Hubo un cambio de tono. Sutil, casi imperceptible en el fragor de la pelea con el periodismo, los insultos y la concatenación de tuits y retuits, pero evidente para quienes conocen al Presidente. Milei volvió esta semana a ratificar su programa económico, pero admitió que los últimos meses habían sido “duros” y pidió paciencia a la sociedad.
Un viraje significativo. Viene de un primer trimestre que debió haber sido celebratorio con la aprobación de leyes fundamentales que parecían imposibles para cualquier gobierno no peronista, pero en el que tuvo que lidiar con una combinación tóxica: recalentamiento de los precios, contexto global desfavorable, caída en los salarios y en la recaudación y, para peor, el caso Adorni. Dicen los libertarios que, a diferencia de Karina Milei, a quien ven siempre inalterable, el Presidente está últimamente más intenso que otras veces.
Nada que deba sorprender. Los escándalos de Adorni le restaron al Gobierno un fusible discursivo natural. Hasta tanto el jefe de Gabinete no pueda aportar mayor claridad a la compra de sus propiedades o el pago de sus viajes, le resultará difícil retomar la conversación pública: será la primera pregunta con que se encuentre en cualquier intervención. Y ese inconveniente se traslada al Gobierno entero. Por eso hay menos invitados dispuestos a defender a Milei en los programas televisivos. Lo saben los equipos de comunicación libertarios, que ahora proponen también analizar el rating de los programas televisivos de acuerdo con las afinidades de las respectivas audiencias para evaluar el impacto. Los consultores no tienen dudas sobre el tema. Shila Vilker, por ejemplo, compara los resultados de sus últimos focus group con un video que se hizo viral en estos días: consultada por Telenoche y a punto de tomarse el colectivo, una pasajera dice que tiene 28 años, que trabaja todo el día y que está cansada porque le cuesta llegar a fin de mes. “Cansada”: palabra nueva en el paisaje político, al menos desde 2023. “Un baño cualitativo de realidad”, dice Vilker.
¿El estado de ánimo típico de un tercer año de gestión para cualquier gobierno argentino? ¿Debería el Gobierno preocuparse? En realidad, lo que diferencia a Milei de sus antecesores es que él no parece, pese a los problemas y a que el comportamiento de la actividad se muestra heterogéneo, dispuesto a aflojar el apretón monetario. Al contrario: insiste en que el superávit no se negocia. “La rectitud de los estoicos”, lo definió él la semana pasada en Tucumán. Santiago Caputo, su asesor, recogió el concepto con el retuit de una frase de Marco Aurelio: “Haz lo que debas hacer; el resto no es importante”.
Pero cumplir con la convicción mientras los ingresos caen obliga al Gobierno a ajustar más. Y así viene ocurriendo. No en los sectores indexados por inflación como las jubilaciones o la asignación por hijo, que representan más de la mitad del gasto, pero sí en aquellos de presupuesto variable. El más obvio: la salud, donde empiezan a percibirse las restricciones y, según los cálculos del economista Nadin Argañaraz, del Iaraf, el gasto devengado se desplomó en términos reales 28% en el primer trimestre.
Por eso el ministro Mario Lugones está preocupado. Se reunió el martes con los diputados de la comisión de Salud, y al día siguiente, con el equipo económico. Teme que los problemas de su área empiecen a explotar en el segundo semestre. A partir de junio, por ejemplo, el programa Remediar será bastante más acotado. Así se los anticipó esa cartera esta semana por WhatsApp a los representantes del Consejo Federal de Salud (Cofesa). Con crudeza libertaria: “En los hechos, este cambio reduce drásticamente la cantidad de medicamentos (de más de 70 a 3) y de Centros de Atención Primaria de la Salud alcanzados: pasarían a ser 800 de los 8000 cubiertos el último año de Alberto Fernández”, dice el mensaje. Los ministros de Salud de las provincias contestaron del mismo modo: no llegan con las licitaciones para reemplazar esos medicamentos, que van desde vitaminas y antibióticos hasta corticoides y analgésicos. Para atenuar el impacto y acordar una transición hasta septiembre, el ministerio inició una serie de reuniones por Zoom con las provincias.
Vienen entonces días de protestas, justo en medio de una pelea con los laboratorios nacionales por la derogación de una resolución de 2012 que preveía criterios de patentamientos para los medicamentos y que sostiene desde entonces gran parte del negocio de las farmacéuticas locales. El Gobierno pretende además incorporar a la Argentina en el Tratado de Cooperación de Patentes que reclaman las empresas extranjeras. Lo exige el acuerdo con la Casa Blanca, pero son dos estocadas fuertes para una industria nacional que ha decidido dar la pelea.
Ya se oyeron los primeros ruidos. Marcelo Figueiras, dueño de laboratorios Richmond, envió el martes a varios de sus contactos de WhatsApp una nota que había publicado en LA NACION sobre la propiedad intelectual. El texto, que cuestionaba la derogación de la referida resolución y destacaba a los medicamentos biosimilares y genéricos como herramienta para bajar los precios, fue en general bien recibido, pero encontró resistencia en el chat de la Red de Acción Política (RAP), que conduce Alan Clutterbuck, donde conviven desde hace años desde funcionarios hasta ejecutivos de empresa y legisladores. ¿Sabía Figueiras que en el grupo estaba por ejemplo Alejandro Cacace, secretario de Desregulación, segundo de Federico Sturzenegger y el funcionario que más trabajó para esa desregulación dentro del acuerdo con Estados Unidos? Cacace no se calló. Le contestó a Figueiras que mirara a países como la India, donde se respeta la propiedad intelectual y los precios son significativamente inferiores a los argentinos, y puso como ejemplo una comparación local: el Ozempic, del laboratorio danés Novo Nordisk, que cuesta entre 13 y 40 dólares, versus el Dutide Semaglutida, biosimilar que hace Elea, de Hugo Sigman, y se vende en la Argentina a valor de entre 80 y 200 dólares según la dosis. Es obvio que el contrapunto va a continuar.
“Son demasiados frentes de tormenta: estos son ultrapoderosos”, se lamentó un oficialista que sueña con un Milei moderado. Mileísmo sin Milei. La incógnita es si ese Milei habría podido, por ejemplo, bajar el gasto en un país propenso a vivir por sobre sus posibilidades. Esa bandera, su logro más relevante, es ahora la que el Presidente se propone conservar para terminar de estabilizar la economía. Confía en que la actividad mostrará mejoras a partir de abril, principalmente en aquellos sectores todavía rezagados, pero los indicios que hay al respecto son todavía tibios. El sector de la construcción, que volvió a caer en febrero, habría tenido en marzo una recuperación con los despachos de cemento. Y son aún menos evidentes los repuntes en el comercio y los servicios. El resto está claro que deberá esperar. El momento no da para la euforia y más con Adorni neutralizado. Sin discurso, la agresividad de Milei pierde hasta el último resquicio de épica y el ajuste se vuelve más arduo. Una sociedad cansada, como definió la pasajera, será siempre peor que una indignada. Y una buena razón para pedir paciencia.
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