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Enseñar a habitar el mundo digital

hace 13 horas en infobae.com por Carina Cabo

En el mundo de hoy, el celular dejó de ser un objeto accesorio para convertirse en el dispositivo cultural más influyente de esta época. No solo organiza el tiempo libre, sino que modela vínculos, emociones, identidades y formas de habitar el mundo. Sin embargo, el debate público sigue atrapado en una falsa dicotomía: prohibir o permitir su uso a los adolescentes. Mientras tanto, la pregunta más relevante queda desplazada: ¿estamos formando jóvenes capaces de habitar críticamente la cultura digital o simplemente intentando controlar su conducta?

Diversas investigaciones en el campo de la neuropsicoeducación advierten que la exposición constante a estímulos digitales fragmenta la atención y dificulta la concentración profunda. Dichos trabajos demuestran que el cambio permanente de tarea reduce la eficiencia cognitiva y aumenta la fatiga mental. Y persiste un mito que atraviesa tanto a adolescentes como a adultos: la idea de que es posible hacer múltiples tareas al mismo tiempo sin consecuencias. Sin embargo, el multitasking o la multitarea digital implica cambios constantes de foco atencional que deterioran el rendimiento, aumentan los errores y reducen la comprensión y quienes lo hacen tienen mayores dificultades para concentrarse y filtrar información relevante. Pero, más allá del impacto cognitivo, lo que comienza a evidenciarse es una creciente dificultad para sostener la atención en una sola experiencia, y con ello, para pensar en profundidad.

Un fenómeno actual son las redes sociales y la construcción de identidades en entornos digitales atravesados por la lógica de la exposición.

Pero reducir el problema a una cuestión de rendimiento académico sería simplificarlo. Lo que está en juego es, sobre todo, lo emocional.Para muchos adolescentes, el celular no es solo entretenimiento, es refugio, compañía, una forma inmediata de aliviar el aburrimiento, la ansiedad o la soledad. En ese contexto, cada notificación funciona como una microdosis de validación y cada “like”, como un reconocimiento. La psicóloga Sherry Turkle advierte que vivimos “solos juntos”, hiperconectados, por un lado, pero con crecientes dificultades para sostener vínculos profundos, por otro. Los datos acompañan esta preocupación. En Argentina, según UNICEF, el suicidio es la segunda causa de muerte entre adolescentes de 10 a 19 años y los registros recientes muestran miles de intentos en los últimos años, con especial incidencia en jóvenes. En la provincia de Santa Fe, cifras recientes indican más de 400 muertes por suicidio en un año, un dato que no puede leerse de manera aislada, pero que evidencia un malestar subjetivo profundo que atraviesa a las juventudes.

En América Latina, la tendencia también preocupa. Aunque las tasas son más bajas que en otras regiones, vienen en aumento y afectan especialmente a los jóvenes. Y, si bien estos datos no permiten establecer relaciones causales lineales con el uso del celular, pero sí obligan a pensar en el contexto emocional en el que se inscribe su uso.

La comparación constante en una etapa donde la identidad está en construcción impacta directamente en la autoestima.

Especialistas advierten que el aumento del uso intensivo de redes coincide con un incremento en los problemas de salud mental en adolescentes, especialmente en lo que respecta a la ansiedad y la depresión.

En experiencias recientes con cientos de estudiantes, aparece una constante: cuando se les pregunta cómo se sienten después de pasar horas en redes sociales, emergen respuestas como ansiedad, cansancio, frustración y sensación de vacío.

Frente a este escenario, oscilamos entre la prohibición total del celular o su uso sin criterios claros. Ninguna de estas posiciones logra abordar el problema de fondo. La UNESCO ha señalado que la regulación del uso de dispositivos en las escuelas debe ir acompañada de propuestas pedagógicas que desarrollen habilidades socioemocionales y pensamiento crítico. No se trata solo de limitar el uso, sino de enseñar a usar.

El problema, en definitiva, no es la tecnología. Es la falta de herramientas para vivir en ella.

El desafío educativo no es menor. No se trata de formar adolescentes que usen menos el celular, sino de formar sujetos capaces de elegir cómo usarlo; que puedan distinguir entre impulso y decisión, entre necesidad y hábito, entre conexión y dependencia. Que no busquen únicamente validación externa, sino que construyan una mirada propia sobre sí mismos y el mundo.

El problema, en definitiva, no es la tecnología. Es la falta de herramientas para vivir en ella. Y allí, la educación tiene una oportunidad histórica de enseñar a habitar, con conciencia y sentido, la complejidad del mundo digital contemporáneo, que no implica desconectarse, sino construir la capacidad de elegir quiénes somos también cuando estamos conectados.

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