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infobae.com · hace 2 horas · Martín Varsavsky

Cómo el ecologismo histérico hundió a Europa

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Europa está en una crisis energética en toda regla, y la verdad incómoda es que se la ha hecho a sí misma.

La guerra de Irán es el detonante. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques militares conjuntos contra Irán, Teherán cerró el estrecho de Ormuz y el 20% del petróleo mundial y una quinta parte del GNL global quedaron atrapados detrás de un cuello de botella de 21 millas náuticas. El Brent pasó de 66 a más de 100 dólares por barril. El queroseno europeo alcanzó un récord de 1.800 dólares por tonelada el 18 de marzo. El gas TTF subió alrededor del 60%. A Europa le quedan seis semanas de combustible de aviación según el director de la AIE, Fatih Birol, y algunos países ya están en reservas de ocho a diez días. La inflación de la eurozona saltó del 1,9% en febrero al 2,5% en marzo. Bruselas ahora recomienda teletrabajo obligatorio, transporte público gratuito, un límite de 110 km/h en autopistas y volar menos.

Hasta ahí los hechos. La pregunta real es por qué una guerra regional en Oriente Medio produce una crisis existencial en la segunda mayor economía del mundo. La respuesta no está en Teherán. Está en Bruselas, en Berlín y en Copenhague.

Europa tiene petróleo y gas. Los tiene bajo sus pies. El Mar del Norte sostuvo durante décadas la economía británica, noruega, holandesa y danesa. El Reino Unido llegó a ser exportador neto de energía. Dinamarca fue el mayor productor de petróleo de la Unión Europea tras el Brexit. Países Bajos operaba Groningen, uno de los mayores yacimientos de gas convencional del mundo. Europa tenía recursos propios, infraestructura propia y trabajadores cualificados propios.

El Reino Unido extendió hasta 2030 un impuesto extraordinario que sitúa la carga fiscal efectiva sobre las compañías de petróleo y gas en el 78%, uno de los regímenes más punitivos del mundo. El gobierno laborista ha confirmado que no emitirá nuevas licencias de exploración en el Mar del Norte. La producción británica de crudo cayó un 40% en los últimos cinco años y un 77% desde su pico de 1999. La patronal del sector, Offshore Energies UK, lo define con precisión: un declive acelerado por decisión política, no por geología. El Reino Unido importará el 80% de su petróleo y gas en 2030, no porque no tenga, sino porque decidió no extraerlo.

Dinamarca, en diciembre de 2020, canceló su octava ronda de licencias y fijó el fin total de la producción de petróleo y gas en 2050. El ministro que firmó aquella decisión, Dan Jorgensen, es precisamente el mismo que ahora, como comisario europeo de Energía, propone el límite de 110 km/h en autopistas y compara la crisis con el inicio de la pandemia. Países Bajos clausuró Groningen el 1 de octubre de 2023, oficialmente por los terremotos inducidos por la extracción, pero con reservas recuperables aún estimadas en 450.000 millones de metros cúbicos, gas que podría haber sostenido a Europa durante años de crisis y que ahora está sellado bajo tierra.

El resultado es que Europa sustituyó producción doméstica controlada por importaciones de gas ruso por tubería. Cuando esa apuesta estalló en 2022 con la guerra de Ucrania, Europa sustituyó el gas ruso por GNL de Qatar y Oriente Medio. Esa segunda apuesta acaba de estallar en 2026 con la guerra de Irán. Cada vez que Europa decidió no producir en casa, transfirió su seguridad energética a un proveedor extranjero, y cada proveedor extranjero resultó ser, tarde o temprano, un problema geopolítico.

Lo nuclear es el segundo capítulo del mismo error. Alemania cerró Isar 2, Neckarwestheim 2 y Emsland, sus últimas tres centrales nucleares, el 15 de abril de 2023, en plena crisis energética posterior a la invasión de Ucrania, contra el consejo abierto de científicos de primer nivel incluyendo dos premios Nobel, contra la evidencia sobre emisiones y seguridad, y contra el sentido común más elemental. España mantiene un calendario de cierre programado por el acuerdo de 2019 que apagará Almaraz I en noviembre de 2027, Almaraz II en octubre de 2028, Ascó I y Cofrentes en 2030, Ascó II en 2032, y Vandellós II y Trillo en 2035, eliminando el conjunto del parque nuclear español en apenas ocho años. Italia renunció a lo nuclear en 1990 y nunca volvió. Suiza congeló la construcción de nuevos reactores.

Plataforma de refinería y petroquímica de TotalEnergies en el puerto de Amberes, Bélgica (REUTERS/Yves Herman)

La energía nuclear es la fuente más densa, más estable y con menor huella de carbono jamás desarrollada a escala industrial. Francia la tiene y genera alrededor del 65% de su electricidad con ella, y no es casualidad que su inflación de marzo quedara casi un punto porcentual por debajo de la media de la eurozona. El resto del continente decidió, por razones puramente ideológicas, que era preferible depender de turbinas que solo funcionan cuando sopla el viento y paneles que solo producen con sol, respaldados por gas importado desde regímenes que no comparten los valores que Bruselas dice defender.

Se añade un tercer elemento: la política climática europea exportada vía regulación. El sistema ETS, el mecanismo CBAM, los objetivos Fit for 55, la taxonomía verde y la red de directivas que encarece deliberadamente los combustibles fósiles para forzar una transición. Todo ello construido sobre el supuesto de que el resto del mundo seguiría el ejemplo europeo. No lo siguió. Estados Unidos produce más petróleo y gas que nunca. China construye centrales de carbón y nucleares al mismo tiempo. India ni siquiera finge. Europa se ató las manos en solitario y llamó a eso liderazgo moral.

El resultado está en los números. El BCE recortó el crecimiento de la eurozona para 2026 al 0,9%, el de Alemania al 0,6%. Los productores químicos y siderúrgicos europeos han impuesto recargos de hasta el 30% sobre sus precios, y buena parte de esa capacidad industrial no va a volver. El Instituto Ifo sitúa a Alemania y Países Bajos en riesgo alto de recesión. La desindustrialización que durante años fue una preocupación teórica es ahora un hecho medible. Las fábricas que cierran en Alemania no se trasladan a Francia ni a España. Se trasladan a Texas, a Luisiana y a Jiangsu, donde la energía es barata porque alguien sí la produce.

El BCE recortó el crecimiento de la eurozona para 2026 al 0,9% (REUTERS/Jana Rodenbusch)

Nada de esto era inevitable. Europa no fue golpeada por el destino. Fue golpeada por sus propias decisiones, tomadas en un momento de prosperidad y paz aparente, bajo la creencia de que el resto del mundo compartía su jerarquía de prioridades. No la compartía. Rusia invadió Ucrania. Irán cerró Ormuz. Qatar apagó Ras Laffan. Y Europa descubrió que las políticas que parecían virtuosas cuando el petróleo estaba a 60 dólares se convierten en catastróficas cuando está a 100 y el combustible de aviación escasea.

La guerra de Irán no creó la vulnerabilidad europea. Solo la reveló. La vulnerabilidad la construyeron veinte años de decisiones políticas deliberadas que confundieron moralidad con estrategia, señalización con política pública, y deseo con realidad.

Europa tiene petróleo en el Mar del Norte. Tiene gas bajo sus pies. Tuvo una flota nuclear de primer nivel. Eligió no usarlos. Ahora pide a sus ciudadanos que trabajen desde casa, que no cojan el coche, que no vuelen y que conduzcan a 110. Lo llaman AccelerateEU. En realidad es el acta notarial de una rendición que empezó mucho antes de que cayera el primer misil sobre Natanz.

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