El cese de hostilidades en Medio Oriente fue precario y efímero. Trump e Irán cantaron victoria. Quizás a destiempo. La Bolsa, también.
Estrecho de Ormuz: el arte de la negociación es la especialidad de Trump, no el de la guerra.
El presidente Donald Trump consiguió un imposible: un cese de hostilidades, precario y prendido de alfileres, pero palpable. El jueves fue el primer día que no hubo ataques iraníes contra Israel y los Emiratos Árabes desde que comenzó la guerra el 28 de febrero, confirmó Ian Bremmer de Eurasia Group, la principal consultora de riesgo político global del mundo. Y Trump lo celebró como una victoria. E Irán, también. Una ofensiva militar no habría podido conseguir un resultado mejor en un tiempo tan corto.
Como los alfileres son más baratos que los misiles, la tregua, a todas luces endeble, puede durar mucho más que lo acordado prima facie. Será a voluntad. Washington o Teherán pueden arruinarla en el momento en que así lo deseen. Hay un tercero en discordia, Israel en el Líbano, el único que no cantó victoria, que descargó toda su furia con el anuncio, pero que a la postre hará lo que Washington consienta.
Que se entienda: los misiles son caros, pero abundantes. EEUU acumula más tropas en la región. La diplomacia es lenta. La guerra es un mecanismo expeditivo y rápido. Si la impaciencia, o la insatisfacción, cunden, la artillería siempre está a mano. La paz es posible, sin embargo, porque ni siquiera la superioridad militar absoluta garantiza buenos resultados. Y sostenerla es onerosa y extenuante.
Trump consiguió un imposible, pero no dos. Ya puso en marcha el proceso de paz (Ormuz continúa bloqueado). No hizo falta la “completa demolición” de Irán. No hubo choque de civilizaciones el martes. El jueves el cese de fuego era notorio. Eso sí, también lo eran las violaciones a lo convenido (y las contradicciones en los borradores preliminares, a simple vista, imposibles de satisfacer). No importó. El sábado las fuerzas en pugna se sentaron a negociar en Islamabad. Que era lo que el presidente quería.
En Islamabad, el sábado, se discutió a lo largo de 21 horas. Irán llevó 70 funcionarios. EEUU, se estima que 300. Al cabo del encuentro, el vicepresidente JD Vance dijo que no se había logrado un acuerdo y que su delegación se retiraba de Pakistán. Eso fue lo que el presidente Trump quiso. Se sabe que el arte de la negociación no es solo su responsabilidad, sino también su especialidad. Y adquirió el oficio mucho antes de su incursión en política.
Que se entienda también: el mitin fue producto de la urgencia de Trump en salir de la trampa en la que se encerró, la conveniencia de Irán de que se aleje de la región y la posibilidad de sacar ventajas de su desesperación. Un primer portazo brusco es una manera de recalibrar el GPS. Los sábados los mercados están cerrados. Por eso son días particularmente aptos para propinar baldazos de agua fría. Así como los domingos a noche obligan a medir sus consecuencias con mayor esmero.
La guerra y la paz son iniciativas personales de Trump. El día 10 del conflicto, el 9 de marzo, Trump declaró la guerra “prácticamente terminada”. O sea, admitió la quimera de un cambio de régimen (y los costos de prolongar una victoria militar a lo Pirro). Ese mismo día, habló con Vladimir Putin y le dejó el recado de procurar una solución con Teherán. Craso error, los intereses no podían estar más desalineados. Rusia se enriquece con un escenario de guerra eterna y crisis mundial de energía. Y se beneficia de las tensiones que provoca en el seno de la OTAN y la menor asistencia disponible para Ucrania.
Hubo entonces que inventar a Pakistán como inesperado bróker de un entendimiento. Prosperó a instancias de los países de la región (gracias a la presión de Arabia Saudita y Turquía) y de los países que se abastecen en la región. China, señalan las fuentes, limó las últimas reticencias. Que las gestiones las realizara un país musulmán facilitó la aceptación del convite a negociar. Aunque la iniciativa y la urgencia llevasen el sello de Washington.
La niebla de la negociación reemplazó a la niebla de la guerra. Y ambas pueden ser igualmente espesas. La tregua es frágil, ya había advertido Vance desde Budapest, antes de viajar a Pakistán. Y aun así alumbró una paz incipiente que produjo alivio. ¿Qué vendrá trascartón? ¿Su quiebre o una segunda reunión? No hubo acuerdo con la propuesta que planteó EEUU. Tampoco un colapso formal de las negociaciones. Lo que cabe esperar es una segunda ronda de contactos. El cese de hostilidades está convenido hasta el 21 de abril. Y, en principio, sigue en pie. Aunque, como se dijo, cualquiera de las partes puede arrojar la paz al canasto de la basura.
El arte de la negociación es la especialidad del presidente. No el de la guerra. En esta ocasión, el artista debe resolver una retirada decorosa como broche de una estrategia militar agresiva que ya “cumplió todos sus objetivos” y aún así es un hierro caliente. El tiempo apremia. Tanto que ni siquiera pudo montar un collage de los materiales con los que debe trabajar. Irán elevó un decálogo que Trump consideró aceptable como punto de partida para iniciar las conversaciones. Entiéndase bien: no porque se vaya a afanar por cumplirlo. Lo que precisa es blindar una salida elegante. La Casa Blanca adosó una lista de otras quince exigencias que, a su vez, tácitamente, Irán – con su presencia en Pakistán - convalidó discutir. Satisfacerlas será otra historia. Las diferencias son enormes. Lo que los une es el espanto. Ese hilo es la punta del ovillo que los juntó en Islamabad.
Si la negociación solo fuera una ciencia, su viabilidad se rechazaría de antemano por el absurdo. Es obvio que Líbano no puede estar, a la vez, dentro y fuera del perímetro de la tregua. Ormuz es el estrecho de Schrodinger: físicamente abierto y “técnicamente” cerrado (minado sin un mapa de referencia). Como arte, en cambio, la negociación permite la ambigüedad y la imprecisión, y la prevalencia de la voluntad sobre las razones formales que se elija esgrimir. A falta de alternativa mejor, después de machacar millares de objetivos militares “con éxito”, se le concede su oportunidad.
La tregua es una iniciativa de Trump que Irán aceptó. El martes pasado se juzgó más viable que destruir una civilización. Supone un alivio para Teherán que no le requiere más compromiso que prometer la reapertura del estrecho de Ormuz. En el decálogo citado, se especifica su predisposición, previo pago de un peaje (a compartir con Omán), sujeto a reglas de seguridad que establecerá en un futuro. Irán ofrece usar esos ingresos para la reconstrucción y, a cambio, no exigir el pago de reparaciones de guerra.
Esto es ilegal, ha dicho el secretario de Estado, Marco Rubio. En efecto, viola la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (¡Naciones Unidas, y el sistema multilateral, habían servido para algo!). La libre navegación era la norma aceptada por todos, Irán inclusive, pero la guerra pateó el tablero. Trump fluctúa en sus opiniones. Insiste con que los iraníes abandonen su interferencia y las restricciones. Pero el jueves dijo que podía instrumentarse un “joint venture” para compartir el negocio. “Se puede hacer mucho dinero”, posteó. ¿Civilización o peaje? Hasta que el asunto se resuelva, Irán retiene el control sobre la navegación bajo las mismas condiciones que impuso motu proprio tras el inicio de las hostilidades.
El domingo, Trump respondió con un bloqueo naval al estrecho, ahora bajo doble candado. Agravar la crisis de energía lubricará los incentivos para la negociación. Y, en este caso, los de afuera no son de palo.
Trump e Irán cantaron victoria. Quizás a destiempo. La Bolsa, también. El mercado bull sobrevivió intacto. En Wall Street, las acciones corrigieron 10%, pero jamás perdieron la compostura. Y el cese de fuego encendió una recuperación vibrante. Los índices principales rebasaron de nuevo las medias de 50 y 200 ruedas gracias a la cobertura de las posiciones cortas. Nadie ignora que todavía habrá que soportar una crisis feroz de energía. Ni que los bancos centrales congelarán las bajas de tasas previstas en sus proyecciones de principio de año. Y que Australia no será él único que deberá elevarlas para contener el aumento de la inflación. Pero la fe no se perdió nunca. Y ahora, menos. Aunque los bancos estrenen la temporada de balances con el pie izquierdo, las proyecciones para el S&P 500 estiman un crecimiento interanual de las ganancias de dos dígitos: más de 13%. La Bolsa corrigió precios y valuaciones, ambos a la vez, y no vislumbra una recesión. Pero no está dicha la última palabra. Ni quizás lanzado el último misil. La saga continúa.
Director: Gabriel Morini - Propietario: Nefir S.A. - Domicilio: Olleros 3551, CABA - Copyright © 2019 Ambito.com - RNPI En trámite - Issn 1852 9232 - Registro DNDA en trámite - Todos los derechos reservados - Términos y condiciones de uso