Una agresividad que esconde miedo y estupor
Señala el escritor Gonzalo Garcés en la página 54 de Los relatos bíblicos que la personalidad de Caín se corresponde con un trastorno denominado narcisismo vulnerable: “Empieza por una grieta interna, que puede ser estructural o causada por una situación angustiante, y que deja la propia identidad en carne viva, expuesta sin defensas a la mirada del mundo. No hay separación entre identidad y performance: el triunfo te valida como ser humano, el fracaso te condena sin remedio. Para compensar esa vulnerabilidad, se construye una identidad ficticia, una versión grandiosa del propio Yo, y se exige al mundo que se adapte a ella”. Para los estudiosos de esta perturbación, el costo de sostener esa identidad ficticia es muy alto: “El narcisista necesita ser admirado en forma continua; no tolera la crítica, porque la percibe como un juicio terminal sobre su persona”. En este ensayo erudito y a la vez popular -ya va por la tercera edición-, Garcés utiliza sus cuantiosos conocimientos en historia, literatura, filosofía y psicología moderna para releer los Santos Evangelios. Su objetivo inicial no consistía ni remotamente en explicar algunas conductas de Javier Milei, pero a juicio de este articulista lo ha conseguido, o al menos ha formulado de manera oblicua e involuntaria una conjetura, un aporte a la comprensión de un factor decisivo de nuestros tiempos: el funcionamiento de la psicología de la figura máxima de la política, alguien que se pretende un líder mesiánico, que convirtió su explosivo temperamento en lengua de Estado, que naturalizó un clima de agresividad alienada y pueril, que profundizó el cainismo polarizador y que puso la maquinaria pública al servicio de su endiosamiento (versión grandiosa del Yo) y de la estigmatización y el desprecio de cualquier disidente. “Un lenguaje en común requiere algo que para el narcisista es intolerable: admitir que el otro tiene un punto de vista legítimo -apunta Garcés-. Ese narcisista no busca interlocutores, sólo espejos; y aquel que no cumpla esa función debe ser expulsado del lenguaje admitido”.
“Un lenguaje en común requiere algo que para el narcisista es intolerable: admitir que el otro tiene un punto de vista legítimo”
Leer de viaje esta caracterización que tanto nos resuena, hacerlo durante la Semana Santa y observar de lejos la convulsa y grotesca andanada de improperios presidenciales contra la prensa argentina fue ciertamente una experiencia religiosa para este peregrino. Que no pudo sino preguntarse a qué obedecía ahora esta renovada obsesión, traducida en más de mil hostigamientos en las redes sociales, un nutrido ejército de alcahuetes atropellándose para complacer al jefe y una frase abyecta: Joaquín Morales Solá es una “basura humana”. Tienen razón los mileístas: algunos políticos fingen demencia; otros simplemente la practican. ¿Qué había de fondo en este brote? ¿Cuán mal se percibe en la intimidad la marcha de la gestión para producir semejante desmesura en unas pascuas pacíficas?, me pregunté. Porque en política, a más fragilidad, mayor histeria; a más miedo y flaquezas, más gritos destemplados.
En política, a más fragilidad, mayor histeria; a más miedo y flaquezas, más gritos destemplados
Sabemos por estos días que, en principio, brinda más rating narrar los vergonzosos capítulos del Adornigate que entrevistar a cualquier miembro del oficialismo: para un expanelista de Indomables, ese cambio de viento debe de ser tan inquietante como las métricas del creciente malestar social que registran todos los sondeos. Uno supone también que algo barruntaba el León acerca del inminente y decepcionante dato inflacionario del mes. Pero quizá esté sucediendo una cosa todavía más frustrante en el lecho profundo del río del poder, algo que estremece: el “mejor gobierno de la historia” ya ha completado su brillante programa económico y político; le quedan apenas algunas operaciones financieras para pagar la deuda y unas reformas pactadas con el Fondo que tal vez no muevan el amperímetro en el corto ni en el mediano plazo. Lo esencial -digamos lo que marcaba la biblia austríaca-, ya se hizo: ajuste fiscal, flexibilización laboral, blanqueo de capitales, reducciones impositivas, apertura comercial y retiro paulatino del Estado. Todo muy bien, salvo que el consumo no remonta, el estancamiento no se detiene, el riesgo país no cede, los dineros del colchón no salen, los empresarios no emplean, la inflación no se doblega, el gas de buzo no emerge y una mayoría de la sociedad expresa cada vez más incomodidad, fatiga e irritación. Debe ser preocupante para un hombre que tiene la fe de los conversos descubrir que después de cumplir con todas las siembras y riegos, las flores no florecen. O al menos no lo hacen fuera del jardín del agro, la minería y los hidrocarburos; vastos sectores productivos de la Argentina -allí donde también habrá que pedir el voto- han quedado fuera del modelo. La desazón social, sin embargo, no puede ser real, porque la fórmula es “infalible” y fue aplicada por el “mejor economista del planeta”. Debe ser todo falso entonces; los encuestadores, los economistas y, principalmente, los periodistas tienen forzosamente que estar mintiendo. Se percibe que algunos le sugieren cautelosamente, con el terror del vasallo, algunas acciones pragmáticas fuera del manual, pero que el Odiseo del anarcocapitalismo las rechaza como una afrenta: se atará al mástil y resistirá “el canto de las sirenas”. Necesita decirse a sí mismo que no hay desvíos de ninguna clase, y que prefiere hundirnos a traicionar su dogma: se decía bilardista, pero ahora resulta que la idea es superior a cualquier resultadismo. Y vuelve a escudarse -sobado recurso- en el “riesgo kuka”. ¿Pero qué riesgo habría si este gobierno es genial y tiene al mando a un prodigio de dimensiones universales?
Tienen razón los mileístas: algunos políticos fingen demencia; otros simplemente la practican
A pesar de todas estas violencias verbales e incongruencias, lo cierto es que a Milei no le va tan mal como en el fondo parece creer. Paradójicamente es su propio relato -exornado de autobombo, contabilidad creativa y exageración obscena de sus triunfos provisorios o relativos- el que establece un paisaje idílico sobre el que se recorta, por contraste, una realidad pura. Que desde esa perspectiva autoinfligida será siempre mediocre: el exagerado es prisionero de su exageración. Después están los asuntos objetivos y conducentes, que quizá se podrían solucionar si el Presidente fuera valiente en serio. Es decir, si tuviera el coraje de dudar y revisar sus propias certezas, escuchar sin complejos a algunos de sus críticos y prescindir de los halagos continuos y babosos: más interlocutores y menos espejos. Si fuera menos débil, sería realmente fuerte. Esa debilidad enrarece, como dice Garcés, el lenguaje en común, que en estos lares llamamos simplemente democracia.
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