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Milei en Jerusalén: la aritmética del alineamiento

Milei en Jerusalén: la aritmética del alineamiento

Hay quienes sostienen que el viaje de Javier Milei a Israel perjudica a la Argentina porque la ubica en una posición de alineamiento total con Estados Unidos. El argumento es antiguo y se apoya en una nostalgia, porque supone un mundo con varios polos, donde un país mediano puede negociar su neutralidad como si fuera un activo. Ese mundo ya no existe. Hoy la equidistancia es una forma costosa de hacerse irrelevante, y la Argentina tiene razones precisas para entenderlo antes que sus vecinos.

Estados Unidos es la única potencia global en sentido estricto. China es un rival regional con ambiciones planetarias y problemas demográficos terminales. Rusia es una potencia militar con economía de tamaño medio y horizonte contraído. Europa carece de política exterior propia y oscila entre la dependencia estratégica de Washington y la dependencia energética fragmentada. Alinearse con Estados Unidos es aritmética elemental de poder. Y alinearse con Israel, que es el aliado más denso de Washington en integración militar, tecnológica y de inteligencia, es alinearse dos veces con el mismo vector de poder.

El 19 de abril de 2026, Milei y Benjamin Netanyahu proclamaron en Jerusalén los Acuerdos de Isaac. La elección del nombre no es ornamental, ya que los Acuerdos de Abraham pacificaron relaciones entre Israel y varios Estados árabes bajo la figura del patriarca común.

Los Acuerdos de Isaac extienden la lógica hacia el hemisferio occidental bajo la figura del hijo de la promesa y la tradición judeocristiana. La carga bíblica importa porque le otorga al marco una longevidad que los tratados meramente técnicos nunca logran. Netanyahu llegó a mencionar la posibilidad de futuros Acuerdos de Jacob. El diseño es deliberado, escalable, y abre la puerta a Uruguay, Paraguay, Ecuador, Panamá, Costa Rica en primera instancia; y a Brasil, Colombia, Chile y El Salvador en segunda ola.

Para la Argentina, los instrumentos concretos firmados son tres. Un memorándum antiterrorismo, con foco explícito en la presencia iraní en el hemisferio occidental.

Un memorándum de cooperación en inteligencia artificial entre la Dirección Nacional de IA de Israel y la Secretaría argentina de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Un protocolo aéreo enmendado que habilita el vuelo directo Tel Aviv-Buenos Aires, inaugurado por El Al. Esta ruta parece el instrumento menor y sin embargo condensa el resto. Un vínculo directo es infraestructura material para traslado de ingenieros, inversores, estudiantes o mercancía de alto valor; funciona como un oleoducto humano.

La cuestión de la inteligencia artificial merece párrafo aparte porque es la dimensión más incomprendida del viaje. Muchos comentaristas argentinos sueñan con que el país se convierta en sede de grandes centros de datos. Ese sueño es equivocado, puesto que los centros de datos son un producto básico. Estos consumen enormes cantidades de energía y agua, generan poco empleo calificado, y su valor agregado se fuga hacia el propietario de la infraestructura.

La verdadera ganancia está en otro lugar. Israel es hoy el segundo polo mundial de innovación en inteligencia artificial, ciberseguridad y algoritmos de defensa. La Argentina tiene un capital humano subutilizado en matemáticas, física teórica y ciencias de la computación.

El memorándum firmado apunta a supercómputo, aplicaciones civiles críticas, capital humano e investigación conjunta. Lo que corresponde es convertirse en centro de investigación y desarrollo, no en granja de servidores. La propiedad intelectual es el único activo que escala sin límite físico.

Hay todavía una capa adicional. La colonia argentina en Israel es de las más numerosas del mundo occidental, y la comunidad judía argentina es la mayor de América Latina. Esta infraestructura relacional preexistente es capital social convertible en contratos, transferencias tecnológicas y movilidad académica; no folclore diplomático. Ningún otro país del hemisferio dispone de semejante tejido humano con el Estado de Israel.

Queda la objeción del alineamiento automático y conviene responderla sin rodeos. El Estado argentino del siglo veinte pagó caro el gesto de sentirse importante. La no alineación fue estrategia válida en un mundo bipolar con márgenes de negociación.

Sin embargo, en un mundo donde China compra voluntades con deuda y Estados Unidos castiga la ambigüedad con aranceles y sanciones secundarias, la equidistancia dejó de ser sofisticación para volverse parálisis. El Estado argentino del siglo veintiuno tiene la oportunidad, por primera vez en décadas, de sentarse en la mesa que importa.

Un horizonte complementario merece mención. Israel mantiene vínculos densos con Taiwán en semiconductores y defensa algorítmica. Taiwán es el otro gran polo mundial de innovación en inteligencia artificial, y el único proveedor serio de chips avanzados.

Si la Argentina logra, a través de Israel, incorporarse al ecosistema que conecta Tel Aviv, Taipéi y los laboratorios estadounidenses, habrá ejecutado la jugada estratégica más consecuente desde la segunda posguerra. China no tiene futuro tecnológico autónomo mientras no pueda fabricar sus propios equipos de litografía avanzada. Taiwán concentra el futuro material de la era algorítmica.

Estar cerca del poder no siempre es digno, pero estar lejos del poder es casi siempre ruinoso. Milei eligió correctamente.

Mookie Tenembaum

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