Vista a través de los medios tecnológicos, la realidad se ha vuelto un relato sin forma, una bola sin manija un Aleph de acontecimientos que pueden ser trágicos o banales, insignificantes o fundamentales, pero de cuyos desarrollos solo tenemos una percepción limitada: el fragmento. Es claro que nuestra memoria obra por selección, elige zonas relevantes en la pantalla continua de nuestra vida. En cambio, el funcionamiento de redes y medios opera con un selector ajeno, la edición, que apunta a producir un plus de sentido semejante. La vida editada, las entrevistas editadas, el libro contado por booktubers. Etcétera. Claro que a la vez sería imposible que la plétora de lo noticioso convertido en máscara y representación de lo real obrara de otra manera. El periodismo era o fue un gran selector de las lógicas colectivas de la curiosidad y el deseo, con su mecanismo de producción, intensificación y desaparición de cada urgencia temática, lo que se llama o se llamaba “la agenda”. Es claro que entre la pervivencia de la noticia y el interés del lector, espectador u oyente, puede existir una relación asimétrica. Lo hay, por tomar un solo ejemplo, entre las carradas de información que día a día aportan nuevas informaciones de testigos, escribanos, jubilados, futbolistas, diputados, administradores de countries y departamentos acerca del modo en que, por avidez aceleracionista e ignorancia operativa, un alto funcionario rompe el boludómetro a la hora de incrementar su fortuna, buscando noblemente asegurar el futuro de hijos, nietos y bisnietos a la vez que, de carne somos, mejorar su apariencia, la calidad de sus prendas, medios de transporte y disfrutes vacacionales, a la vez que se desloma encontrando recursos para silenciar eventuales amigas y contentar a la legítima para que todo no se le vaya al carajo.
Todo ese denodado esfuerzo, esa sacrificada faena para saciar al ego en su voluntad de ascenso a un Himalaya inexistente que resulta la preocupación primera y principal de buena parte de la planta superior del Estado a la hora de esquilmar bienes públicos, termina siempre por chocarse contra la revelación noticiosa, y de ese choque no se obtiene ninguna lección moral ni estética, no hay evidencia de simetría. El afectado sueña con el olvido sin advertir que son sus propias víctimas las que se cansaron mucho antes de la revelación de sus tropelías. El consumidor busca noticias frescas como un caníbal, su diaria libra de carne, mientras el objeto de la noticia sueña con que el mundo entero desaparezca, así puede ocultarse entre las ruinas.