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clarin.com · hace 22 horas · Clarin.com - Home

Dilemas urgentes de la guerra y de la paz

Dilemas urgentes de la guerra y de la paz

El historiador Arthur Schlesinger recuerda que el presidente John Kennedy decidió convocar en la Casa Blanca a líderes religiosos para explicarles los motivos por los cuales EE.UU. estaba empeñado en una carrera nuclear contra la URSS.

Con su reconocida elocuencia, Kennedy brindó un panorama acerca de las tensiones de la guerra fría y por qué era necesario e inevitable fabricar más armas y ganar más bases militares. El presidente debe de haber sido muy convincente, porque concluida la reunión algunos religiosos le manifestaron que, atendiendo a la información recibida, estaban dispuestos a atenuar sus críticas.

La respuesta de Kennedy los sorprendió. “No los he convocado para convencerlos de las bondades de mi política exterior. Mi responsabilidad me exige prepararnos para la guerra, pero estaríamos perdidos si no se levantan voces como las de ustedes para ponernos límites”.

Valga este episodio ocurrido hace más de sesenta años, para tener presente que en estos días un presidente norteamericano amenazó con extinguir a una civilización, la civilización persa. Por el momento se trata de palabras al viento, entre otras cosas porque para bien o para mal ya hemos aprendido a descreer de las desmesuras verbales de Trump, pero admitamos para nuestro fuero interior que no es nada tranquilizador que el presidente de la primera potencia del mundo se dedique a comportarse con la ética de un barra brava.

Se dice que Irán se preparó para lo peor y es probable que un leve, un levísimo estremecimiento de miedo, recorrió las fibras íntimas de los ayatolas más duros, porque si bien todos ellos hablan de la dulzura del martirio, a la hora de la verdad todos prefieren vivir a estar muertos.

A esos ayatolas, a esos fanáticos de la muerte de los otros, a los mismos que se jactan de sus operativos terroristas en el mundo y que ahora les tocó ver de cerca el espectro de su propia muerte, les recuerdo que desde hace ochenta años Israel es sacudido diariamente con bravatas parecidas, con la amenaza de un Holocausto II. “Judíos al mar”, es la alegre consigna, a la cual el fanatismo religioso y las miserias morales de la izquierda indigente se suman con vocación de jolgorio genocida.

Pregunto, atendiendo a la impiedad de consignas con las que pareciera que nos estamos acostumbrando a convivir: ¿No será hora de pensar de que es posible intentar vivir de otra manera? ¿Que la guerra es siempre un fracaso, un fracaso que destruye a uno y corrompe al otro?

Escritores como Celine, Marinetti, Junger, Malaparte, entre tantos, han escrito odas bizarras a favor de la guerra. “Queremos glorificar la guerra, única higiene en el mundo”, anunció Marinetti. Junger sugirió una estética de la guerra. Se ha escrito que “es preferible una vida corta llena de hazañas y gloria que una vida larga y vacía”.

No fueron los primeros y no serán los últimos, porque la guerra es una pasión malsana que nos acompaña como una tentación, un castigo, una maldición y una sórdida promesa de éxtasis. Puede que las guerras hayan sido pretextos inspiradores para fragmentos de buena literatura, pero lo seguro es que las guerras podrán ser justas o injustas, redentoras o trágicas, pero su tinta es la sangre y su lenguaje es la muerte.

¿Y acaso no habrá llegado la hora de hacerse cargo de lo obvio, es decir, que junto con la peste y el hambre, las guerras han sido y son los flagelos de la humanidad?

El dilema que se nos presenta parece no tener solución o desenlace: condenamos a las guerras pero al mismo tiempo las consideramos inevitables. ¿Qué hacer?

Supongo que ciertos dilemas de la humanidad no tiene respuesta concluyente, pero también me permito suponer que contra viento y marea, contra las preceptivas del sentido común o la lógica impiadosa del poder, es necesario, es importante, que la humanidad, y cada uno de nosotros, no olvidemos, no ignoremos aquellos principios sobre los cuales, a pesar de las tragedias que asolaron a la humanidad durante siglos, la condición humana pudo sostenerse.

No se me escapa que mis opiniones o, mejor dicho mis preocupaciones, van a contramano del realismo político, de la certeza que más allá de nuestras buenas intenciones, las guerras son inevitables. ¿O acaso alguien supone que a Hitler, por ejemplo, se lo podía contener con oraciones pacifistas?

Las guerras, en efecto, parecen inevitables como son inevitables los relatos que las justifican. Pueden ser, repito, justas, santas, revolucionarias, liberadoras, pero en todos los casos, en todas las circunstancias, el precio que reclama es la muerte. No hay guerra sin muerte, sin muertos y sin hombres decididos a matar.

Estas verdades las sabemos, pero hoy es más necesario que nunca proclamarlos. “Toda guerra es la solución cobarde a los problemas de la paz”, escribió Thomas Mann. Y el precio a pagar por sus palabras fue la quema de sus libros en las orgías piromaniacas del Tercer Reich. Un precio parecido al que pagó Erich Maria Remarque por “Sin novedad en el frente”, el libro que puso en evidencia la tragedia de una generación.

Pero tal vez haya sido el controvertido Larteguy el que mejor expresó esa sensación de desolación y asco que produce un campo de batalla después de que las armas callaron: “No he hecho más que defender bastiones que se derrumbaba, asistir impotente y asqueado a la caída de ciudades podridas. Llevo pegados a mi nariz esos olores de final de civilización, una mezcla de madera vieja quemada, de carroña y de mierda, que son para mí los olores de la guerra”.

Rogelio Alaniz

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