Ormuz ya ocurrió en el Paraná
La historia no se repite, pero organiza sus conflictos con una lógica reconocible. Lo que hoy ocurre en el Estrecho de Ormuz encuentra un antecedente sugestivo en la Vuelta de Obligado, el bloqueo anglo – francés sobre el Río Paraná a mediados del siglo XlX. No se trata de equiparar actores ni contextos, sino de identificar patrones de comportamiento, una misma partitura que se toca hace mucho tiempo en todo el mundo: el control de los flujos comerciales como forma de dominación y la resistencia territorial local como límite a esa estrategia colonialista.
En 1845, bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, la Confederación Argentina enfrentó la intervención militar combinada de Francia y el Reino Unido, las máximas potencias de la época. El argumento era una mentira acostumbrada: el derecho a la libertad de navegación, comercio y algunos valores universalistas elaborados para la ocasión.
Pero, como señalan las cartas de Theogéne Page –lugarteniente al mando de la flota francesa- al Rey Felipe de Orleans, el objetivo de la corona francesa era otro: quebrar la capacidad soberana de la Confederación Argentina de regular el acceso al territorio e imponer aquí sus propios intereses, es decir, una guerra colonialista clásica.
El objetivo de la corona francesa era quebrar la capacidad soberana de la Confederación Argentina de regular el acceso al territorio, es decir, una guerra colonialista clásica"
La Batalla de la Vuelta de Obligado condensó esa disputa desigual en una escena material y simbólica que quedaría grabada en la memoria colectiva del pueblo argentino para siempre: cadenas de hierro forjado cruzando el río de costa a costa, sostenidas por precarias baterías, enfrentado a las flota más poderosa del mundo, haciéndola retroceder.
Esas cadenas -rudimentarias pero eficaces como gesto de resistencia- tienen hoy su equivalente tecnológico en Ormuz: la defensa no se juega en grandes enfrentamientos navales, sino en la proliferación de dispositivos de disuasión de bajo costo y alta eficacia relativa: lanchas rápidas convertidas en drones marinos, minas acuáticas de baja tecnología y misiles antiguos adaptados. Como en el Paraná, no se trata de igualar la potencia del adversario, sino de volver incierto, riesgoso y costoso el control del paso estratégico. Con eso alcanza.
Ese mismo principio se reproduce en la dinámica política del conflicto en el Golfo Pérsico. Como ya estamos aburridos de escuchar todos los días, por el Estrecho de Ormuz transita una porción decisiva de la energía global y su bloqueo, real o potencial, funciona como una palanca de poder que compensa asimetrías y proyecta capacidad de disuasión y poder.
Podríamos pensar en antecedentes más cercanos en el tiempo y la geografía, como la crisis en torno a la nacionalización del Canal de Suez dispuesta por Nasser en Egipto, a mediados de la década del 50 del siglo XX. Pero allí el conflicto fue más episódico y se trató del control estatal directo de una infraestructura.
A diferencia de ello, el Paraná del siglo XlX –como hoy Ormuz- pone en juego algo mucho más complejo y decisivo: la lucha por la circulación en espacios estratégicos que pueden ser configurados simultáneamente como vías internacionales y territorios soberanos, dónde el control no puede ejercerse sin resistencia activa de la otra parte.
El conflicto en torno a la navegación de las vías interiores no fue un episodio breve, sino un proceso que desde los bloqueos iniciales de Francia en 1838, hasta los acuerdos de 1849 – 1850"
La clave para leer este escenario no es la de un triunfo militar para alguno de los dos bandos, sino la del empate hegemónico: ningún actor logra imponer completamente sus propias condiciones, pero ambos pueden impedir el logro de los objetivos del otro y ninguno puede ser desplazado sin costos inaceptables.
Como en el Paraná del siglo XIX, el conflicto no se cierra, se administra. La potencia global no consigue garantizar plenamente el flujo sin exponerse a represalias y una escalada mayor. El actor que controla el territorio no puede bloquear sin activar contraofensivas a gran escala. El resultado es una zona gris de inestabilidad permanente. Empate Hegemónico.
La experiencia histórica argentina refuerza esta lectura y nos ofrece algunas lecciones útiles. El conflicto en torno a la navegación de las vías interiores no fue un episodio breve, sino un proceso que se extendió por más de una década, desde los bloqueos iniciales de Francia en 1838, hasta los acuerdos de 1849 – 1850.
Y su desenlace no fue una victoria rotunda de las potencias militares y económicas, sino algo más significativo: El reconocimiento político de la soberanía de la Confederación Argentina sobre sus ríos y vías navegables. Es decir, la fuerza bruta y el poderío industrial no alcanzaron para la validación política de la realidad en El Plata, ¿por qué alcanzarían en el Golfo Pérsico?
De la Vuelta de Obligado a Ormuz, lo que persiste no es un paralelismo entre Estados sino una regularidad histórica: los cuellos de botellas estratégicos –ríos, estrechos y corredores bioceánicos como Panamá o Malvinas- son escenarios privilegiados donde se define la relación entre soberanía local y orden global colonialista.
Ahí donde la energía que mueve las fábricas del mundo debe fluir, el poder significa decidir quién pasa y quién se hunde. Y cuando nadie puede decidirlo por completo, lo que emerge no es la paz ni la victoria, sino ese empate hegemónico que, como en el siglo XIX, solo puede resolverse mediante un reconocimiento político, no un sometimiento militar.