← Volver
clarin.com · hace 5 horas · Clarin.com - Home

Los costos de la guerra

Ricardo Arriazu

En mi última columna señalé que toda guerra deja una secuela de costos: los humanos (muertes, heridas, desplazamientos, odios), los asociados a la destrucción de la infraestructura (puentes, caminos, edificios, fábricas, etc.) y los vinculados a los impactos sobre los mercados de bienes, servicios y valores. La actual guerra en Medio Oriente confirma estas secuelas, aunque los impactos relativos parecen ser distintos a los de otros conflictos.

Toda pérdida humana en una guerra es una tragedia inaceptable. Sin embargo, el costo humano en esta guerra parece ser inferior al de otras. Si bien la información oficial es siempre imperfecta, el número de muertos hasta ahora sería inferior a 10 mil, el de heridos inferior a 100 mil y el de desplazados cercano a 5 millones. Estos números se comparan con casi 2 millones de víctimas en Verdún y Somme en la Primera Guerra Mundial (57 mil británicos en un solo día), 2 millones en Stalingrado, 45 mil en una noche en Dresde y 166 mil en Hiroshima.

En comparación, la destrucción de infraestructura es mucho más amplia, especialmente en las actividades energéticas. Desde el inicio de la ofensiva, los países en guerra buscaron golpear el corazón energético global, atacando refinerías en Arabia Saudita y otros países del Golfo, plantas de GNL en Catar y grandes yacimientos en Irán. Restaurar la capacidad productiva de GNL en Catar costará más de 5 mil millones de dólares y demandará varios años.

Estas acciones, junto con el cierre del estrecho de Ormuz, afectaron directamente a los mercados energéticos y, en forma indirecta, a la economía mundial, por lo que la guerra pasó de ser primordialmente bélica a primordialmente económica.

Medio Oriente produce el 31% del petróleo mundial, el 18% del gas y el 7% de la oferta global de energía, pero en términos de comercio su importancia es mucho mayor. Por el estrecho de Ormuz pasa el 35% del petróleo mundial, casi el 20% del gas y una porción relevante del comercio de urea y aluminio.

El precio del petróleo pasó de 65 a 113 dólares por barril (95 al escribir esta nota), lo que implica una gran transferencia de ingresos desde consumidores a productores y desde países importadores a exportadores. Si el precio promedio anual se estabilizara en 100 dólares, esta transferencia sería equivalente a 1,15 billones de dólares (más del 1% del PBI mundial). A esto se suman las subas del gas, carbón, electricidad, urea, aluminio y fletes. Si todas las fuentes energéticas subieran en la misma magnitud, las transferencias serían cercanas al 3% del PBI mundial.

Como la demanda de energía es poco sensible a las variaciones de precios, las subas de sus precios necesariamente reducen los ingresos disponibles para la compra de otros bienes, de allí la baja de la actividad económica y la posible baja en otros precios.

Esto es lo que pasó con los precios de los productos agropecuarios en 1973, pero no está sucediendo en estos momentos por la influencia de la menor oferta de fertilizantes, el incremento en el uso de los biocombustibles, y una incipiente sequía en los Estados Unidos.

Las subas de los precios energéticos elevaron la inflación en casi todos los países (no en China), redujeron las perspectivas de crecimiento (el FMI bajó su proyección del 3,3% al 3,1%), frenaron la baja de tasas de interés y afectaron los mercados.

En Estados Unidos, la inflación anual subió del 2,4% en febrero al 3,3% en marzo, con un aumento mensual del 0,9%, el mayor desde la pandemia, impulsado por la energía. A nivel global, los mercados de valores cayeron cerca del 10%, lo que implicó una pérdida de capitalización cercana a los 12 billones de dólares.

Se estima que Argentina exportará este año 135 millones de barriles de petróleo, por lo que cada dólar adicional en el precio del petróleo implica 135 millones de dólares más de exportaciones, y se estima que en 2026 se exportarán 225 millones de barriles con la puesta en marcha del oleoducto a Punta Colorada.

Al mismo tiempo, su ubicación geográfica mejora sus perspectivas como proveedor confiable de energía a nivel mundial. Todos estos factores constituyen una gran oportunidad para nuestro país, que debemos aprovechar.

Simultáneamente, se incrementaron también los precios de los productos agrícolas, aunque también lo hizo el costo de los fertilizantes. El impacto de estas subas se reflejó en Argentina en los precios energéticos, aunque en menor medida que en Estados Unidos por la incidencia de los impuestos sobre las naftas.

La inflación mensual pasó del 2,9% al 3,4%, explicada en parte por la energía, pero también por factores estacionales y alimentos. La nafta subió 10,7% desde el inicio del conflicto, con impacto en marzo y abril.

La paz en Medio Oriente reduciría los precios energéticos, aunque difícilmente vuelvan en el corto plazo a los niveles previos debido a los daños en la infraestructura. En este contexto, queda en evidencia que los conflictos actuales ya no se limitan al terreno militar: sus efectos se transmiten rápidamente a los mercados, redistribuyen ingresos a escala global y condicionan las decisiones económicas de países que están muy lejos del campo de batalla.

Ricardo Arriazu

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

Newsletter Clarín