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Los Siete Magníficos, las súper-estrellas y por qué con la IA los ganadores se están llevando todo

hace 18 horas en lanacion.com.ar por Sebastián Campanario

En 1981, Sherwin Rosen era un economista de la Universidad de Chicago relativamente poco conocido afuera cuando publicó un artículo en el American Economic Review que, en ese momento, parecía una rareza académica sobre tenistas profesionales y tenores de ópera. En el arranque del trabajo, Rosen se hacía preguntas como estas: ¿por qué Plácido Domingo gana cien veces más que un barítono razonablemente bueno, aunque la diferencia de talento entre ambos sea marginal (o por lo menos no cien veces mayor)? ¿Por qué John McEnroe se llevaba casi todos los premios monetarios del tenis profesional mientras el número diez del ranking (en aquel momento) luchaba para cubrir gastos?

La respuesta de Rosen, que tituló su ensayo “La economía de las súper-estrellas”, tenía dos partes. La primera era lo que se denominó un fenómeno de consumo “conjunto”: en los mercados donde el mismo producto puede ser consumido simultáneamente por millones de personas sin que el costo marginal aumente de forma significativa —una grabación, una transmisión televisiva, una actuación en vivo con un estadio lleno— los mejores productores pueden abastecer todo el mercado ellos solos. La segunda pieza era la sustitución imperfecta: los consumidores no aceptan de buen grado a un cantante “casi tan bueno” como Domingo al mismo precio reducido. Si van a pagar una entrada, quieren al mejor. La combinación de ambos factores produce mercados donde unos pocos se llevan casi todo y el resto compite por las migajas.

En 1981, ese mecanismo operaba sobre todo en el mundo del espectáculo. Lo que Rosen no sabía —o intuyó sin poder demostrarlo— es que 45 años después, su modelo iba a servir para describir la arquitectura completa de los mercados globales de manera bastante fidedigna.

Adelantamos la película a la actualidad: el tercio más rentable de las acciones del S&P 500 representa hoy dos tercios de la capitalización total del índice, el nivel más alto desde 1963 y más extremo incluso que el registrado en 1932, según datos que circularon esta semana en los principales reportes de Wall Street. Los responsables principales tienen nombre y apellido —o al menos, ticker— y se conocen como “Los Siete Magníficos” (en alusión a un western clásico homónimo): Nvidia, Apple, Microsoft, Meta, Alphabet, Amazon y Tesla. En 2016, estas siete empresas sumaban el 12,5% del S&P 500. Hoy representan el 33,3%. La pregunta que abre este dato es la misma que se hizo Rosen para los tenistas: ¿la diferencia de “talento” entre estas firmas y sus competidoras es suficiente para justificar semejante concentración? ¿O hay otra dinámica en juego?

Una segunda pieza teórica confluyente a esta idea llegó de la mano de Brian Arthur, el economista del Instituto Santa Fe, que citamos bastante en las columnas más nerds de Alter Eco. En los noventa desarrolló la teoría de los “retornos crecientes”. Su argumento: a diferencia de las industrias físicas, donde más producción eventualmente genera costos más altos y el mercado se estabiliza, las industrias digitales e intensivas en tecnología tienden de manera natural hacia monopolios y oligopolios. No por prácticas anticompetitivas, sino por la dinámica propia de cómo escalan: una vez que se cuenta con la infraestructura adecuada, agregar un usuario más es casi gratis. Los que llegan primero o con mejores productos acumulan ventaja sobre ventaja hasta que resulta casi imposible desafiarlos.

Eso explica buena parte de la trayectoria de los Siete Magníficos. Pero hay un tercer hallazgo, más reciente, a nivel teórico. En 2017, los economistas Jan De Loecker y Jan Eeckhout publicaron un paper que llamó la atención de sus colegas: calcularon que los márgenes de las empresas estadounidenses pasaron de un 21% sobre costos en 1980 a un 67% en 2014. Las firmas con mayores márgenes eran exactamente las que más crecían en participación de mercado. El capitalismo de superestrellas no solo concentra el mercado: infla los márgenes de los líderes mientras los comprime para el resto.

A nivel del mercado laboral, buceó en estas aguas David Autor, el economista del MIT que más sistemáticamente estudió el impacto del cambio tecnológico en el trabajo. Hay pistas en un paper de 2020 en el Quarterly Journal of Economics co-escrito con colegas de Harvard, Chicago Booth y la London School of Economics: "The Fall of the Labor Share and the Rise of Superstar Firms“. Analizando seis sectores con datos del censo de EE.UU., encontraron que a medida que las firmas más productivas ganan participación de mercado, la proporción del ingreso que va al trabajo cae en el agregado. Un dato del ensayo es que las superestrellas corporativas no explotan a sus empleados —de hecho pagan salarios muy por encima del resto del mercado—, pero como su modelo es mucho más intensivo en capital y tecnología que en trabajo humano, su crecimiento no arrastra el empleo al mismo ritmo. La tasa de ganancias por empleado de estas firmas no tiene precedentes en la historia de la economía industrial. Con los actuales “ganadores” de la IA Generativa esto es muchísimo más extremo aún.

Hasta aquí, el análisis de la oferta. Pero hay una dimensión del fenómeno que apunta al lado de la demanda y que tiene un parentesco directo con un mecanismo explorado en esta columna tiempo atrás, cuando Doug Shapiro —ex ejecutivo de medios y analista de BCG— explicaba por qué en un mundo con contenidos casi infinitos siguen existiendo mega-hits: Top Gun, Bad Bunny, El Juego del Calamar.

La respuesta de Shapiro era la complejidad: en sistemas de red con “rulos de feedback”, las distribuciones no son normales sino que siguen lo que en estadística se conoce como “leyes de potencia”. Los cisnes negros —en este caso, grandes hits imprevisibles— son más frecuentes de lo que cualquier modelo convencional predice. Y cuanto mayor es el costo de oportunidad de explorar alternativas, más extrema es esa ley.

La misma lógica opera en el mercado de capitales. En un mundo con miles de acciones disponibles, los inversores institucionales y los fondos indexados tienen un costo de oportunidad enorme de analizar todo el universo posible. Toman las elecciones colectivas —el peso de cada empresa en el índice— como señal de calidad. Las cascadas reputacionales se disparan: las firmas que suben en capitalización atraen más capital, lo que las hace subir más, lo que atrae más capital. Es el mismo mecanismo que convierte a una serie en fenómeno global en cuatro semanas. Lo que Nassim Taleb llamaría “Extremistán” —donde los eventos extremos son la norma, no la excepción— no es solo en el campo de los hits culturales sino también, y cada vez más, en el mercado de acciones.

Una investigación reciente de una firma de análisis de Wall Street lo cuantifica de manera elocuente: en 2016, cinco acciones eran responsables del 10% del crecimiento de riqueza del S&P 500. En 2019 eran cuatro. Hoy son tres. La compresión no para. Los “hits corporativos” se vuelven más raros y más grandes al mismo tiempo.

En octubre de 2024, el equipo de estrategia de Goldman Sachs publicó un análisis profundo sobre este tema: a mayor concentración, mayor volatilidad esperada y menores retornos de largo plazo para el índice general. Los diez mayores componentes del S&P cotizan a una relación precio-ganancias de 31 veces, contra 19 veces del resto de las 490 empresas. El banco proyectó retornos anuales de apenas 3% real para el S&P 500 durante la próxima década, contra el 13% anualizado de los últimos diez años. La razón es la ley de los grandes números aplicada a la bolsa: es exponencialmente más difícil que un gigante duplique su tamaño desde los 3 billones (millones de millones) de dólares que desde los 30.000 millones.

Los propios Siete Magníficos empezaron a mostrar grietas internas en 2025: solo dos —Nvidia (38,9%) y Alphabet (65,4%)— superaron al índice general. Amazon avanzó apenas 6%. Hay ganadores incluso dentro de los ganadores.

Rosen no lo sabía cuando escribió su paper sobre tenores y tenistas, pero estaba describiendo la mecánica profunda del capitalismo del siglo XXI: un sistema donde la tecnología amplifica las ventajas de los mejores hasta hacerlas casi inalcanzables, donde la demanda sigue leyes de potencia en lugar de distribuciones normales, y donde la concentración no es una anomalía del mercado sino su estado natural de llegada. La física del capital, como la del contenido infinito, tiene su propio Ojo de Saurón (así titulamos el Alter Eco sobre los mega hits con Shapiro de fuente): una atención colectiva que, por más opciones que existan, siempre termina posándose en el mismo conjunto pequeño de nombres. Al final del día, la complejidad sigue siendo el mejor prisma para entender la realidad que nos rodea, por lejos, y cada vez con mayor eficiencia y claridad.

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