma dramática, la exhalación como convicción, la voz como una lija que va moldeando las palabras hasta convertirlas en dagas.

Escucharlo a “Beto” es una clase sobre el uso del aire. Entre rastros de nicotina y cinismo, su personaje nos mira como quien mira ya desde otro plano, desde ultratumba. “Las ideologías ya no existen, existe el hombre concreto que actúa así o asá. El hombre no proviene del simio, es un simio parado que caga sentado”, dispara el personaje.

Ese recorte que circula en redes es una trompada seca. Como si Luis nos agarrara el del pescuezo ahora que es mito.

Si faltaba algún nocaut después de las exequias, ese lo dio Juan José Campanella con su carta de "de agradecimiento y no de despedida". Habló de algo parecido al final de una película exitosa. "En la habitación lo toman de la mano para ayudarlo a pasar el portón, su amor (Saula), Carlitos Rottemberg, su mejor amigo, su hija y su nieto". Quizá todo se reduzca a eso. A cómo cruzar el portón. A quiénes tenemos alrededor en ese momento.

Tal vez lo más impresionante de la muerte (verdadera) de Brandoni haya sido la prueba de que nadie puede escapar de su destino. Que es imposible la fuga, que la hora está señalada, hagamos lo que hagamos.

Francella y Brandoni en una escena de "Mi obra maestra"

El 11 de abril él debió estar en el teatro junto a Solita Silveyra en la obra Quién es quién, pero ella sufrió una dolencia en su columna. Con la función suspendida, Luis se quedó en su casa y planeó salir para una cena. Entonces sobrevino el accidente doméstico. “Se sentó en una silla de su escritorio con rueditas, se estaba vistiendo para ir a la casa de su pareja”, detalló Rottemberg sobre la caída, por la que sufrió un hematoma subdural. La bronca nos asalta cuando pensamos en la cadena de causas que parecieron empujar los hechos hasta volverlos inevitables. Pequeñas desviaciones: una agenda que se altera, una silla que traiciona y la pregunta ¿y si esa noche estaba en el teatro?

Habría, hubiera. El absurdo de bucear en lo hipotético y el guionista de nuestras vidas sorprendiendo con algún final. En definitiva, hay una fuerza que nos arrastra y a la que no sabemos ni cómo nombrar. En el caos hay una dirección invisible.

El 20 de abril más de uno quiso que la noticia fuera una broma de mal gusto de Adalberto Luis Brandoni. No lo fue y Mi obra maestra tuvo miles de reproducciones, mientras las redes fueron un réquiem en el que brotaban escenas magistrales de películas que muchos no sabían ni que existían. Nació entonces “otro” Brandoni, joven, “descubierto” por varias generaciones, el de la cinematografía perdida y las rarezas.

“Somos una generación en fuga”, apuñaló Nora Cárpena en la despedida, a la vez que Marina Borensztein lo evocó con una escena real: “El amor de Beto el día que llevó junto a mis hermanos el féretro de papá (Tato Bores) hasta su lugar en el cementerio”.

Solo nos resta llorarlo, homenajearlo cuando queden apenas tres empanadas y tomar consciencia de que somos una cadena de mortales que un día lleva un ataúd y, al otro, yace adentro.

Marina Zucchi

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