La paz fallida: lo que el mundo no aprendió de Freud y Einstein
Las guerras contemporáneas ya no sorprenden: insisten. A pesar del derecho internacional, de los organismos multilaterales y de décadas de arquitectura jurídico-institucional pensada para evitarlas, la violencia organizada entre Estados no ha desaparecido. Ucrania, Medio Oriente y otros escenarios abiertos no son anomalías: son síntomas inequívocos de un fracaso. Señalan que la paz, tal como fue concebida desde la razón jurídica, no ha logrado consolidarse como horizonte efectivo. No porque falten normas, sino porque aquello que las desborda sigue intacto.
Para entender mejor este límite conviene retroceder casi un siglo. En 1932, cuando Albert Einstein le escribió a Sigmund Freud preguntándole si existe algún camino para liberar a la humanidad de la guerra, Europa no estaba en calma, estaba en un suspenso cargado. Algo fatal ya estaba germinando: la Segunda Guerra Mundial. La pregunta con la que abrió Einstein ese intercambio sigue resonando con una vigencia inquietante: “¿Hay algún camino para librar a los hombres de la fatalidad de la guerra? ¿Es posible dirigir el desarrollo psíquico de los seres humanos de tal manera que estos se vuelvan más resistentes a las psicosis del odio y de la destrucción?”.
El mundo aún no se había recuperado del trauma de la Primera Guerra Mundial. Aquella guerra había dejado no solo millones de muertos, sino algo más difícil de recomponer: la confianza en la idea de progreso. La razón, la ciencia, la técnica -todos los pilares de la modernidad- habían demostrado su capacidad no solo para mejorar la vida, sino también para destruirla a una escala inédita.
La paz firmada tras el Tratado de Versalles tampoco había logrado estabilizar el orden europeo. Por el contrario, había sembrado resentimientos, especialmente en Alemania, donde la humillación política y económica alimentaba un clima de frustración creciente. La paz no había cerrado la guerra: la había postergado.
En paralelo, la Sociedad de las Naciones intentaba encarnar un nuevo ideal: el de un orden internacional basado en el derecho. Pero ya entonces mostraba sus límites. Carecía de fuerza para hacer cumplir sus decisiones y dependía de la voluntad de los mismos Estados que debía regular.
La escena resultaba paradójica: una institución pensada para evitar la guerra, pero incapaz de imponer la paz.
A ese cuadro se sumaba la crisis económica global desatada por la Gran Depresión. El desempleo masivo, la inestabilidad social y el descrédito de las democracias liberales generaban un terreno fértil para soluciones autoritarias. En ese clima comenzaban a consolidarse los totalitarismos que, pocos años después, desembocarían en la Segunda Guerra Mundial.
Es desde ese mundo en tensión que Einstein formula su inquietud. No es una pregunta teórica, sino política. Percibe que las herramientas disponibles -el derecho, las instituciones internacionales- no alcanzan para contener una dinámica que empuja nuevamente hacia la guerra. Su apuesta es reforzar esas herramientas, dotarlas de mayor eficacia, construir una autoridad supranacional capaz de limitar la soberanía estatal. Pero incluso en su planteo aparece el límite estructural, aún hoy de notable actualidad: “El camino a la seguridad internacional pasa por la renuncia sin condiciones de los Estados de una parte de su libertad de acción o, mejor dicho, de su soberanía, y parece indudable que no existe otro camino para alcanzar esta seguridad.”
Ese diagnóstico conserva una vigencia notable. La Organización de las Naciones Unidas, heredera de aquel ideal, continúa expresando esa tensión, necesaria, pero estructuralmente condicionada por la voluntad de los Estados y por la lógica de la fuerza, visible en los vetos cruzados del Consejo de Seguridad. Como el propio Einstein advertía con claridad: “El derecho y la fuerza están indisolublemente unidos”.
Allí donde no hay una fuerza capaz de sostener la norma, el derecho se debilita; allí donde la fuerza prevalece, el derecho corre el riesgo de diluirse. Una norma que no puede sancionar su incumplimiento termina formando parte de un sistema jurídico fallido.
Pero es Freud quien introduce el desplazamiento decisivo y definitorio, con frontal sinceridad (“Toda mi vida he tenido que decirle a la gente verdades que eran difíciles de tragar. Ahora que soy viejo, ciertamente no quiero engañarlos”). Su respuesta no corrige el diagnóstico institucional: lo desborda.
La guerra, sostiene, no puede ser erradicada porque no es externa a la condición humana: “De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres”.
Los seres humanos no somos criaturas mansas: entre nuestras disposiciones instintivas, estructurales, debe contarse con una poderosa cuota de agresividad. La violencia no es un accidente, es estructural en el sujeto, es una posibilidad permanente.
Esta lectura ha sido retomada por numerosos análisis contemporáneos. La guerra no puede reducirse solo a intereses estratégicos ni a fallas institucionales. Se sostiene también en procesos de identificación colectiva, en la construcción del enemigo, en la movilización de afectos como el miedo, el odio o la humillación. No es solo una decisión de líderes: es un fenómeno que requiere adhesión social, que se legitima en el plano simbólico antes de desplegarse en el plano material.
En este punto, la interpretación de Élisabeth Roudinesco aporta una clave particularmente lúcida. En su biografía “Freud: en su tiempo y en el nuestro”, señala que el intercambio entre el padre del psicoanálisis y Einstein no fue una relación personal profunda, sino un cruce puntual entre dos formas de pensamiento. Pero justamente por eso resulta revelador: pone en escena la tensión entre una confianza -todavía posible- en la razón y el derecho, y el descubrimiento freudiano de sus límites.
En esa misma línea, se advierte que el pensamiento freudiano de entreguerras rompe con toda ilusión de progreso lineal: la barbarie no es lo opuesto a la cultura y al progreso, sino una de sus posibilidades internas. La guerra deja entonces de ser un accidente externo para convertirse en una posibilidad siempre latente en el interior mismo de la civilización.
En ese marco, Freud no responde ofreciendo una solución, sino introduciendo un límite. No niega el valor de las instituciones, pero muestra que hay algo en lo humano que resiste ser completamente organizado por ellas. Su respuesta está atravesada por la experiencia histórica de su tiempo, por la guerra vivida y por la evidencia de que la civilización no había logrado domesticar la violencia que la habita.
Desde esta perspectiva, incluso el derecho aparece bajo una luz distinta. No como antítesis de la violencia, sino como una forma de organizarla. “El derecho es el poder de una comunidad”, sentencia Freud. No elimina el conflicto: lo encauza. Pero ese encauzamiento es siempre precario, porque depende de condiciones que el propio derecho no puede garantizar.
Aquí se vuelve evidente la incompletud de la razón jurídica. Puede establecer normas, sancionar conductas, ordenar relaciones, pero no alcanza para intervenir sobre aquello que, en última instancia, hace posible la violencia. La guerra no comienza en el campo de batalla: comienza en el modo en que una sociedad construye al otro como amenaza absoluta.
Por eso, la enseñanza de Freud no invalida la apuesta de Einstein, pero sí la complejiza. No se trata de elegir entre instituciones o naturaleza humana, sino de reconocer la tensión entre ambas dimensiones. La mayoría de los análisis contemporáneos coinciden en este punto: el problema de la guerra no puede resolverse en un solo plano. Requiere articular lo jurídico, lo político y, a partir de Freud, lo subjetivo.
De allí surge una conclusión especialmente relevante: la paz no puede pensarse como un estado definitivo, sino como un proceso frágil de gestión del conflicto. No se trata de eliminar las tensiones -algo imposible- sino de evitar que deriven en destrucción. Esto exige algo más que tratados: requiere condiciones culturales, educativas y simbólicas que permitan tramitar la diferencia sin aniquilar al otro.
A casi un siglo de aquel intercambio, el mundo parece confirmar la vigencia de ese diagnóstico. La paz fracasa cuando las instituciones no logran imponerse, sin duda. Pero fracasa también cuando se ignora la dimensión subjetiva que sostiene o desborda a esas instituciones. Cuando la política se limita a administrar intereses y deja intactos los afectos que alimentan la violencia estructural.
Porque, en definitiva, el problema no es solo que el mundo no haya aprendido de Sigmund Freud y Albert Einstein. El problema es más profundo: hay algo en la condición humana que resiste ser completamente gobernado por la razón.
Sin embargo, en ese mismo límite, Freud deja abierta una orientación posible. Hacia el final de su respuesta, afirma: “Acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no tan lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”.
No es una promesa ingenua, sino una advertencia en sentido inverso: allí donde la cultura se debilita, donde los lazos se erosionan y donde el otro deja de ser un semejante, la violencia encuentra su terreno más fértil.
Entre la razón jurídica que no alcanza y la pulsión que no desaparece, la paz no puede ser pensada como un estado definitivo, sino como una construcción exigente. Depende de instituciones, sí. Pero también -y quizás, sobre todo- de la capacidad de una sociedad para producir cultura y civilización, para tramitar su agresividad sin destruir, para sostener vínculos allí donde la lógica del enemigo empuja en sentido contrario. Mientras esa dimensión siga siendo relegada, la razón jurídica seguirá siendo indispensable, pero insuficiente. Y la paz -una y otra vez- seguirá apareciendo como lo que es: una construcción frágil, siempre en riesgo de volverse fallida. Como lo fue en 1932. Como vuelve a serlo hoy.
Naciones Unidas. (1945). Carta de las Naciones Unidas. Capítulos 5, 6 y 7 y ccs. https://www.un.org/es/about-us/un-charter
Freud, S. (1932). ¿Por qué la guerra? (Correspondencia con Albert Einstein). En Obras completas (Vol. XXII). Buenos Aires, 2011. Amorrortu editores.
Roudinesco, É. (2015). Freud: En su tiempo y en el nuestro. 1ra. Ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Debate, 2023.