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Suena la música de la serie Succession en la apertura del programa. Un plano panorámico muestra un living prácticamente en la penumbra hasta que Antonio Aracre, ex asesor de Alberto Fernández, mirando a la cámara equivocada, saluda: “Buenas noches, queridos argentinos”. Lo que sigue a la bienvenida es una conversación grabada con Javier Milei, en su despacho de la Casa Rosada, de una hora y veinte minutos cuyo pico fue de 0,2 puntos de rating.
El Presidente no traccionó audiencia en vivo a la pantalla de la TV Pública el miércoles a la noche, a pesar de siempre haber sido una figura taquillera en los medios. Dos días después, la entrevista en el canal oficial de Youtube contaba con poco más de 23 mil visualizaciones. Por supuesto, se viralizaron un par de cortes en las redes, en los que apuntaba a la prensa ("el 95% de los periodistas son delincuentes") y defendía a funcionarios que sacaron préstamos hipotecarios en el Banco Nación ("¿haber tomado ese crédito mató gente?").
Los pocos que vieron la charla completa habrán notado que en medio de ráfagas de críticas a los enemigos de siempre y reivindicaciones de su gestión, apareció un ensayo de empatía. “Hay que entender por qué la gente se siente mal”, deslizó. Es un giro sensato en su discurso de los últimos meses, más centrado en celebrar cifras de crecimiento y consumo, para indicar que toma nota de la caída de la actividad y la recaudación. También anticipó que es probable que vuelva a subir la pobreza, anclado en la magra performance de este primer trimestre del año. Los últimos datos difundidos, que marcan el nivel más bajo desde 2018, corresponden al segundo semestre de 2025.
El Presidente reforzó esta idea de cercanía con un mensaje en X este jueves. Pidió “paciencia” y reconoció que “los procesos de mejora no avanzan a la misma velocidad para todos”. Milei no modifica su estilo confrontativo, eso forma parte de su esencia, sino que adapta sus palabras a la coyuntura y el malestar que marcan las encuestas. Replica un formato similar al que usó en la campaña de octubre pasado, tras haber perdido en la provincia de Buenos Aires, cuyo concepto clave era “no aflojemos, estamos a mitad de camino”.
La otra dimensión del asunto es el plan económico en sí. El nodo del modelo es el equilibrio fiscal que hoy se sostiene pisando partidas en diversas prestaciones, como PAMI, discapacidad, obras sociales, subsidios al transporte, entre otras. La inflación, después de un descenso abrupto, no está cediendo y en la Ciudad de Buenos Aires se aceleró a 3% en marzo. El bolsillo continúa sufriendo y eso se percibe en la producción (cayó 8,7% la industria, en febrero) y en el consumo.
La receta de Milei implica ganadores y perdedores, lo que no está claro es cómo queda parado el grueso de la sociedad en relación a los ingresos y el empleo en la transición hacia la tierra prometida.
Los gobiernos suelen echarle la culpa más a la comunicación que a su gestión cuando las cosas no salen bien, aunque en este caso es cierto que el oficialismo atraviesa una seria crisis al respecto. El principal vocero –sin contar al Presidente– quedó dañado para desempeñar ese papel y los hermanos no quieren a nadie que lo suplante. De hecho, prefieren que se hable poco. Manuel Adorni es noticia minuto a minuto por la velocidad que lleva la investigación por enriquecimiento ilícito y porque, además, surgen personajes en la trama –como la escribana– que tornan pintoresca la novela.
La mayoría de los funcionarios se transformó en una mala imitación de Milei. No se compone una melodía tocando la misma nota. Una anécdota: el Presidente vio la entrevista que dio Luis Caputo a Luis Majul desde Olivos, acompañado por parte del equipo económico. Cuando el ministro de la nada se refirió a Maquiavelo, el Presidente pegó un salto: “¡Hubiera respondido lo mismo!”. Está claro que Caputo recita el libreto y repite los modos de su jefe lo que deriva en una uniformidad sin matices que poco agrega.
El clima en la Casa Rosada es espeso. La interna está peor que nunca, ya no hay retorno en la relación entre el ala de Karina Milei y Santiago Caputo. Si el esquema sigue así, entonces significa que el Presidente ha decidido convivir con una anomalía. La desconfianza va derramando en las diversas áreas. Estos días hubo resquemor por las versiones que daban cuenta de una reactivación de la negociación por las vacantes de la Corte. Es un asunto especialmente espinoso porque el primer intento resultó negativo.
Milei decidió no avanzar, a instancias del consejo de la nueva conducción del Ministerio de Justicia, encabezado por la dupla de Juan Mahiques y Santiago Viola. La sola mención de posibles candidatos y reuniones elevaron el nivel de alerta sobre una virtual intervención de los anteriores gestores de la tarea. Tanto Caputo como su ladero, Sebastián Amerio, negaron participar de esos diálogos. Por eso, llamó la atención la visita del juez Mariano Borinsky, uno de los postulantes que circula extraoficialmente para el Máximo Tribunal, este viernes en la oficina del asesor. Según fuentes al tanto del encuentro, sólo se limitaron a repasar cuestiones del Código Penal –pronto a enviarse al Congreso y en el que trabajó el magistrado– y del funcionamiento del sistema acusatorio. Habrá que ver cómo lo leen desde el ala de Karina. En otro sector del primer piso, la secretaria general estaba, un rato más tarde, con Viola repasando asuntos varios. Difícil imaginar el disgusto cuando se enteró de lo que pasaba en el salón Martín Fierro.
En el medio, está la propia pulseada entre los cortesanos y la ambición de Ricardo Lorenzetti, conocedor del juego político, de volver a presidir el cuerpo que supo liderar durante más de una década. La Justicia hoy por hoy es un terreno resbaladizo para Milei.
La agenda legislativa se pone en marcha de a poco. El proyecto oficial de reforma electoral lo redactan los Menem en consulta con el bloque de diputados y se trazó como máxima necesidad la eliminación de las primarias. La iniciativa se confecciona a medida que sondean los votos. No contemplan, por caso, ideas más extremas como adoptar el sistema de uninominalidad en la selección de legisladores, inspirado en Estados Unidos, promovido por el asesor presidencial. Pero, como siempre, la milla final de un texto es la Secretaría Legal y Técnica, bajo la influencia de Caputo, trayecto en el que a veces logra introducir modificaciones.
Como casi todos los presidentes, Milei se siente reconfortado cuando viaja al exterior, y transita escenarios que no lo amenazan. Confirmó que el viaja a Israel del 19 al 22 de abril por el Día de la Independencia. No es un momento dorado para los amigos del club de la derecha.
Donald Trump buscó una salida precipitada de la guerra en Medio Oriente porque la prolongación del conflicto y el costo económico podían impactar negativamente de cara a las elecciones de medio término de noviembre. Entró a un frente complicado aún contra el consejo de sus asesores, y no cumplió con los propósitos trazados, pero aún así autoproclama una victoria ante Irán.
Milei sigue en gran medida el manual de Trump. Con cualquier desenlace se muestra ganador y finge que sus amenazas funcionan. La reiteración del truco lo vuelve ineficaz. “No hay cortina de humo, señuelo, falsa sinceridad ni ninguna otra táctica de distracción que logre ocultar sus intenciones si usted ya tiene fama de estafador”, sostiene el best seller Robert Greene, en su obra más conocida, “Las 48 leyes del poder”.
Georgia Meloni viene de perder un referéndum para una reforma judicial por 8 puntos y negó elecciones anticipadas por el ruido que provocó la derrota. Viktor Orban se va con riesgo por primera vez a las urnas este domingo en Hungría, después de 16 años de hegemonía total. Aliado de Trump y de Putin, es un estandarte conservador contra el globalismo, que no duda en restringir libertades.
El Presidente comparte con estos líderes el enfrentamiento constante con los medios de comunicación. Después de una investigación sobre filtraciones de presunto financiamiento ruso a periodistas, el Gobierno decidió quitar las acreditaciones de un grupo de colegas que cubren cotidianamente lo que ocurre en la sede de Balcarce 50, en un claro gesto de arbitrariedad. En el discurso y en los hechos, la batalla contra el periodismo actúa como una cuestión actitudinal: no les da rédito, pero es la manera de mostrarse como un perro de caza, en posición de ataque.
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