Nínawa, “vocera de la Santísima Trinidad”
En tiempos donde las guerras silencian las voces de los que “trabajan por la paz” (Mt 5,9), la Amorosísima Providencia forjadora de santos nos regala figuras arquetípicas que nos impelen a ser “gritos del Verbo hecho Carne” en medio de un mundo enmudecido, casi naturalizando la tragedia.
En este entramado de circunstancias sobresale en Argentina una voz inmortal, bella, prudente, osada y firme, como “la voz del Señor desgaja los cedros, despedaza los potentes cedros del Líbano” (salmo 29,5). Es la onda expansiva que perdura en nuestros oídos. Es la voz oportuna de la inolvidable y, por qué no, la venerable Nínawa Daher.
Nada aparece forzado cuando queremos recordarla con la debida justicia por tantos dones recibidos y tantas huellas indelebles que nos ha dejado. Su búsqueda incesante y enamorada de la verdad, del amor, de la belleza, del bien y de la alegría la llevaron a enfrentarse con el Divino Esposo Jesucristo, que encarna virilmente todas esas dimensiones del periodismo auténtico.
Dios, Uno y Trino, es ÉL la vertiente en donde supo encontrar la tesitura de su voz, la prestancia de su presencia y la parresía de su mensaje. Nínawa fue haciéndose cada vez más divina cuanto más humana aparecía. Al punto de aparecer como “una trabajadora más” en la Viña del Señor. Así son las obras de Dios. Caminar por la rutina cotidiana como sencilla y veraz cultivadora de las virtudes más luminosas y urgentes en un ámbito donde la opinión precipitada opaca la realidad, la manipula y la deforma.
Nínawa fue muy sensible a custodiar toda huella de Cristo Verdad en la turbulenta profesión periodística, como un San Pablo, un San Francisco de Sales (patrono de los periodistas), una Santa Teresita del Niño Jesús (su gran aliada), un San Charbel, como hacedor de almas santas.
Nínawa se convirtió en “vocera de la Santísima Trinidad” desde el momento en que se propuso difundir y defender con espíritu martirial la veracidad de los hechos, la dignidad de las personas y la sacralidad de los efectos que la comunicación produce en los corazones necesitados de redención.
Esto le valió la indiferencia, el sarcasmo, el ninguneo y la burla del mundo apático para las cosas de Dios y oportunista para las cosas de los hombres.
Nínawa libró con espíritu heroico y dulcemente femenil el Buen Combate de la fe.
Lo que sabemos de ella es la punta de un iceberg que la historia irá develando para nuestro consuelo, para nuestra edificación y para nuestra referencia a la hora de decidirnos a vivir con coherencia nuestra vida interior y exterior. Al modo de San Juan Bautista, Nínawa asumió la vocación de ser la “voz que clama en el desierto” (Jn 1,23) para que no se apague la eterna historia de amor entre Dios y los hombres, con ese amor primordial que hizo de ella “un primor para Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo”.
Quienes elevan confiados una plegaria a Nínawa no quedan defraudados en adquirir la paciencia, la fortaleza, el júbilo y la paz que nos sostienen en toda prueba.
Una vez más acudimos a ella como oyentes fieles, seguidores perseverantes y amigos en la Trinidad Santa que no defrauda.
Abogada y periodista, se desempeñó como conductora de televisión. Falleció en un accidente de tránsito el 9 de enero de 2011 a los 31 años, dejando un legado vinculado a la ética y a la solidaridad en su trabajo como comunicadora que continúa vigente aún en nuestros días.
Con convicciones firmes respecto del valor de la educación, la familia, la fe católica y el respeto por los derechos de los niños y las personas con discapacidad, se destacó por la defensa de estos valores en su profesión y a lo largo de su vida.
Con su fallecimiento, su familia decidió crear una Fundación que lleva su nombre, con el fin de continuar con este legado, acompañando la inclusión y la accesibilidad en el arte, el deporte y la educación.