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Más Nino y menos Adorni

hace 18 horas en perfil.com por Eduardo Fidanza

Carlos Nino fue un eminente filósofo de derecho argentino que tuvo entre sus logros un destacadísimo rol en la elaboración del andamiaje jurídico sobre el que se realizaron los Juicios a las Juntas Militares en 1985, en un clima de amplio apoyo popular, pero con la amenaza de las Fuerzas Armadas, que no se habían dado aún por vencidas y se rebelarían contra de la democracia tiempo después. Según cuenta Pablo Gerchunoff en su biografía de Alfonsín, la historia empezó cuando Nino, doctorado en Oxford, y Jaime Malamud Goti, que regresaba de una visita académica a Friburgo, decidieron hacer un aporte intelectual a la democracia reciente. Solo Alfonsín, que apreciaba a los intelectuales, fue receptivo a la propuesta de estos dos jóvenes juristas. Ellos iban a delinear, junto con otros destacados estudiosos del derecho, los fundamentos de los tres niveles de responsabilidad con que se castigó y exculpó a los militares, mediante la Ley de Obediencia Debida: los que dieron las órdenes, los que las cumplieron cometiendo excesos y los que simplemente las acataron.

Este encuadre, que recibió críticas por parte del kirchnerismo, hechas desde el confort de la democracia consolidada, debe ser puesto en contexto: en aquel momento, la democracia todavía era débil y estaba dando, sin embargo, un paso trascendental que sería reconocido internacionalmente por su audacia y novedad. Alfonsín quería castigar a los máximos responsables y a los ejecutores de delitos aberrantes del terrorismo de Estado. Después, pensaba, lo que podía ser discutible, que los militares se integrarían a la cultura democrática. La determinación de los niveles de responsabilidad no fue una improvisación, sino el producto de una meditación intelectual fundamentada en la experiencia mundial de la aplicación de la justicia retroactiva. En ese marco, el caso argentino resultó excepcional y requirió pericia y valentía. Eso sí, el grupo de juristas en torno a Nino y Malamud tuvo que atravesar la tensión que Max Weber describe en sus célebres conferencias La ciencia como profesión y La política como profesión, debido a los distintos fines de estas esferas de acción. La ciencia busca la verdad; la política, el poder.

Junto a la anomia institucional transcurre la anomia social y política que incluye la corrupción

Más allá de ese episodio histórico, Nino será recordado por su libro Un país al margen de la ley, que ya es un clásico. Allí expone y fundamenta lo que considera un rasgo idiosincrático de la sociedad argentina: la baja propensión a cumplir la ley, tanto de las élites como de la base social, cuya consecuencia es la anomia. En el libro Juicio al mal absoluto, Nino contextualiza este concepto en una sección que titula Tendencias recurrentes en la historia argentina. Destaca cuatro: dualismo ideológico, corporativismo, anomia y concentración del poder. La primera es un clásico de nuestra historia: el dualismo ideológico se refiere al enfrentamiento nunca saldado entre liberalismo y conservadurismo. Nino observa que su resolución “es más difícil y tortuosa en la Argentina en comparación con otros lugares de Occidente” y ofrece las razones. El segundo rasgo es el corporativismo, que proviene de la tradición conservadora, adoptado tanto por las dictaduras militares como por las democracias populistas. Por su parte, la concentración de poder se expresa en el problemático hiperpresidencialismo, que ya estaba implícito en Alberdi.

Concentrémonos ahora en la anomia, para llegar a Adorni. Según Nino, la anomia se expresó a nivel institucional en los golpes de Estado, la justificación jurídica de estos y el fraude electoral. Son todas transgresiones a la Constitución, que Juan Manuel de Rosas llamaba despectivamente “ese cuadernito”, como rememora nuestro autor. Junto con la anomia institucional transcurre la anomia social y política: el soborno, la evasión impositiva, el contrabando, el mercado negro y las diversas formas que adquiere la corrupción de los funcionarios públicos. Son episodios de la desobediencia a la ley, ampliamente extendida en diversos estratos sociales, cuyo resultado es la baja productividad que daña el desarrollo social y productivo. Nino le adosa a anomia el adjetivo “boba”, para resaltar su carácter generalizado y nocivo. Según el diccionario, uno de los sinónimos de “bobo” es “necio”. Podría concluirse: la argentina es una sociedad necia –o de necios– que fracasa por su desapego histórico a la ley. El origen, afirma Nino, hay que buscarlo en una frase atribuida a los funcionarios coloniales: “Aquí la ley se acata, pero no se cumple”.

Una muestra del vínculo distorsionado de la sociedad con la ley surge de dos estudios de opinión sobre cultura constitucional realizados por Idea internacional y Poliarquia Consultores, que dirigimos con Antonio María Hernández y Daniel Zovatto. Entre otros, un hallazgo resultó sintomático: cuatro de cada diez argentinos afirmaron que no estaban dispuestos a cumplir la ley en situaciones determinadas si creían que tenían razón. Me acato a mí mismo antes que a la norma. Recuerda la frase prepotente del vocero: “Con mi dinero hago lo que quiero”. ¿Hacerse pagar un vuelo a Punta del Este por un proveedor del Estado? ¿Comprarse propiedades con oscuros créditos de jubiladas? Lo determinará la Justicia, si es que tiene la voluntad de juzgar a un funcionario que ocupa el poder. Muchos tribunales también son una expresión de la anomia de Nino.

Adorni concluye sus mensajes con la palabra fin. Ese término suena a burla a la democracia: el fin del debate

La Argentina necesita más Nino y menos Adorni. Qué opaco luce el jefe de Gabinete ante la brillantez del jurista. Paradójicamente, es frívolo hasta por los delitos sospechados, de los que dejó huellas de amateur: comprarse propiedades, tomarse vacaciones lujosas y viajar en jets privados sin poder justificarlo con los ingresos declarados. Podría aplicársele la sorna con que trata a los periodistas: hasta para robar hay que ser profesional. Aunque corresponde hacerle justicia: son una minucia las fechorías que se presumen, comparadas con los grandes desfalcos que sufrió la administración pública en su historia. Sin embargo, eso no impide que el segundo funcionario del escalafón ejecutivo constituya un caso típico de la anomia de Nino. Más aún si forma parte de un gobierno que ha elevado la moral a política de Estado.

Pero eso no es todo. Adorni concluye sus mensajes con la palabra “fin”. Ese término suena a burla a la democracia. “Fin”, además de petulante, significa la clausura del debate y la conversación, que son los pilares del sistema. Uno de los antónimos de fin es apertura. Apertura significa la capacidad de escuchar los argumentos ajenos. El mutis del vocero expresa el monólogo por antonomasia, la cerrazón del dogmático, la condena del otro al silencio.

Manuel Adorni expone la banalidad de los que naturalizan la democracia, asumiéndola como un bien propio. Hago de mi plata lo que quiero, dispongo de la ley y la democracia como se me antoja. En los tiempos de Nino había que conquistar el pluralismo, la libertad, los derechos humanos. En esta época basta con poner “fin” en las redes para parecer importante, aunque el que lo hace sea un personaje menor y olvidable.

12_04_2026_maestra_cedoc_g