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clarin.com · hace 22 horas · Clarin.com - Home

Espionaje y acción psicológica, en la era de la Inteligencia Artificial

Espionaje y acción psicológica, en la era de la Inteligencia Artificial

Existe una dimensión que oscila entre la hostilidad manifiesta en el entorno tecnológico y una manipulación silenciosa y sofisticada de la información. Se mueve en una zona difusa -a veces legal y otras claramente ilícita- cada vez más presente en las relaciones internacionales, y especialmente en los ámbitos de enfrentamientos ideológicos. Su objetivo es debilitar y erosionar al adversario mediante ciberataques y operaciones de influencia política.

El fenómeno se intensifica cuando intervienen Estados que despliegan estrategias de desinformación, producción de contenidos sesgados, presión económica, apoyo a insurgencias y maniobras coercitivas. Ejemplos visibles son las acciones de China en el Mar Meridional o las conocidas operaciones de influencia impulsadas por la Federación de Rusia.

Este Estado en particular, posee una larga tradición en este terreno, con raíces que se remontan a su pasado soviético. En los últimos años, ha restringido severamente el acceso a Internet y a las redes sociales, bloqueando plataformas como X, Signal, Facebook e Instagram. Asimismo, penaliza la difusión de información considerada “falsa” sobre sus fuerzas armadas, sanciona a empresas tecnológicas, limita el uso de VPN para eludir la censura y ha desarrollado marcos normativos que le permitirían aislarse del internet global si lo considera necesario. Todo ello bajo el argumento de la seguridad nacional y el control del relato, especialmente tras la invasión a Ucrania.

La legislación rusa prevé incluso penas de prisión por difundir información que desacredite al ejército, y sanciona la búsqueda de contenidos catalogados como “extremistas”. A esto se suma la capacidad de implementar RUNET, su propia red nacional, como mecanismo de desconexión del sistema global ante eventuales interferencias externas, una posibilidad que podría materializarse en los próximos años.

La hiperconectividad, lejos de ser únicamente una herramienta de innovación, ha perfeccionado los mecanismos de vigilancia y control social. El registro compulsivo de dispositivos móviles se ha convertido en una fuente inagotable de datos para regímenes autoritarios.

En Venezuela, por ejemplo, se ha denunciado la instalación de antenas falsas en puntos estratégicos para interceptar comunicaciones y monitorear la lealtad ciudadana. A ello se suma la llamada “guerrilla comunicacional”, integrada por estructuras de propaganda digital articuladas con el discurso oficial, consolidada durante décadas por el chavismo.

En contextos de degradación de la democracia, la manipulación tecnológica se vuelve omnipresente, generando un deterioro en la calidad de la información, servicios de conectividad deficientes y una progresiva reducción del pluralismo de voces.

La tendencia actual apunta a la inversión en tecnologías capaces de entrenar modelos de inteligencia artificial orientados a la generación de imágenes, voces y contenidos sintéticos -incluidos deepfakes- que operan de manera continua. Surgen así influencers virtuales, narrativas automatizadas y campañas ideologizadas que simulan autenticidad. Estas herramientas construyen tendencias artificiales, amplifican visualizaciones y manipulan métricas en plataformas como TikTok o YouTube, especialmente en transmisiones en vivo, transformando lo ficticio en percepción de legitimidad social. La ingeniería social, potenciada por estos recursos, comienza a determinar qué vemos, qué pensamos y, en muchos casos, qué consumimos.

En este contexto emerge una nueva forma de “ciberguerra de guerrillas”. Informes de inteligencia de Estados Unidos señalan que numerosos ciberataques contra Ucrania han sido atribuidos al GRU (Glávnoye Razvédyvatelnoye Upravlenie), el servicio de inteligencia militar ruso.

Este organismo opera además mediante actores indirectos, como el grupo “Ghostwriter”, vinculado a acciones de espionaje sobre disidentes, periodistas y medios de comunicación. Se le atribuyen operaciones de manipulación informativa en países como Lituania, Letonia, Polonia y Alemania, incluyendo la sustitución de contenidos legítimos por información falsificada.

En paralelo, colectivos como “Cyberpartisans”, identificados como hacktivistas pro-democracia, buscan contrarrestar estas acciones en defensa de Ucrania.

Se configura así un nuevo escenario global en el que la reputación, la opinión pública y la calidad democrática se ven profundamente condicionadas por la manipulación informativa apoyada en tecnología avanzada. Europa aparece como un espacio central de experimentación, aunque estas dinámicas se expanden rápidamente a escala global, alcanzando sin demora a nuestra región.

Las operaciones de ciberinteligencia requieren inversiones relativamente bajas en comparación con su impacto. No reconocen fronteras y se integran de manera casi invisible en la dinámica vertiginosa de las redes sociales. En ese flujo constante de contenidos breves y fragmentados, el usuario difícilmente dispone del tiempo o las herramientas para verificar la veracidad de la información o la identidad de quien la emite, muchas veces perfiles falsos que habitan en el vasto ecosistema digital.

Gabriel Zurdo

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