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infobae.com · hace 2 horas · Alexis Chaves

Identidad y algoritmos: “The Logical Song” y la pregunta que no se apaga

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La afamada Banda de Rock “Supertramp” lanzó The Logical Song en 1979, en donde Roger Hodgson cantaba sobre la transición de la infancia mágica hacia una adultez marcada por la lógica y la responsabilidad: “Cuando yo era joven, la vida parecía tan maravillosa, un milagro, hermosa, mágica…”, postula la primera estrofa. Pero pronto aparecían elementos socioculturales como la educación formal, la disciplina y la exigencia de ser “sensato, lógico, responsable y práctico”. El estribillo, parecía casi una súplica existencial: “Por favor, dime quién soy” ó “Please tell me who I am” -, se convirtió en un himno de la alienación moderna por aquellos convulsionados años.

Hoy la vigencia del mensaje en la era digital y de la Inteligencia Artificial, retoma con potencia esa pregunta que resuena con una fuerza inesperada.

La mayoría de los jóvenes viven en un ecosistema donde los algoritmos deciden qué música escuchan, qué noticias leen y hasta con quién se relacionan; la lógica de la eficiencia domina, pero la pregunta por la identidad sigue intacta: ¿somos lo que elegimos o lo que nos eligen las plataformas?

La canción se convierte en un espejo de la experiencia juvenil actual, con una infancia que, pese a todo, aún conserva destellos de magia, pero que en la adolescencia se ve rápidamente atravesada por la presión de construir un perfil digital, de ser “productivo” en redes sociales, de mostrar una vida ordenada y coherente.

La lógica del algoritmo reemplaza a la lógica escolar de los años setenta, pero el efecto es similar: la pérdida de espontaneidad y la sensación de que la vida se vuelve un manual de instrucciones subyace a cada paso que vemos lo arrollador de estas transformaciones imperantes y avasallantes.

Ahora las relaciones parentales viven en una era hiperconectada, los vínculos familiares también se ven atravesados por este dilema, ya que coexisten generaciones de padres que crecimos en un “mundo analógico”, en el cual intentamos comprender a nuestros hijos que habitan universos virtuales y realidades aumentadas.

Este choque cultural es inevitable: mientras los adultos valoran la privacidad y la intimidad, los jóvenes se mueven en un espacio donde la exposición constante es casi una condición de pertenencia. Sin embargo, y con atisbos de esperanza comunicacional, este desencuentro abre un espacio para el diálogo.

Los adultos podemos aportar “memoria y experiencia”, mientras los jóvenes nos enseñan “flexibilidad y adaptación”. Ahora como reza la canción que motivó esta reflexión, nos lleva nuevamente a la pregunta de “¿Quién soy?” (que se convierte en un puente entre generaciones); algunos padres la escuchamos como un eco de nuestra propia juventud, y los hijos quizás la viven como un desafío en tiempo real.

Sin embargo, la humanidad, se debate entre avances médicos que prometen longevidad y la amenaza del cambio climático que exige redefinir prioridades, un mundo en el que la lógica del progreso tecnológico convive con la urgencia de recuperar la magia de lo humano con elementos como la creatividad, la empatía y la capacidad de asombro.

En este contexto, The Logical Song - hace casi 50 años - funcionaba como un consejo y como una guía; advertía sobre el riesgo de reducir la vida a un conjunto de métricas y objetivos, pero también importándolo al día de hoy, nos invita a recuperar la dimensión emocional y espiritual. La canción no ofrece respuestas, pero sí plantea en el presente, la pregunta que nos obliga a detenernos: ¿qué significa ser humano en un mundo que mide todo en datos?

Los jóvenes del 2026 no querrán ser únicamente productivos y prácticos, tal vez busquen (y es mi esperanza) ser sensibles, soñadores y sobre todo solidarios.

En un mundo hiperconectado, la verdadera revolución no será tecnológica, sino todo lo contrario, será humana: aprendiendo a reconocerse en el otro, valorando la vulnerabilidad y sosteniendo siempre la esperanza, porque la “lógica” puede guiarnos, pero es la emoción la que nos recuerda que estamos vivos. (Y quizás, en esa tensión entre razón y sentimiento, se juegue el futuro).-

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