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Es el crédito, estúpido

hace 12 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Es el crédito, estúpido

En 1992, James Carville colgó un cartel en la sede de campaña de Bill Clinton con tres palabras que cambiaron la historia política moderna: "It's the economy, stupid."

Treinta años después, Argentina necesita su propio cartel. Con una sola diferencia.

Cada vez que Argentina debate por qué su economía no despega, el guión se repite con fastidiosa puntualidad. Unos hablan del déficit. Otros, del tipo de cambio. Los de siempre, de la presión impositiva. Los optimistas de turno, de la inversión extranjera que viene. Y en el fondo de todos esos debates hay una variable que nadie menciona, que no sale en los titulares y que sin embargo explica más que cualquiera de las otras: el crédito al sector privado.

En 2024, el crédito bancario al sector privado en Argentina representa el 8,4% del Producto Bruto Interno. El promedio de América Latina es 55%. Chile llega al 110%. Brasil, al 72%. México, al 33%. Uruguay —Uruguay, con el que históricamente nos comparamos con condescendencia— ya triplica a la Argentina con el 29%. Incluso Paraguay, con su 53%, financia a sus empresas y familias seis veces más que nosotros en relación al tamaño de su economía.

No es una brecha. Es un abismo. Y ese abismo tiene consecuencias que van mucho más allá del sistema financiero.

Piénselo así. El crédito no es solo el préstamo hipotecario o el financiamiento empresarial. Es el lubricante que hace funcionar el ciclo completo de la economía moderna. Cuando una familia puede acceder a un crédito automotriz, compra un auto. Cuando el banco otorga hipotecas, las inmobiliarias construyen, las mueblerías venden, las aseguradoras emiten pólizas. Cuando las empresas tienen acceso a financiamiento de corto plazo, pueden invertir en sus marcas sin depender de la caja del mes. Cuando los bancos compiten por clientes, publicitan. Cuando hay crédito al consumo, los anunciantes saben que sus productos se van a poder comprar, e invierten en publicidad para capturar esa demanda. Sin crédito, todo ese círculo virtuoso se interrumpe.

¿Alguien se preguntó alguna vez por qué la torta publicitaria argentina no crece estructuralmente? La respuesta no está en la creatividad de las agencias ni en la estrategia de los medios. Está en el Banco Central.

No hace falta mirar a Chile para entender lo que el crédito hace con una economía. Alcanza con mirar nuestra propia historia reciente. En la década del noventa, el crédito al sector privado en Argentina llegó al 30% del PBI. Era el tercer mercado publicitario de América Latina —no en el ranking de un continente pobre, sino en competencia real con Brasil y México—. Las agencias argentinas ganaban premios internacionales. Los medios tenían avisos clasificados que se medían en kilos de papel. Las marcas de autos, de bancos, de telecomunicaciones, de consumo masivo, llenaban las tandas.

¿Qué pasó? La Convertibilidad creó las condiciones: peso estable, inflación en cero, precios planificables. Las privatizaciones generaron categorías enteras de nuevos anunciantes —Telefónica, Telecom, las distribuidoras de energía— que antes no existían porque eran estatales y no competían por clientes. El crédito hipotecario fue real. El crédito automotriz fue real. Y con crédito real, el consumo fue real, y con consumo real, la publicidad fue rentable.

Cuando el sistema colapsó en 2001 y el crédito se derrumbó de 30% a 12% del PBI en menos de dos años, la torta publicitaria se fue con él. No como consecuencia del humor de los anunciantes. Como consecuencia lógica e inevitable de que los consumidores ya no tenían con qué comprar lo que les vendían.

Lo que vino después fue peor que la crisis misma, porque fue gradual e imperceptible. Argentina no recuperó nunca su nivel de crédito de los noventa. Cada gobierno, de distinto signo y distinta retórica, encontró la manera de que el sistema bancario prestara al Estado en lugar de al sector privado. El resultado es la estadística que mencionamos al principio: 8,4% del PBI. El mínimo de los últimos sesenta años. Una destrucción de capacidad financiera sin precedentes en la región.

Para dimensionarlo: recuperar el promedio de los años noventa requeriría triplicar el crédito actual. Alcanzar el promedio regional de hoy implicaría multiplicarlo por seis. Y llegar al nivel de Chile —que no es un país exótico ni desarrollado en ningún sentido excepcional, sino una economía vecina con decisiones macroeconómicas más consistentes— significaría multiplicarlo por trece.

Esa distancia no se cierra en un trimestre. Ni en un año. Ni probablemente en una década. Es el daño que se acumula cuando durante veinticinco años el sistema financiero financia al sector público en lugar de al privado.

El problema es que Argentina habla de todo menos de ésto. Habla de competitividad, de exportaciones, de infraestructura, de educación. Todos temas importantes. Pero ninguno de ellos mueve la aguja del consumo interno, de la inversión privada en marca, de la dinámica cotidiana de una economía que funciona.

El crédito es el que permite que el médico compre el consultorio. El que hace que la pareja joven acceda a su primer departamento. El que financia la temporada de verano antes de que lleguen los ingresos. El que le da a la pyme la liquidez para llegar a fin de mes sin vender activos. Cuando ese crédito no existe o cuesta el 40% anual en términos reales, todo eso deja de pasar.

Y cuando todo eso deja de pasar, las empresas no publicitan. Porque para qué hacerle desear a alguien lo que no puede pagar.

Hay, sin embargo, una noticia que merece atención. El crédito al sector privado creció en 2024 un 52% en términos reales —el mayor incremento en más de treinta años. Los préstamos hipotecarios UVA se multiplicaron por cuatro. El blanqueo de capitales inyectó dólares al sistema. Los préstamos personales crecieron 130% en términos reales.

Son señales. No son suficientes todavía para hablar de normalización —seguimos en 8,4% del PIB, uno de los números más bajos del planeta—, pero son la dirección correcta.

Si esa tendencia se sostiene y el crédito converge hacia el 15% o 20% del PIB en los próximos años, el impacto sobre el consumo, sobre la inversión en marcas, sobre los medios y sobre la economía real va a ser mucho más significativo que cualquier rebote del PBI medido trimestralmente.

Entonces, volvamos al principio. En 1992, Carville le recordó a Clinton —y al mundo— cuál era la variable que realmente importaba. Argentina necesita su propio recordatorio. No para los candidatos en campaña, sino para los economistas, los empresarios, los editorialistas y los ciudadanos que debaten incansablemente sobre la realidad del país.

La pregunta no es si Argentina va a crecer este año o el próximo. La pregunta es si Argentina va a construir las condiciones para que el crédito al sector privado deje de ser una rareza estadística y se convierta en el músculo que mueve una economía real, y así recién ahí, Argentina pueda aspirar a una torta publicitaria estructuralmente más grande gracias a una expansión sostenida del crédito privado.

Todo lo demás —el consumo, la inversión, la publicidad, el empleo de calidad, la planificación de largo plazo— viene después. Pero solo después.

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