Un informe de la Universidad de San Andrés muestra que el trabajo remoto mejora el bienestar general, mientras que la presencialidad incrementa el cansancio. Sin embargo, la oficina pierde centralidad, pero no desaparece.
La presencialidad va recuperando terreno frente al trabajo remoto, según reportan las consultoras.
Si bien la oficina funcionó durante décadas como el núcleo indiscutido del trabajo profesional, la pandemia llegó y alteró ese esquema, abriendo un experimento global que puso en cuestión la relación entre presencialidad, productividad y bienestar. Actualmente, con muchas empresas impulsando un regreso más intensivo a la oficina, esta la discusión vuelve a escena.
"El trabajo remoto mejora de forma clara su bienestar general (promedio 4,29 sobre 5) y que la presencialidad incrementa el cansancio semanal (4,39 sobre 5), al tiempo que las modalidades híbridas se asocian con mejores hábitos saludables y menores niveles de burnout que el esquema 100% presencial", destaca un informe realizado en la Comunidad de Mujeres en Negocios de la Universidad de San Andrés.
El estudio, basado en una encuesta a 177 profesionales y entrevistas a ejecutivos, plantea que no se trata de elegir entre remoto o presencial, sino de repensar cómo se organiza el trabajo en entornos intensivos en conocimiento.
El informe cuestiona una de las ideas más extendidas en el mundo corporativo sobre que la productividad depende de la presencia física. En la muestra analizada, la afirmación “soy más productivo/a en remoto” alcanza 3,92 puntos, frente a apenas 2,31 en el caso del trabajo presencial.
Estos resultados no implican que todas las tareas se beneficien del trabajo remoto, ya que mientras que las actividades de concentración profunda se realizan mejor fuera de la oficina, los procesos de onboarding, negociación, mentoring o creatividad siguen encontrando valor en la presencialidad.
En ese sentido, la evidencia demuestra que la oficina deja de ser el espacio por defecto para todo el trabajo y pasa a convertirse en un recurso estratégico para instancias específicas de interacción.
Más allá de la discusión sobre eficiencia, el informe muestra que hay un efecto de la presencialidad sobre la desigualdad. Casi la mitad de las personas encuestadas considera que la modalidad de trabajo impacta de manera diferente según el género, y la mayoría coincide en que la presencialidad tiende a amplificar desigualdades vinculadas a tareas de cuidado.
En esa línea, la flexibilidad aparece como un factor clave, especialmente para mujeres y personas con responsabilidades familiares. No solo mejora el bienestar, sino que también funciona como un mecanismo que permite sostener la participación laboral sin sacrificar otras dimensiones de la vida cotidiana.
Sin embargo, el estudio advierte que incluso cuando existen políticas formales de flexibilidad, no todas las personas se sienten igualmente habilitadas a utilizarlas, lo que introduce nuevas formas de desigualdad dentro de las organizaciones.
Otro de los puntos centrales del informe es que muchas empresas utilizan la presencialidad como respuesta a problemas que en realidad son de gestión. La falta de objetivos claros, de mecanismos de coordinación o de confianza organizacional suele derivar en una mayor exigencia de presencia física como forma de control.
En este contexto, el trabajo híbrido no aparece como una solución intermedia sino como un desafío de diseño. La evidencia sugiere que la productividad depende más de la claridad en las tareas, la autonomía y la organización del trabajo que del lugar físico donde se realiza.
La principal conclusión del relevamiento es que no existe una solución única. El futuro del trabajo no será completamente remoto ni totalmente presencial, sino una combinación que dependerá del tipo de actividad, el perfil de los trabajadores y la estrategia de cada organización.
Para las empresas, esto implica dejar de discutir cuántos días se trabaja desde la oficina y empezar a definir cómo se diseña el trabajo en términos de eficiencia, costos y equidad.
En un escenario atravesado por cambios tecnológicos y nuevas demandas laborales, la discusión sobre la presencialidad aparece así como la puerta de entrada al debate de cómo producir más y mejor sin deteriorar las condiciones de trabajo ni perder competitividad.
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