Comencemos por algunas preguntas: ¿cuánto y en qué se parecen entre sí los integrantes de tribunales si los comparamos con el conjunto de la sociedad? ¿Qué tienen en común que los diferencia de aquellas personas que no forman parte de la administración de justicia? Una reacción pesimista frente a estos interrogantes nos podría llevar a enfatizar en la endogamia, el corporativismo y más en general en la tristemente ilustre familia judicial. Pero no es el único diagnóstico posible: también hay compromisos admirables en ciertos miembros del Poder Judicial que, entre otras cuestiones, buscan mitigar las dificultades jurídicas que le surgen a las personas que necesitan soluciones concretas para sus realidades apremiantes. En otras palabras, no hay respuestas maniqueas para analizar la estructura y el funcionamiento de este ámbito tan complejo, fundamentalmente porque las respuestas dependerán no siempre de los datos objetivos, sino de las experiencias personales o los presupuestos ideológicos que se tengan al respecto.
Pero retrocedamos un poco. Según el sociólogo Pierre Bourdieu, la familia “es una ficción, una ilusión en el sentido más corriente del término, pero una ‘ilusión bien fundada’, porque, al ser producida y reproducida con la garantía del Estado, recibe del Estado los medios para existir y subsistir”. Lo interesante para el caso de Carlos Alberto, Juan Bautista e Ignacio Mahiques, es que debemos postular, al menos, la existencia de dos ilusiones bien fundadas: la familia judicial que ya mencionamos y la familia de los judiciales.
En los últimos años, los tres Mahiques han convivido simultáneamente en ambos espacios: por un lado, al interior de la familia judicial propia del universo de tribunales, y por el otro, en las sobremesas del reino de lo doméstico en tanto familia de judiciales. Desde luego que no son los únicos integrantes de la administración de justicia que lo han hecho, sin embargo, a raíz del desembarco de Juan Bautista Mahiques en el Ministerio de Justicia de la Nación todo esto queda reconfigurado por lo que debemos sumar otra dimensión a la de los tribunales y las sobremesas: la arena política del Poder Ejecutivo.
Se suele decir que son las instituciones las que impiden que una sociedad se disuelva, en la medida que evitemos que se desintegren dichas instituciones. Tanto el universo de tribunales como la arena política son ejemplo de instituciones que parecen estar yendo en esa dirección declinante, no tanto por la agonía de los valores que ambas deberían preservar –equidad y bien común, entre otros–, sino porque esos valores dejan de ser identificados con ellas. De hecho, hoy resulta engorroso precisar qué tipo de fundamentos utilizan los tribunales y la política para lograr fortalecer su legitimidad de cara a la comunidad.
Es cierto que este fenómeno de declive no comenzó con los Mahiques. También es cierto que no resulta sencillo identificar cuándo las instituciones sociales comienzan a desintegrarse, sin embargo, suelen existir episodios fatídicos que vuelven esa desintegración más evidente. Las dos familias del judicial Juan Bautista Mahiques, el modo en el que ingresó a la arena política y los criterios a partir de los cuales se designan magistrados tal vez sean algunos de esos episodios.