A un año de la partida del papa Francisco, una huella que también interpela a Buenos Aires
Se cumple un año de la muerte del Papa Francisco, el primer Papa argentino, el primer Papa porteño, y esa sola definición alcanza para dimensionar la marca histórica de su figura. Francisco fue mucho más que un hecho extraordinario para la Argentina y para la Ciudad de Buenos Aires. Su pontificado dejó una enseñanza moral, social y humana que sigue interpelando a nuestro tiempo y, de un modo especial, a esta Ciudad que lo vio nacer, formarse y caminar entre nosotros.
Buenos Aires no fue para Jorge Bergoglio un simple dato biográfico. Fue su lugar en el mundo. La Ciudad donde aprendió a mirar la realidad sin romantizarla, con sus contrastes, sus heridas, su vitalidad y su enorme capacidad de encuentro. En sus barrios, en sus parroquias, viajando en colectivo o en el subte, en sus calles, tomó forma en él una sensibilidad que luego llevó al mundo entero: la idea de que nadie se salva solo y de que la dignidad única de cada persona es lo que hace que nadie sea descartable.
Francisco hizo de esa mirada profundamente humanista una marca registrada de su pontificado. Puso en el centro a los que están en las periferias, a los que sufren, a los que viven en la soledad, a los últimos de la fila. Insistió en algo que, aunque parezca obvio, sigue siendo profundamente revolucionario: ver al otro, escucharlo, reconocerlo. En una época atravesada por la fragmentación y la indiferencia, que privilegia muchas veces un mensaje por WhatsApp a mirar a los ojos para sentir cómo está el otro, qué le pasa, qué necesita, la enseñanza del primer Papa argentino sigue siendo una invitación permanente al diálogo, a la cercanía y a la responsabilidad por el prójimo.
Su huella nos interpela. Porque esta Ciudad, moderna, diversa, inquieta, creativa, también convive con desigualdades dolorosas, con la tentación del individualismo y con el riesgo de acostumbrarnos a que muchos queden afuera. Francisco nos recordó que una comunidad no se mide solo por lo que produce o por cómo crece, sino también por cómo cuida, cómo integra, cómo acompaña. Cómo ofrece oportunidades reales para que cada persona pueda desarrollarse con dignidad. Es lo que hacemos todos los días a través de nuestro sistema educativo o nuestro sistema público de salud, pero también con la Red de Atención que se ocupa de las personas en situación de calle porque tenemos claro que vivir ahí, en la calle, no es algo positivo. No hay humanidad en vivir en la calle.
Su pontificado también resignificó valores profundamente urbanos: la convivencia, el encuentro entre quienes piensan y viven de forma distinta, porque hay mil maneras de ser porteño. El diálogo interreligioso que promovió fue una gran escuela en ese sentido. Francisco nunca propuso uniformidad; propuso fraternidad. Nunca pidió pensar todos igual; pidió no renunciar jamás a la posibilidad de tender puentes. Y esa enseñanza tiene una vigencia enorme para Buenos Aires, una Ciudad que encuentra su mejor versión cuando hace de la pluralidad una convivencia fecunda y nunca una excusa para la división.
Quienes tuvimos oportunidad de estar el sábado pasado en la Plaza de Mayo, ese lugar tan significativo para nuestra historia, junto a las más de 120.000 personas presentes y al ritmo de la música del Padre Guilherme, fuimos testigos de ese legado universal, de una convicción profunda: hay una fraternidad posible.
Francisco llevó a Roma muchas de las cosas que había aprendido en Buenos Aires. Y, al mismo tiempo, le devolvió a Buenos Aires una proyección universal de sus mejores valores. Por eso, al recordarlo, la Ciudad no solo rinde homenaje a una figura excepcional de la historia argentina. También se mira en un espejo exigente. El de un porteño que llegó a lo más alto sin dejar de hablar de humildad, de compasión, de esperanza y de paz en un mundo convulsionado.
Ese es, quizás, el sentido más profundo de su legado para Buenos Aires: recordarnos que una gran ciudad no es solo la que se destaca por su cultura, su patrimonio o su fama global, sino también la que no deja a nadie atrás.
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