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clarin.com · hace 16 horas · Clarin.com - Home

La mentira la digo yo

La mentira la digo yo

Mi padre era abogado penalista. Recibía en su estudio a diferentes tipos de clientes o sus familiares, que se sentaban ante el escritorio donde mi padre los escuchaba, custodiado por su Olivetti celeste, siempre listo para tipear un escrito, un habeas corpus o lo que fuera necesario. En el escritorio, debajo del vidrio y ofrecido a la mirada de sus clientes, mi padre había colocado una llamativa tarjeta blanca con una frase: “usted, cuénteme toda la verdad que la mentira la digo yo”. En once palabras, mi padre, sin haber leído jamás a Lacan pero, como buen lacaniano, decía la verdad y establecía con claridad las reglas del campo de juego.

Pero no vengo a hablar de mi padre ¿A quién podría importarle? Vengo a hablar de la inteligencia artificial, pero para eso, sirve agregar que mi padre era experto en crear una versión nueva de los hechos. Un relato que, en un punto conveniente, se ramificaba de la verdad con mentiras que respetaban rigurosamente el frágil campo de lo posible, tan verosímiles que él mismo conseguía creerlas con un fervor notable. Tanto que cuando yo le preguntaba si el cliente era culpable, solía responder: “no del todo”.

Entonces, vengo a pensar qué posibilidades tendremos de conservar -mientras vemos crecer la inteligencia artificial- ese sano contraste entre lo falso y lo verdadero. Vengo a ofrecer apenas un tema de conversación para la cena: ¿dónde reside el valor de lo verdadero?

Hace unos días escuché a mi compañero quejarse: “ya ni videos de animales puedo mirar”. Amante de los antiguos documentales de National Geographic, se lamentaba de haber perdido ese placer a manos de la IA. “Podría ver un video realista donde una rata se come un león, cualquier cosa es posible, qué gracia puede tener eso”, remató todavía con mayor disgusto. Reconozco que al principio no conseguí entender por qué no podía disfrutar de imágenes quizá verdaderas, quizá falsas. Fue solo ante la multiplicación de sus ejemplos en los que un mosquito achuraba un rinoceronte, un gato dominaba un elefante o un surfista hacía piruetas sin riesgo en olas de cien metros, que entendí.

La inmensidad del mar es admirable porque ofrece el infinito. Eso es lo que da gusto ver, lo inmenso en lo finito, lo posible en el borde de lo imposible, la invención tan perfecta que es verosímil. Es del borde de donde nace lo posible. Si no hay forma de saber quién miente y quién dice la verdad, todos mienten, todos los videos se vuelven falsos. Y nosotros, vulnerables. Cualquier cosa es posible y al mismo tiempo es mentira. Pierden sentido, no solo los videos de animales sino también las noticias.

En cambio, si podemos confiar en la regla de quien dice la verdad y quién miente, el juego renace. No importa quién, los roles siempre son intercambiables, importa que no todo vale. Por lo tanto, se puede perder. Y si eso pasa, vale la pena jugar, o intentar surfear la ola, justamente porque no es seguro que vayamos a lograrlo.

Natalia Zito

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