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clarin.com · hace 3 horas · Clarin.com - Home

¿Y si la polarización de opiniones no fuera el problema central?

¿Y si la polarización de opiniones no fuera el problema central?

Hace pocos meses viví algo que nunca imaginé. TED, la emblemática organización dedicada a difundir ideas transformadoras, eligió a TEDxRíodelaPlata para incluir a Buenos Aires como una de las nueve ciudades del mundo en su iniciativa global TEDx Global Idea Search.

A partir de ese proceso fui elegido para dar una charla en Vancouver, en el mismo escenario en el que hablaron algunos de los pensadores más influyentes del mundo, como Daniel Kahneman, Jane Goodall y Bill Gates. Más allá de lo extraordinario de esta experiencia, lo que realmente me interesa es compartir la idea que me llevó hasta ahí.

Partamos de una intuición común: si la mayoría de la gente no entiende bien de política, ¿por qué confiar en las decisiones democráticas? Parecerían estar condenadas al fracaso. Jorge Luis Borges lo decía claramente: “la democracia es una superstición”. Hoy esa intuición reaparece con otra forma. Frente a sociedades cada vez más divididas, solemos pensar que la democracia no tiene salvación. Más desacuerdo implica más división, y eso es malo. Suena razonable. Pero, al igual que la idea de Borges, esa intuición también podría estar equivocada.

A comienzos del siglo XX, el científico inglés Francis Galton quiso poner a prueba una idea similar. En una feria, pidió a cientos de personas que estimaran el peso de un buey. Cada respuesta estaba bastante alejada de la correcta. Pero al promediar todas, el resultado fue sorprendentemente exacto. Sin proponérselo, Galton descubrió lo que hoy llamamos la “sabiduría de las multitudes”: la posibilidad de que individuos equivocados formen grupos acertados.

Sin embargo, esa idea parece difícil de sostener en sociedades polarizadas. En lugar de una multitud, nos parecemos más a dos, cada una viviendo en su propia realidad. Sería lógico pensar que eso quiebre la inteligencia colectiva. Con esa intuición en mente, junto con Federico Barrera, realizamos un experimento. Pedimos a personas que estimaran cuántos caramelos había en un frasco, pero introdujimos un sesgo: a la mitad la llevamos a pensar que había “demasiados” y a la otra mitad que había “demasiado pocos”. Construimos así una multitud perfectamente polarizada.

Mi predicción era que la polarización iba a destruir la inteligencia colectiva. Pero me equivoqué. Al combinar ambas mitades, el promedio fue más preciso que el de grupos no polarizados. La diversidad de errores hacía que los mismos se cancelaran. Esto sugiere algo incómodo: tal vez la polarización no sea, en sí misma, el problema. Es más, en dosis moderadas, puede hacer que las personas se involucren más, que sus posiciones sean más claras y que surjan ideas que no existen en sociedades homogéneas.

Pero esto no quiere decir que las democracias polarizadas funcionen bien. Todo lo contrario. Lo que indica es que tiene que haber algo más. Y ese algo no es el desacuerdo. Es la violencia. El quiebre ocurre cuando dejamos de ver a quienes piensan distinto como adversarios y empezamos a verlos como enemigos. Cuando creemos que merecen ser pisoteados. Cuando el conflicto deja de canalizarse en instituciones y pasa a resolverse mediante la fuerza.

La historia argentina y su última dictadura mostró las consecuencias nefastas de la violencia extrema. Incluso Borges, que inicialmente desconfiaba de la democracia, cambió de posición tras ver sus efectos. “La democracia argentina me ha refutado espléndidamente”, escribió años después.

Quizás esa sea la distinción clave. La democracia no necesita menos desacuerdo. Necesita desacuerdo sin violencia.w

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