Españoles contra la democracia
Hablaba hace unas semanas con una persona informada, inteligente y políticamente influyente acá en España sobre la batalla global que define nuestros tiempos, la democracia contra el autoritarismo. Su resumen de la situación: “Tenemos que unirnos las izquierdas.” ¿Quéeeee?
Poniendo a un lado la cuestionable suposición de que yo también pertenezco a la tribu de “las izquierdas”, lo que más me alarmó fue lo trasnochado y, ante todo, irrelevante que fue el comentario dada la urgente situación en la que se encuentra el mundo. En los tiempos que corren nos debería importar poco si un país tiene un gobierno de izquierda o de derecha con tal de que ese gobierno respete las reglas elementales de la democracia por la que tanta gente luchó y sacrificó tanto a lo largo de los siglos.
Si un gobierno fue elegido por mayoría de manera legítima y respeta los principios de la libertad de expresión, de la ley aplicada a todos por igual y de la transición pacífica del poder, preferiblemente sin robar, ya vamos bien. Muchos menos gobiernos cumplen estos requisitos que a principios de siglo, empezando por Estados Unidos, que se ha colocado claramente del lado de los que utilizan la fuerza para imponer sus ideas, la excepción siendo Irán.
Por lo demás, los enemigos principales de EE.UU .hoy son los países más democráticos del mundo, los de la Unión Europea más Canadá. El gran aliado, del que nunca habla mal la Casa Blanca, es Rusia, siendo este el país que está al frente de la batalla, literal, contra la democracia.
Un nuevo aliado de los americanos es Venezuela, estandarte hasta hace muy poco de la izquierda internacional, hoy convertido en sátrapa de Washington. Venezuela ofrece un ejemplo perfecto del cero valor que EEUU otorga a la democracia. Sigue en el poder un gobierno ilegítimo y autoritario cuya bolivariana presidenta se ha reunido cordialmente en las últimas semanas con el director de la CIA. Para Trump, la que fue la figura de la resistencia democrática, María Corina Machado, ya no existe. Se llevó su botín, la medalla del premio Nobel que le regaló la pobre infeliz, y hasta la vista, baby.
Pero no seamos del todo pesimistas. Está por ver si se abre un camino a la democracia en Venezuela o si se consolida un régimen que tiene mucho menos que ver con, digamos, Noruega, que con la Hungría de Viktor Orban, cuya derrota electoral del domingo pasado fue la mejor razón para el optimismo en mucho tiempo. ¿Quién le derrotó? Un partido de derechas, mucho más afín al Partido Popular español que, por ejemplo, a Podemos. En otra época, entendería que la izquierda en los países libres se lamentaría de que los suyos no ganaran. Hoy esta no es ni remotamante la prioridad. Como no fue remotamente la prioridad durante la Segunda Guerra mundial que fueran los conservadores, no los laboristas, los que mandasen en Reino Unido.
Más deprimente es el panorama español, donde Vox sigue ascendiendo en las encuestas. Es decir, donde más y más gente se alinea con las fuerzas antidemocráticas. El problema de Vox no es que sea de derechas, sino que se ha posicionado del lado del bando autoritario mundial. Da igual que lo llamemos fascismo o comunismo. Si el PP gana las próximas elecciones españolas en solitario, sin tener que entrar en coalición con Vox, no voy a salir corriendo a un país democrático, como Uruguay.
Dudaría de su competencia pero no me asusta el PP, como no me asustó Giorgia Meloni cuando ganó las elecciones italianas en 2022.
Pero Vox representa lo peor que ofrece la política en el mundo occidental hoy y para entenderlo no hay más que ver su relación de amor con Viktor Orban, el que aglutinó durante los 16 años seguidos que estuvo en el poder las fuerzas internacionales que conspiran contra la democracia. El líder de Vox, Santiago Abascal, viajó a Budapest en marzo con el mismo propósito que el incluso más repelente vicepresidente de EE.UU. la semana pasada, para “arropar” a Orban en vísperas de las elecciones generales húngaras. Tras la aplastante derrota de Orban el domingo Abascal dijo que el emblema de “las fuerzas patrióticas europeas” había dejado Hungría mucho más fuerte que cuando llegó al poder .
Si “más fuerte” significa haber acabado con la libertad de prensa, la independencia del sistema judicial y el haberse enriquecido él y su familia y sus compinches de la manera más corrupta y descarada, Abascal acierta. Si estar del lado de las “fuerzas patrióticas europeas” significa haber sido el líder más anti UE del continente y el único (sí, ni Meloni) aliado europeo de Putin en la guerra que Putin está perdiendo en Ucrania, también. Y encima, no olvidemos, el admirado Orban ha sido el ídolo y el ejemplo a seguir del grotesco movimiento MAGA en EE.UU., la fuente del poder de Donald Trump, que además de sus incontables sandeces, niñerías e incluso herejías está logrando tras el capricho de iniciar la guerra en Irán que la economía del mundo se vaya al carajo.
En este equipo -el de Orban, Putin y Trump - juega Vox, partido que parece apoyar de momento la quinta parte del electorado español. Bueno, seamos consecuentes. Si los españoles les votan al poder, eso es democracia. Lo que quiero pensar, siendo generoso, es que si ocurriese sería consecuencia de la ignorancia y de la estupidez más que del deseo explícito de que España siga el camino de Estados Unidos, el que conduciría, si Trump se saliera con las suyas, a que se convirtiese en el modelo de estado kleptócrata, tirano y cruel que dirige el líder que Trump más venera en el mundo (después de sí mismo, claro) Vladímir Putin.
Si eso es lo que quieren, voten por Vox. Pero al menos que lo hagan con los ojos abiertos, conscientes de las consecuencias para la democracia española, conquista histórica y ejemplar por la que tantos dieron su sangre, su sudor y sus lágrimas.
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