El legado de Francisco, a un año de su muerte
En estos días se cumple un año de la muerte del Papa Francisco y quiero delinear de manera sintética y no exhaustiva cuál puede ser el legado que ha dejado a la Iglesia y a todo el mundo. Seguramente la suya ha sido una visión profética sobre una sociedad planetaria que ha pasado de la globalización a una polarización tan acentuada produciendo “una tercera guerra mundial en partes”.
Esta expresión tan pregnante, el pontífice argentino la acuñó en 2014, cuando todavía no se habían desatado los conflictos en Oriente Medio y en otras partes del mundo y nadie podía presagiar el desastre bélico en que estamos involucrados. En efecto, el 13 de septiembre del 2014, visitando el cementerio militar de Redipuglia de la Primera Guerra Mundial Bergoglio había afirmado: “Hoy, tras el segundo fracaso de otra guerra mundial, quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida «por partes», con crímenes, masacres, destrucciones…”.
De aquí, ha iniciado su continuo predicamento por la paz y la convivencia de los pueblos. Muchas han sido las intervenciones de Bergoglio para terminar conflictos de largo periodo, como la guerra en Tierra Santa, acompañar procesos de paz en la República Centroafricana, en el Sudán del Sur, en Colombia, y mejorar las relaciones conflictivas, como fue en el caso entre Cuba y Estados Unidos. Y más recientemente buscar canales de diálogo en la guerra entre Rusia y Ucrania.
Con una fuerte dosis de realismo podríamos decir que muchos de estos esfuerzos no tuvieron éxito, mirando la caótica y amenazante situación de hoy. Pero hay que rescatar que en este proceso, Francisco ha afirmado con fuerza que los conflictos no pueden justificarse bajo razones religiosas sino que a menudo el afán, la avidez del poder y los negocios armamentistas son las verdaderas causas de guerras que aplastan y atropellan los derechos de los mas pobres, de quien no puede defenderse.
Esta diplomacia de la paz hoy viene continuada con fuerza y constancia por el Papa León XIV. Otra herencia que nos deja Bergoglio es la “Iglesia hospital de campo”, una Iglesia que abre sus puertas a todos, sobre todo a los “descartados” de la sociedad: ancianos, niños, migrantes, refugiados, y la lista puede continuar todavía.. Aquella Iglesia delineada en el Jubileo de la Misericordia del 2016.
Así presentaba el pontífice argentino sus rasgos principales: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia.”
En esta perspectiva pastoral podemos recordar la institución de las Jornadas mundiales de los Pobres y de los Ancianos. Son Jornadas que no deben caer en la acostumbre rutinaria sino que deben impulsar con fuerza renovada aquel perfil de aquella Iglesia “samaritana”, herencia viva del Concilio Vaticano II. Junto a esto, el Papa Francisco nos deja el tesoro más grande: su prédica del Evangelio; sencilla, profunda y que toca los corazones, modelo ejemplar a seguir para los predicadores de la Palabra de Dios.w
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