Un León para la paz
Salía caminando de la Cassina Pio IV, rumbo a Santa Marta, en los jardines del Vaticano. Atardecía y había terminado una de las sesiones del plenario de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, donde tratábamos el tema de la “legitimidad del poder y la construcción de la paz”.
En medio de la fragancia de los jazmines que recordaban mi infancia, de pronto asomó la tragedia y la muerte. Brutal. Traumática. Uno de mis colegas en la Academia me mostró la pared de uno de los edificios administrativos de la Santa Sede, que en medio de bellísimos frescos tiene incrustados varios agujeros de bombas. Recuerdo homicida de los bombardeos que el régimen fanático fascista hizo de modo amenazante a la Santa Sede durante la Segunda Guerra Mundial, queriendo dañar, entre otras cosas, uno de los adelantos tecnológicos de la época, las torres de la radio vaticana.
De pronto, explotó un click en mi mente. Como en una película vertiginosa, el espanto me transportó a uno de los balcones principales de la Casa Rosada, que todavía tiene incrustadas en sus columnas huellas de los bombardeos de 1955 a un gobierno democrático. Muchas veces puse la mano en esas perforaciones con el mismo horror que ahora toco estos agujeros, con la basílica de San Pedro como fondo. Mi madre, que trabajaba a metros de Plaza de Mayo, tuvo que estar encerrada en un sótano más de 12 horas, para protegerse de la matanza. ¿Cómo puede y pudo ser tanta locura, horror y muerte?
Nuevamente explota un click en mi pensamiento. Vuelvo a lo que unos minutos antes habían sido las palabras más inspiradoras de la discusión en la Academia que reunió a científicos norteamericanos, chinos, latinoamericanos, rusos, y europeos.
Fueron cuatro palabras para una misma brújula: sabiduría, justicia, fortaleza y templanza. Y las enfatizó de modo muy claro el Papa León XIV, en el mensaje escrito que nos remitió especialmente cuando estábamos deliberando. Sin este fundamento básico de virtudes “la democracia corre el riesgo de convertirse en una tiranía mayoritaria o en una máscara para el dominio de las élites económicas y tecnológicas”.
Durante el transcurso de las deliberaciones, analizamos con expertos de las más variadas procedencias la cuestión de la legitimidad del poder desde múltiples dimensiones: las nuevas fronteras de la guerra con la irrupción de las armas tecnológicas autónomas; la inteligencia artificial operando en un vacío de ley mundial; las relaciones filosóficas y culturales que promueven diferentes aproximaciones en el desarrollo productivo de China, Rusia, Europa y Estados Unidos; la necesidad de ampliar el concepto de democracia no solo al ámbito político sino también al ámbito de la empresa, la vida comunitaria y las decisiones trascendentales en la justicia ambiental; la guerras de religión que destruyen culturas; los cambios en el mundo del trabajo que llaman a un nuevo acuerdo social distributivo; los escenarios para poner fin a los conflictos armados; el financiamiento de la política y los problemas de salud mental de los dirigentes como piedra angular de todas las corrupciones de la democracia, entre otras.
El Papa León fue claro y valiente en su mensaje: “Debemos recordar que un orden internacional justo y estable no puede surgir del mero equilibrio de poder ni de una lógica puramente tecnocrática. La concentración del poder tecnológico, económico y militar en unas pocas manos amenaza tanto la participación democrática entre los pueblos como la concordia internacional”.
En un mundo actual no sólo de poli-crisis sino de poli-caos, nos recordó también la profunda definición de paz de San Agustin –“tranquilidad en el orden”-; subrayando la importancia simultánea de regenerar las instituciones internacionales bajo el principio de subsidiariedad. También trajo a la memoria la apelación del Papa Francisco en Fratelli Tutti, porque necesitamos “una política mejor, verdaderamente al servicio del bien común”.
Resonó su mensaje como un eco de lo que planteaba al mismo tiempo en su gira apostólica: basta de gasto en armas y corrupción y, en su lugar, una inversión genuina en la niñez. Aquello que San Pablo VI exigió en la 1967 en la Encíclica Populorum Progressio, cuando llamó a crear un Fondo Mundial para el Hambre en el mundo y frenar la carrera armamentística. Lo mismo que promovió San Juan XXIII en 1961 cuando en la Encíclica Pacem in Terris advirtió sobre el riesgo nuclear de exterminio.
Cuando el “imperialismo internacional del dinero” (como lo definió el Papa Pio XI en 1931) hoy se viste del ropaje de la dominación tecnológica a través de la IA y la biotecnología que manipula genes y comportamientos y atenciones, cabe más que nunca detenernos en este concepto de política altamente espiritual y profundamente humana a la cual convoca la apelación de León XIV. Nadie debería sorprenderse ni ofenderse en su ego lunático, sea de la ideología que sea.
“No soy un político”, lo definió con claridad y altura cuando recibió inéditos y salvajes ataques por defender la paz. Estamos frente a un Papa que pide la armonía y la concordia de rodillas; que convoca a vigilias de oración para rogarle a los líderes de los complejos militares industriales y tecnológicos que cesen el lenguaje del odio y los misiles; que pide sabiduría en lugar de lujuria de poder o de avaricia.
Un León que ruge de la más hermosa manera: llamando a construir mapas de esperanza con imaginación y alegría -poniendo los adelantos tecnológicos y sus inversiones trillonarias al servicio de la dignidad del ser humano-; porque más allá de toda denuncia hay un destino para la humanidad donde el mal no puede tener la última palabra. Una voz firme y serena frente a los tambores de la guerra, para recordarnos que el poder sólo es autoridad y no dominio, cuando “cura y restaura”, en lugar de matar y destruir.
Mi pensamiento hace un último click, cuando ya anochece en el Vaticano y la cúpula de San Pedro se ilumina como un faro gigantesco. En las palabras de este León, en su posición y su visión, está sintetizado y expresado el mejor homenaje que el mundo entero le puede brindar al Papa Francisco, en el primer aniversario de su partida; nos recuerda que está entre nosotros con más vigencia y actualidad que nunca.
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