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Llegamos al Palacio San José por azar, como suelen empezar las historias que después se quedan a vivir en la memoria. Íbamos en auto rumbo al Parque Nacional El Palmar. Mi hijo miraba el mapa en el celular y, casi sin levantar la vista, dijo: “Está cerca, podríamos pasar primero por ahí”.
Después de varios kilómetros por rutas tranquilas del este entrerriano, apareció de golpe, en medio del monte, el palacio de Justo José de Urquiza.
El caudillo empezó a construirlo en 1848, cuando esa zona todavía era casi frontera. Arquitectos italianos, patios amplios, jardines de rosas amarillas, rojas y blancas, una capilla con cúpula pintada por Juan Manuel Blanes, un lago artificial, treinta y ocho habitaciones. Entre esas paredes, en 1853, se redactó la primera Constitución Nacional.
Hoy el lugar es museo. Todo parece suspendido en el tiempo, envuelto en un tenue perfume a rosas.
Una de las habitaciones conserva la cama donde durmió Domingo Faustino Sarmiento durante su visita como presidente. Lo recibieron miles de soldados federales que, años antes, habían jurado la muerte a “los salvajes unitarios”.
La habitación permanece intacta. Incluso está la canilla que hizo instalar Urquiza para impresionar a su huésped: quería demostrarle que en ese rincón del interior no habitaba ningún bárbaro. El sistema de cañerías era tan moderno que ni siquiera existía todavía en Buenos Aires.
Hubo banquete, puchero criollo y vajilla especial, que hoy también se exhibe en el palacio. Cuentan que, después de recorrer el lugar, Sarmiento dijo una frase que aún resuena en la historia: “Ahora sí me siento presidente de todos los argentinos”. Porque en algún punto, entre los dos políticos, apareció algo que hoy suena casi extraño: la posibilidad de un acuerdo entre adversarios.
Pero lo que siempre recordamos con mi hijo, además de aquel delicioso aroma a rosas, es una puerta en la amplia galería. Una puerta simple que da al dormitorio principal. Sobre la madera, protegidas por un vidrio, hay manchas oscuras. El guía nos dice que son manchas de sangre.
Un 11 de abril como hoy, pero de 1870, Urquiza fue asesinado en su propio palacio, delante de su familia. Los atacantes eran hombres de su mismo mundo político: seguidores que lo acusaban de traidor.
Y quizás por eso, entre tantas habitaciones, objetos y relatos, es esa puerta la que vuelve cada vez que recordamos aquel viaje.
Porque la historia conserva palacios, jardines y documentos. Pero a veces alcanza con una mancha para contar todo lo demás.
Como un recordatorio incómodo de lo que ocurre cuando la política deja de ser, aún en la diferencia, una forma de convivir.
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