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Cuando en julio asuma el nuevo gobierno, Perú habrá tenido nueve presidentes en los últimos diez años. Luego de las elecciones de ayer, el conteo rápido al 100% de Datum, indica que pasarán a la segunda vuelta Keiko Fujimori (una vez más) y Roberto López Aliaga (hasta hace poco alcalde de Lima), quedando muy cerca Jorge Nieto, seguido de Ricardo Belmont y Roberto Sánchez.
En un hecho inédito, como en algunas mesas de Lima no llegó el material electoral y por tanto no pudieron votar 52 mil electores, al día siguiente se realizará la votación en las 200 mesas pendientes.
De los resultados para el Congreso, el retorno a la bicameralidad será con un congreso ambidiestro. Aunque una mirada a los resultados presidenciales podría hacer pensar en una derechización del electorado, la izquierda -aunque fragmentada- mantiene su presencia, augurándose desde ya una dura convivencia. De hecho, Fujimori ha reiterado ayer: “El enemigo es la izquierda”.
La masificada postulación de 35 candidatos a la presidencia, evidencia no solo el predominio de los egocentrismos sino también la gran fragmentación política del país, junto con una profunda crisis de representatividad en un contexto de inestabilidad política crónica.
Asimismo, las variaciones en el segundo puesto literalmente de un día para otro, confirman que el electorado peruano es disperso y volátil; muchas veces “chonguero” y “chacotero” -como dicen los peruanos- capaz de poner hoy en la palestra a un cómico y mañana a un añoso conductor.
¿Cuál es la razón del triunfo parcial de Keiko Fujimori? Quizás su capacidad para haber articulado su oferta electoral posicionándose en la idea del orden y la mano firme; en un país con altos índices de delincuencia en las calles, que incluyen extorsiones, la seguridad es un clamor popular.
La candidatura del comunicador Ricardo Belmont, que había emergido en los últimos días convirtiéndose en el antifujimorista de última hora (como bien lo ha llamado Rafo León), caería en parte por su propuesta -muy al estilo AMLO- de “abrazos y no balazos”, absolutamente ingenua para una ciudadanía agobiada por la violencia.
Si Kast es de derecha y postuló tres veces hasta llegar a la presidencia en Chile, ¿podría esperar lo mismo Keiko Fujimori? La respuesta es no; el camino será más duro para la hija de Alberto Fujimori, por el fuerte antifujimorismo y una animadversión mucho mayor que la que pudo tener el actual presidente del país sureño.
Aunque Europa estuvo ayer más interesada en las elecciones en Hungría, es interesante la perspectiva con la que mira a esta parte del mundo. En el diario alemán “Sueddeutsche Zeitung”, Jan Heidtmann, advierte que el Perú es un país que se desmorona desde dentro.
El diagnóstico pareciera algo extremo, pero es una oportuna advertencia, teniendo en cuenta los altos grados de desafección política, la frustración democrática, las denuncias de corrupción y el decaimiento de algunos importantes indicadores sociales.
Como dicen Fukuyama, Dan y Magaloni, en la última década, las democracias latinoamericanas han experimentado un descenso importante en la confianza pública hacia el gobierno y el apoyo a la gobernabilidad democrática, producto principalmente de un desempeño deficiente y el ascenso de autocracias de alto rendimiento. En ese sentido, siguiendo a Cristina Monge, ganadora del II Premio Paidós de ensayo, en su libro Contra el descontento, es la hora de pasar la página del desánimo y acabar con la crisis actual de imaginación política.
Mas antes de trabajar en ello, lo primero que tienen que hacer Fujimori y López es tomar conciencia de sus bajos porcentajes de aceptación (16.8% y 12.9%, respectivamente), la necesidad de buscar alianzas y la urgencia de acercarse a las regiones del sur y del centro del país en donde ninguno pudo ganar.
De un tiempo acá la investidura presidencial ha perdido brío. Tanto que, ayer que fueron las elecciones generales, no solo no fue a votar el presidente, sino que nadie se percató de su ausencia. Palacio de Gobierno espera nuevo inquilino y el pueblo peruano decidirá el 7 de junio a quién le da las llaves.
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