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infobae.com · hace 13 horas · Ricardo Israel

La derrota de Orbán fue contundente, ¿pero con Magyar en Hungría va a predominar la continuidad o el cambio?

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En la alegoría de la caverna de Platón, las sombras traen consigo una enseñanza para la política, en todo tiempo y lugar, ya que no siempre lo que se muestra corresponde a lo que efectivamente está teniendo lugar y lo que podemos esperar en el futuro cercano, toda vez que muchas veces, después de una elección, lo que se impone es el entusiasmo y los buenos deseos por sobre los datos objetivos.

Es lo que a mi juicio podría estar pasando hoy en Hungría con la rotunda derrota de Viktor Orbán, la que puso fin a 16 años continuos en el poder como primer ministro (2010-2026), veinte si se le agrega un ejercicio anterior (1998-2002). Incluso, quizás aún más que en Budapest hubo alegría también en el extranjero con tan elocuente resultado, ya que no fue un gobernante cualquiera sino la expresión de lo que se llamó la democracia “iliberal”, expresión que por mucho que haya sido iniciada y utilizada con orgullo por el propio Orbán es todo un oxímoron, ya que combina dos palabras o conceptos con significados opuestos, toda vez que la democracia no tiene apellidos, y cuando los tiene simplemente no lo es, siendo algo distinto como lo fueron por ejemplo las democracias “populares”, aplicable hoy a la dictadura cubana, cuyos entusiastas partidarios que casi siempre viven fuera de la isla, la definen como una democracia “diferente”.

Más aún, cuesta encontrar otras oportunidades donde tanta gente de izquierda, tanto liberal y hasta mucha expresión del wokismo progresista celebraban y aplaudían el triunfo de alguien de derecha como es Peter Magyar, con impecables credenciales conservadoras, y que hasta fechas más bien cercanas, colaborador de Orbán en su gobierno como también su trayectoria se hizo en el mismo partido Fidesz o Unión Cívica Húngara, hasta que un tema personal como lo fue su divorcio de quien era ministra de Justicia lo condujo a distanciarse, y con la información que poseía, transformarse en adalid de la anticorrupción, tema que le permitió una veloz carrera política ascendente, una que fue imparable hasta triunfar.

La pregunta que surge es qué va a hacer con este respaldo Magyar y si la derrota de Orbán es temporal o definitiva, ya que en política, hay muchos ejemplos de derrotados, pero que cual Lázaros se levantan y regresan al poder, demostrando “que era prematura la noticia del fallecimiento”, tal como decía Mark Twain.

El proceso electoral fue impecable, sin cuestionamientos, por lo que no fuimos testigos de ningún tránsito de la dictadura a la democracia como tampoco ninguna “transición” a la democracia, como fue presentado equivocadamente por tanta prensa internacional que hizo una verdadera caricatura de Orbán, quien gozó de pésima imagen, no siempre merecida.

Lo que hubo fue sin duda una deriva hacia la personalización del poder y una pérdida de los frenos y contrapesos tan necesarios en toda democracia. El resultado fue una concentración tal de atribuciones, que en la práctica se transformó en presidencial a un régimen que era inicialmente parlamentario. El propio Orbán se negó a sí mismo, ya que alguna vez fue presentado como lo es el propio Magyar hoy, ya que tuvo un rol prominente en la transición desde el comunismo a la democracia, transformándose en un verdadero rostro de ese proceso, tanto que por vez primera fue electo como primer ministro un ya lejano 1998.

A pesar de su imagen, Orbán nunca fue un Lukashenko ni Hungría fue Bielorrusia en su relación, ni con Rusia ni con Putin. De partida, todas y cada una de las veces que fue electo y reelecto en los 16 años que se dedicó a acumular poder personal y a aprovechar las mayorías para hacer reformas constitucionales, no hay duda de que lo fue por mayorías democráticas. Más aún, en relación con algunas de sus conocidas diferencias con los encargados de la Unión Europea (UE), en la campaña electoral, Magyar reconoció que en el tema de la inmigración Orbán había tenido razón, tanto que a ese respecto no habría cambios importantes.

Orbán perdió las elecciones del domingo pasado y deja el poder tras 16 años en Hungría (REUTERS/Yves Herman)

Por ello, la pregunta es para Magyar, a quien le corresponde definir cuánto de continuidad y cuánto de cambio habrá en su gobierno. La pregunta es legítima, toda vez que en Europa existe un caso similar a Orbán en cuanto a duración continua en el gobierno, pero absolutamente opuesto en cuanto al escrutinio al que fue sometido por los medios de comunicación y por la relación que tuvo con los poderosos encargados de la UE.

Es el caso de Angela Merkel quien abandonó el poder con aplausos surtidos después de haber sido Canciller de Alemania entre el 2005 y el 2021, y hoy se le cuestiona mucho de su gestión, y poco parece quedar de lo que fue su estrategia favorita, el acuerdo con Putin y aún antes de él, ya que viene de la época de la Unión Soviética, de amarrar el suministro de gas y petróleo a lo que se suponía iba a ser combustible barato y confiable para la industria y los hogares de la República Federal. Por cierto, en ese optimismo no se consideró el tema geopolítico y no pudo sobrevivir a la invasión de Ucrania, tanto que hasta los nuevos gasoductos del Báltico sufrieron un atentado en un incidente no aclarado, donde incluso puede haber habido participación, por omisión u acción de la administración Biden.

El escrutinio también hoy se dirige a otra política distintiva de Merkel cual fue la apertura a una inmigración descontrolada, donde al igual que en la frontera sur de EE. UU. el escrutinio brilló por su ausencia durante años. Por cierto, los líderes no son comparables en cuanto a estilo como también Merkel nunca ambicionó concentrar poder, además que hacia ella fue completamente distinta la actitud de la burocracia comunitaria, desde el momento que lo que fue cercanía hacia Merkel fue antipatía hacia Orbán, un tipo de distanciamiento hacia el líder de un país que no se había dado por parte de esa burocracia desde la actitud que se tuvo hacia la Sra. Thatcher, cuya crítica era similar a la de Hungría sobre todo en la carencia de credenciales democráticas, ya que la designación de los encargados por área y de la presidencia es el fruto de un acuerdo político cupular, toda vez que nunca existieron elecciones.

Además, por el tipo de cobertura que ha rodeado la elección húngara, en el análisis de los medios de comunicación internacionales ha primado la emoción y el rechazo a Orbán, por lo que los medios han reaccionado en forma parecida a lo que se encuentra en redes sociales.

Mi impresión es que es posible que con Magyar se den menos cambios de lo esperado en temas como la relación con Rusia y con el propio Putin, dada la dependencia húngara en energía, donde influye también la geografía y la historia, como también es posible que los cambios sean menores a lo esperable en lo que a Ucrania y Zelenski se refiere.

Por cierto, con Magyar va a cambiar el estilo y el lenguaje, también los vetos húngaros a préstamos comunitarios, y Budapest va a dejar de ser la piedra en el zapato para esa especie de politburó que es la Comisión Europea encabezada como presidenta por Ursula von der Leyen, y quien deriva mucho de su poder de hecho del aprovechamiento que se hace del vacío creado por la existencia de esa absurda norma que exige unanimidad en decisiones importantes.

El punto es que por sobre los gestos mediáticos, es posible que la relación energética con Rusia y la dependencia existente obligue, a que tarde o temprano predomine la tradicional razón de Estado en Hungría, más allá de lo que quiera el primer ministro, con lo cual podría durar más tiempo que la estrategia de Angela Merkel en relación con la energía rusa. Algo similar puede ocurrir con Ucrania, ya que no debe olvidarse que un incidente no aclarado fue esgrimido como justificación de Orbán para vetar el préstamo a Kiev, ya que aseguraba que antes de levantar el veto Hungría debía ser compensada económicamente por la voladura del gasoducto que lo transportaba, por la responsabilidad de Ucrania, toda vez que a pesar de la guerra, hasta ese atentado seguía cumpliendo funciones para beneficio económico tanto de Rusia como de Ucrania, donde además de condicionar la política energética de Hungría también lo hacía en forma similar con Eslovaquia, afectando por esa vía la imagen de su primer ministro Robert Fico, similar a la de Orbán en la prensa internacional.

Con Peter Magyar en el poder podría haber menos cambios de los esperados, sobre todo en las relaciones con Rusia y Putin (REUTERS/Marton Monus)

En otras palabras, los daños al oleoducto de Druzhba, originado en Rusia y cuyo recorrido por varios países europeos lo hace el más largo del mundo y hasta ahora, exento de las sanciones de la UE, han interrumpido el suministro de petróleo a Hungría, hecho que está detrás de la prolongación del veto al préstamo de la UE de casi mil millones de dólares a Ucrania, con Zelenski insistiendo que además de haber sido un ataque ruso, las reparaciones se dificultaban por los bombardeos de ese país, lo que ha sido rechazado por Budapest, pero ahora la presión es para el nuevo primer ministro, ya que la UE espera que apenas asuma, levante el veto.

Más allá de este tema puntual, no hay duda de que hubo y hay doble estándar y hasta hipocresía tanto en la prensa internacional como en la Comisión Europea, demostrado en los cuestionamientos de ambos a la salud democrática de Hungría y a la vigencia del Estado de Derecho, que de ser cierto y tener base, lo poco presentable sería que argumento similar no sea dirigido a Sánchez y a España, a pesar de los continuos ataques que desde el Palacio de la Moncloa debilitan a la constitución de 1978 y a la democracia española.

La derrota de Orbán fue tan contundente que quedó afuera por algún tiempo, pero ¿volverá al poder? Hoy se ve difícil, pero en ningún caso imposible, aunque si lo lograra, sin duda el ejercicio del poder va a tener que ser distinto, más similar a su primer mandato que al último, ya que después de este reciente resultado electoral, va a ser extremadamente difícil que siquiera pueda intentar tener el poder del que disfrutó en el pasado, toda vez que el sistema húngaro debiera desprenderse de las características presidencialistas que le imprimió Orbán, y regresar a un parlamentarismo sin confusiones. En todo caso, en regreso a tener poder, basta observar lo que ha ocurrido con dos líderes cercanos al húngaro, y que por años han estado mucho más cuestionados y aun con peor imagen en la prensa liberal.

Se trata de Trump y Netanyahu, el primero superando 93 acusaciones judiciales, logró volver totalmente recargado con su triunfo del 2024 y el israelí pudo haber sido obligado a renunciar por su responsabilidad como autoridad en la invasión de Hamas el 7 de octubre de 2023, y hoy, a pesar, de la reapertura del proceso judicial por corrupción en su contra, las encuestas lo muestran con posibilidades de triunfo en los próximos comicios.

Mucho del escenario futuro va a ser definido no por Orbán sino por Magyar, en el sentido de cuál va a ser la velocidad en que hará la transición de candidato a gobernante, ya que de su persona depende de si va a ser o no un nuevo Biden, en el sentido de tener una actitud similar a la del estadounidense con Trump o viceversa, la de querer cambiar todo lo hecho por su predecesor. En EE. UU. se hizo por decreto, por orden ejecutiva y no por cambio en la ley, lo que volvió a modificarse, cuando Trump hizo exactamente lo mismo, borrar lo hecho por Biden, por la misma vía, mediante una simple firma.

Por cierto, es posible que Magyar no actúe así, ya que comparte la ideología conservadora y tiene una trayectoria política que fue coincidente, hasta el mutuo distanciamiento. Sin embargo, la victoria de Magyar fue tan grande en votos, que la tentación de repetir lo hecho por Orbán puede ser determinante, ya que al igual que su predecesor va a disponer de dos tercios por lo que puede tener a su disposición la posibilidad de aprovechar esta mayoría transitoria para modificar la constitución a su favor. De partida, ya le pidió la renuncia a todos quienes colaboraron con Orbán, no como ministros, sino desde posiciones nominalmente autónomas, como por ejemplo al propio presidente de la República como jefe de Estado, pero si no lo hacen, para obligarlos necesitaría una reforma constitucional. Sin embargo, de hacerlo, se colocaría en el mismo lugar de poder sin contrapeso que condujo a que la derrota de Orbán.

Hungría es uno de los países de la UE más dependientes del petróleo ruso (REUTERS/Dado Ruvic/Illustration)

El ejemplo estadounidense de Biden versus Trump es por supuesto malo, ya que ha conducido a una polarización insoportable y a la imposibilidad de llegar a ningún tipo de acuerdo en el Congreso. En estos años, hubo un ejemplo más útil en el caso de Guatemala, donde todo indica que el presidente Bernardo Arévalo lo intentó, pero hasta el momento no ha tenido éxito, con lo cual curiosamente se abre la oportunidad de llegar a acuerdos futuros en relación con la estabilidad, exactamente lo que hoy no se aprecia como posible en la política estadounidense.

Desde el momento que la izquierda perdió toda representación en el Parlamento de Hungría, el hecho que Magyar compartiera con Orbán la ideología conservadora fue claramente determinante en su triunfo, por lo que hubo una disputa entre dos derechas, reflejado también en la cuidadosa ambigüedad que tuvo el triunfador en asuntos morales tan importantes como el aborto y la eutanasia como también sobre la influencia china, claramente creciente en los últimos años.

Es por ello por lo que Rusia y el tema de la energía proporciona un limitante, que quizás va a condicionar rápidamente a Magyar en el poder, toda vez que es muy difícil que pueda cambiar la dependencia ya que, aunque se encuentren alternativas, después de lo que tuvo lugar con el cierre del estrecho de Ormuz, sin duda lo encontrado será indudablemente más caro que lo que por contrato cobraba Rusia.

Hungría es uno de los países de la UE más dependientes del crudo ruso que hoy representa alrededor del 90 % de las importaciones húngaras, dependencia que desde la invasión de Ucrania, ha aumentado en vez de disminuir, y la verdad es que no se sabe si el hecho que la energía va a condicionar la relación con Rusia, y por lo tanto, con la UE, si como consecuencia se va a moderar la política internacional del nuevo gobierno, o por el contrario, se va a radicalizar, obligándolo al igual que Alemania a desengancharse de ese vínculo, aunque es dudoso que lo pueda hacer exactamente igual, ya que sin duda Hungría es más débil.

En campaña Peter Magyar dijo que necesita los fondos retenidos por la UE, pero no apoyaba que Ucrania tuviera un fast-track en su acceso, y que debe ponerse en el lugar de la fila que le corresponde, ya que otros países presentaron antes su solicitud. En forma cuidada y abierta a distintas interpretaciones, siempre sostuvo que Hungría no estaba en condiciones de participar en ese préstamo porque la situación económica era difícil, agregando que no iba a vetar, pero tampoco quería participar, es decir, algo similar a lo dicho por España con relación a sus compromisos financieros con la OTAN.

En campaña, algo parecido fue dicho por Magyar cuando fue consultado sobre Israel, respondiendo que Hungría no continuaría bloqueando decisiones comunitarias contrarias a ese país, y “como toda otra decisión, esta sería seria examinada en sus méritos”, agregando que no quería ”predeterminar una posición en esa materia”, es decir, una cuidada ambigüedad, ya que no hay que olvidar que aunque haya prometido cambios “ladrillo a ladrillo”, lo que ocurrió en Hungría fue que un gobierno de derecha sucedió a otro gobierno de derecha, donde al mismo tiempo se le ponía fin a la era Orbán.

El problema es que una Hungría diferente requiere tiempo, si se debe modificar el sistema político personalizado que fuera creado, por lo que puede haber desilusión y frustración en aquellas personas que esperaban un cambio rápido. Es por ello, que lo peor que le puede pasar al ganador es que existan demasiadas expectativas, y que el éxito o el fracaso se juzgue por algo, que a pesar de la retórica propia de toda contienda electoral, no quiere o no pueda hacer.

Quizás lo de Magyar era solo reemplazar a Orbán, no “desmantelar” toda su obra de 16 años y que más que deseos de un cambio profundo, lo que había era cansancio de los húngaros ante las mismas caras como también deseos de superar los rasgos autoritarios y de corrupción que habían emergido y eran visibles para todos. Sin embargo, presiones comunitarias van a haber y muchas, dado el desafío planteado desde Budapest, y de ahí el discurso de Bruselas acerca de la necesidad de “restauración” de la democracia liberal y toda la exagerada cobertura periodística y acusaciones de “ultranacionalismo”, reflejadas en las peticiones de renuncia que hizo Magyar, incluso después que Orbán reconociera su derrota, a todas las autoridades a quienes llamó “los títeres”, tales como el presidente de la Corte Suprema, el Fiscal General, el presidente del Tribunal Constitucional y similares.

Es cierto que la erosión durante años de los contrapesos institucionales y la concentración del poder fueron hechos reales que debilitaron la salud democrática del país, pero nada se soluciona si la mayoría actual fuera utilizada para una erosión similar, solo que la degradación sería esta vez causada por el nuevo gobierno, y no creo que Magyar quiera algo así.

La UE observará con atención los primeros pasos de Magyar en el poder (REUTERS/Yves Herman)

Muchas de las situaciones por las cuales se acusó a Hungría bajo Orbán en realidad son peores bajo la concentración de poder y falta de legitimación democrática de la Comisión Europea y particularmente bajo la presidencia de von der Leyen, por ejemplo, en la forma como se retiene y se suspenden fondos comunitarios de aquellos gobiernos cuya defensa de sus intereses nacionales difiere de la ideología globalista que hoy predomina en la burocracia de la UE, autonomía que ha crecido ante el vacío creado por la falta de una adecuada dirección política, ya que la última vez que existió, fue gracias a la alianza entre Francia y Alemania, y al liderazgo de Mitterrand en los 80 y 90.

Ese nivel de liderazgo ha desaparecido, vacío que es llenado por la Comisión Europea, con el déficit democrático que significa. Ese choque estuvo detrás de la retención de 17 000 millones de euros en fondos comunitarios que permanecen suspendidos para Hungría y que Magyar prometió conseguir su devolución, asegurando además que “Hungría volvería a ser un fuerte aliado de la UE y la OTAN”.

Pero ¿existirá algo más que eso? Es el fin de la era Orbán, pero no el fin de Orbán como político. En lo personal, creo que los cambios vienen, pero serán más moderados de lo esperado, coexistiendo la continuidad con el cambio, y respecto a su predecesor, Magyar se va a diferenciar más por el estilo que por el contenido. De su persona, Bruselas puede esperar una actitud distinta a la permanente beligerancia de Budapest como también las instituciones comunitarias deberán entender mejor la dependencia energética de Hungría para con Rusia.

Ha sido una derrota oportuna de Orbán, aunque nunca fue el monstruo que Anne Applebaum hizo de su persona. En cuanto a la necesidad de bajar las expectativas con Magyar, Rubén Blades puede ayudar, y esto es en serio, ya que antes de ser un famoso intérprete estudió derecho y ciencia política en Panamá y en Harvard, así que en Pedro Navaja hay una frase apropiada para alguien que todavía no ha hecho la transición de candidato a gobernante, por lo que sigue siendo un desconocido en muchos aspectos: “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, frase digna de figurar en las recomendaciones que le hace Maquiavelo al Príncipe.

Máster y PhD en Ciencia Politica (U de Essex), Licenciado en Derecho (U de Barcelona), Abogado (U de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)

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