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perfil.com · hace 5 horas · Eduardo Valdés *

La paz te extraña, Francisco

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Recuerdo perfectamente dónde estaba y qué hora era cuando supe que Jorge Mario Bergoglio había sido elegido Papa. Llamé a Alicia Oliveira, su gran amiga, y la encontré llorando desconsoladamente. No lloraba de emoción, como tantos argentinos ese día. Lloraba de tristeza, porque intuía que no lo vería más. Pero Alicia se equivocaba: nunca dejó de estar con nosotros, porque Francisco se convirtió en una voz universal. Un guía moral que, sin estridencias ni estrados, puso al mundo frente a sus responsabilidades.

Si tengo que elegir una faceta de su legado, me quedo con su geopolítica por la paz. Francisco fue el hombre que entendió que el poder espiritual también puede ser puente. Un facilitador de encuentros y un provocador del diálogo para conseguir la paz y la convivencia fraternal entre los hombres. Intercedió entre Cuba y Estados Unidos en tiempos donde el mundo parecía olvidar la importancia de tender la mano. Luego de la derrota del “Sí” en Colombia en el Plebiscito por la Paz, convocó al expresidente Álvaro Uribe y al presidente en ejercicio, Juan Manuel Santos, al Vaticano. No se quedó en la declaración: viajó a Bogotá el 6 de septiembre de 2017 para acompañar la reconciliación. Con la misma fuerza, realizó gestiones de paz entre Rusia y Ucrania, entre Armenia y Azerbaiyán, Armenia y Turquía, las dos Coreas, Israel y Palestina, Irán y el G5 por el desarme nuclear. A veces sus esfuerzos dieron frutos. Otras no. Pero nunca dejó de intentarlo.

La diplomacia de Francisco fue una diplomacia distinta. Espiritual y valiente. Sin cálculo electoral. Su primera herramienta fue la oración. Cuando Barack Obama anunció una inminente invasión a Siria, Francisco convocó a una jornada mundial de oración en la que participaron todos los credos. La presión fue tan intensa que el presidente estadounidense se vio forzado a declinar la acción bélica en plena cumbre del G20. No se necesitó ningún misil. Alcanzó con una oración musulmana, judía, cristiana y de más credos.

La elección de Lampedusa como su primer viaje fuera del Vaticano fue un gesto de coherencia. Eligió las periferias del mundo, allí donde los discursos no alcanzan y la realidad duele. En ese enclave olvidado de Italia, donde miles de iraquíes, libios y sirios se arrojaban al mar para escapar del infierno, Francisco denunció con crudeza: “¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos?”. Y contestó por todos: “Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto”.

Francisco no fue un líder neutral. Tomó partido por los que no tienen parte. Denunció al capitalismo financiero que excluye a quien no produce, que degrada a los jóvenes sin empleo, a los ancianos, a los pobres, a los hambrientos, a los descartados. Y con la misma fuerza, se enfrentó a los fabricantes y vendedores de armas: “Esos son los que hacen las guerras”, afirmó sin eufemismos.

En lugar de resignarse, propuso una alternativa: la cultura del encuentro. Una sociedad donde las diferencias puedan convivir sin anularse, donde nadie sea considerado inservible, donde cada vida tenga valor por el solo hecho de ser vivida.

Desde su experiencia en Buenos Aires, llevó al mundo su vocación por el diálogo interreligioso. “No es justo identificar al islam con la violencia”, sentenció. En la sinagoga de Roma les dijo a los judíos: “Ustedes son nuestros hermanos y hermanas mayores en la fe”. Se juntó con el patriarca de la iglesia ortodoxa rusa, Cirilo, después de mil años sin encuentros entre las máximas autoridades de ambos credos. Conmemoró los 500 años de la reforma protestante viajando a Suecia, encontrándose con los seguidores de Martín Lutero, convocando a la unidad, al diálogo y a la reconciliación. Se abrazó al presidente de Israel, Shimón Peres, junto con el presidente de Palestina Mahmoud Abbas, el 8 de junio de 2014, donde juntos firmaron la invocación por la paz. Nos recordó que todos pertenecemos a una única familia: la familia de Dios. La fraternidad no era una consigna vacía dentro de su prédica. Era una frontera ética. “O somos hermanos, o nos destruimos”, repetía. Porque, como él mismo lo explicó, no hace falta violencia armada para hacer enemigos: basta con prescindir del otro, mirar hacia otro lado como si no existiera.

Nos dejó dos encíclicas esenciales: Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común, y Fratelli Tutti, sobre la necesidad de una fraternidad activa y comprometida. Nos enseñó que toda persona tiene derecho a tierra, techo y trabajo digno. Puso en palabras aquello que tantas veces se intentó silenciar: que la dignidad humana no puede ser una excepción, sino una regla. En lo personal, me quedo con la imagen de un Papa cercano. Austero. Firme. De mirada serena y convicciones profundas. Lo vi abrazar a los pobres, a los jubilados, a los trabajadores, a los excluidos del sistema. También lo vi escuchar a poderosos sin rendirse ni doblegarse.

Se fue el día de la Pascueta, cuando el ángel ve que el sarcófago está vacío porque Jesús resucitó. Quizás eligió ese día para irse para encontrarse con él. Sin embargo no se fue del todo. Su voz, su ejemplo, su testimonio, siguen entre nosotros. Gracias, Francisco. Por no olvidar nunca de dónde viniste. Por recordarnos a todos hacia dónde deberíamos ir.

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