Un debate gelatinoso: ¿tinta o sangre?
Algunos streaming les están ganando a las señales de noticias en la recuperación de un hábito televisivo que se fue extinguiendo en el mainstream periodístico: el debate de ideas entre invitados de distintas ideologías, con escucha, sin interrupciones ni urgencias.
Hay que remontarse al segundo gobierno de Cristina Kirchner para rastrear el deterioro terminal de ese formato. La Casa Rosada impuso a sus dirigentes que se abstuvieran de concurrir a programas de TN tras el conflicto con el campo. Desde el otro extremo ideológico, en la TV Pública, empezaba a funcionar el panfletario y monocorde 6,7,8 que, por su militancia rabiosa hacia el kirchnerismo, se abastecía mayoritariamente de dirigentes de esa extracción y de representantes de la izquierda, siempre gustosos de ser su furgón de cola.
C5N pronunció ese sesgo 24x7 y, con el tiempo, otras señales de noticias adoptaron el mismo criterio, pero con el macrismo y, más adelante, con los libertarios. Solo en las vísperas electorales, revivía por un rato la diversidad política en A dos voces, también de TN, y en los debates organizados desde el Estado por ley. Intratables, por América, procuraba mezclar tribus distintas, pero con superposición de voces agrietadas que no facilitaba consenso alguno. Le rendía más la pelea.
Esa impronta peculiar y árida de entrevistados de pensamientos similares agrupados en distintas señales persiste hasta hoy.
Por eso es plausible lo que desde hace un tiempo intenta semanalmente el streaming Gelatina, que lidera Pedro Rosemblat, al reunir en torno de una misma mesa a periodistas de diferentes líneas editoriales.
Rosemblat, de 36 años, nació durante la versión neoliberal del peronismo, cuando gobernaba Carlos Menem, tío de Martín, actual titular de la Cámara de Diputados y miembro destacado de la mesa chica (microscópica, se diría) de la virtual copresidenta Karina Milei.
El novio de Lali Espósito (el costado que lo ha hecho trascender más popularmente) tiene una devoción casi cholula hacia Cristina Kirchner. También fue precandidato a jefe de gobierno porteño por la línea interna de Juan Grabois, en las PASO de 2023.
Por suerte, a la hora de plantarse ante las cámaras lo hace de manera mucho menos dogmática y rígida que sus compañeros de ruta más veteranos. Hasta pronuncia autocríticas de su espacio muy valiosas y en voz alta. Sumamente creativo y empático a la hora de conquistar audiencias, hace años se empezó a volver conocido en las redes sociales como “El pibe trosko” y después en presentaciones públicas y televisivas como “El cadete”. Alma mater de Gelatina, la divertida y filosa “fábrica de jingles” durante los comicios de los últimos años, fue un hallazgo que trascendió merecidamente las fronteras del streaming, al viralizarse en la Web y en la televisión. Ya todos ahora aceptan el convite a su gelatinosa mesa, se llamen Chiqui Tapia o Elisa Carrió. Obviamente, antes que a ellos, entrevistó a su ídola, Cristina Kirchner, cuando aún estaba en libertad. Hablaron de las parejas políticas, entre otros temas (Rosas y Encarnación Ezcurra, Perón y Evita, Néstor y ella). La expresidenta arremetió, a manera de pitonisa zumbona, con “Pedro y Lali”, capaz que como representantes millennials del “trasvasamiento generacional” que predicaba el general. Si midieran bien, serían números puestos, sin duda mucho más atractivos que la reciente triste venta de figuritas repetidas por parte de Miguel Angel Pichetto (Massa, Cristina y Kicillof).
Con todo, Rosemblat arrastra una rémora del kirchnerismo más rancio que es enrostrar a periodistas de “medios hegemónicos” (como dirían sus maestros) el papel de “cómplices” que estos habrían cumplido en tiempos de la última dictadura militar. Por más desafortunados que pudieran parecer los puntos de vista del periodismo de esa época, resultan una chicana burda traerlos a colación para incomodar a los periodistas que ahora trabajan en esos medios. Le pasó a Laura Di Marco cuando fue invitada hace poco. Vivo como es Rosemblat, después de dispararle el dardo envenenado, aclaró que Laura no había tenido nada que ver con aquello (bueno sería: tenía apenas ocho años cuando arrancó el Proceso de Reorganización Nacional).
Es extraño que a los peronistas les escandalice más la tinta que la sangre. No se conoce que ningún artículo, por “procesista” que fuera haya matado a nadie. En cambio, sí desde ese movimiento derramaron abundante sangre por izquierda (Montoneros, FAR, FAP) y por derecha (Triple A, Comando de Organización) sin contundente castigo judicial ni repudio mediático.
¿Fue más grave que algún periodismo glorificara a los militares que el peronismo que, de haber ganado en 1983, hubiese ratificado el decreto de autoamnistía con el que quisieron salvarse los jerarcas del régimen y que no colaboraran con la Conadep ni con el juicio a los comandantes ya en tiempos de Alfonsín, y que Menem, además, en nombre del peronismo, los indultara?
Y si de periodismo se trata, no está de más recordar que desde las páginas del semanario El Descamisado se contó con lujo de detalles, y hasta deleite, el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu y que desde su réplica derechosa, El Caudillo, señalaban con dedo acusador a quienes consideraban enemigos a eliminar. Casualmente, días más tarde, aparecían acribillados a balazos en algún zanjón.
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