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El desarrollo científico es un insumo clave e irremplazable para la innovación tecnológica. No es casual que el CONICET encabece el ranking de instituciones científicas en América Latina (y se ubique entre las más destacadas del mundo), y que a su vez la Argentina haya experimentado, en lo que va del siglo XXI, una expansión notable de empresas de base tecnológica, especialmente en el sector biotecnológico. Un ejemplo elocuente es el crecimiento sostenido de startups nucleadas en la Cámara Argentina de Biotecnología.
Nuestro grupo de investigación (primero en CONICET-UNL y actualmente en CONICET-UBA) se ha dedicado históricamente a la biología molecular de plantas, en lo que podría (innecesariamente) catalogarse como “ciencia básica”. Más específicamente, trabajamos en biología del ARN en plantas. Partimos de una premisa sencilla: no se puede cuidar lo que no se entiende. Por eso, estudiar cómo las plantas se adaptan a su entorno es clave para diseñar nuevas estrategias de agricultura sostenible.
Con financiamiento público (hoy prácticamente paralizado) logramos sentar las bases científicas para luego transformar conocimiento en tecnología. Con el advenimiento de las vacunas durante la pandemia, el ARN pasó a ocupar un lugar central de la biotecnología contemporánea, y nuestro equipo estaba en condiciones de inaugurar ese capítulo para la agricultura.
Este proceso fue posible gracias a instrumentos de apoyo más específicos para dar ese salto: el Programa de Ciencia y Tecnología contra el Hambre (2021-2022) del ex-MinCyT, subsidios internacionales y, más recientemente, el Programa de Redes Federales de Alto Impacto, diseñado e implementado en la gestión anterior y sostenido parcialmente en la actual (ya que los dos proyectos de Ciencias Sociales de la cohorte fueron arbitrariamente desfinanciados).
Con el respaldo del CONICET y la UNL, y luego también de la UBA, creamos la startup APOLO Biotech en 2022. A través de la articulación con diversos actores - las universidades nacionales, el INTA, el SENASA, el Parque Tecnológico Litoral Centro, gobiernos provinciales, la Agencia I+D+i, el BID Lab, inversores privados y socios comerciales -, estamos en condiciones de convertirnos en la primera empresa del mundo en aprobar fungicidas basados en ARN como alternativa a los pesticidas químicos.
En otras palabras, diseñamos sprays de ARN para reemplazar pesticidas por la información que las plantas necesitan para defenderse, a modo de vacunas. En 2024, con apoyo del BID Lab y la Agencia I+D+i (un programa del FONARSEC de 2023), inauguramos la primera planta piloto de producción de ARN para el agro en América Latina, la segunda más grande a nivel global. Allí producimos enzimas esenciales para la síntesis de ARN, que además distribuimos gratuitamente a decenas de laboratorios públicos que hoy carecen de financiamiento suficiente para sostener sus investigaciones.
Los avances de APOLO Biotech han sido reconocidos a nivel internacional por instituciones como Santander X (España, 2023), la World Food Prize Foundation (Estados Unidos, 2025) y EIT Food (Unión Europea, 2025), que la distinguieron como una de las empresas más innovadoras del sector agroalimentario. En 2026, además, inauguramos nuestros laboratorios en Paris-Saclay, Francia, llevando nuestros desarrollos de Argentina a Europa.
Hoy mantenemos colaboraciones público-privadas con decenas de grupos de investigación en la Argentina y en el exterior. Este entramado refleja una idea que nos resulta central: la construcción colectiva del conocimiento (propia de la cultura científica) debe traducirse en un desarrollo colectivo de tecnología, capaz de aportar soluciones concretas a desafíos globales como la sostenibilidad agrícola.
En esa línea, también cofinanciamos becas doctorales y posdoctorales junto con el CONICET y la UBA, y colegas del CONICET han elegido a APOLO como lugar de trabajo, consolidándonos como un actor integrado del ecosistema científico-tecnológico nacional.
Asimismo, trabajamos de manera interdisciplinaria con especialistas en Ecología e Inteligencia Artificial, así como en Ciencias Sociales como la Economía, el Derecho ambiental y la Historia para dimensionar el impacto de nuestras tecnologías, comprender su inserción en el entramado productivo y analizar el contexto geopolítico que permite que una innovación de alcance global surja desde el Sur. Como nos gusta decir: ciencia y tecnología argentina, para la Argentina y para el mundo.
En la última década, decenas de empresas de base tecnológica han surgido del CONICET, y muchas más aguardan la publicación del nuevo reglamento interno para ser aprobadas. Otras tantas nacieron por fuera del organismo, pero impulsadas por profesionales formados en universidades públicas.
Sin embargo, hoy la ciencia y la universidad atraviesan uno de los procesos de desfinanciamiento más severos de los que se tenga memoria. En defensa de la educación superior, solemos destacar, con razón, su papel como motor de movilidad social ascendente de sus graduados y graduadas. Pero su valor es aún más profundo.
Las universidades (y el conocimiento generado en ellas, junto con el CONICET, las Comisiones Nacionales y los Institutos Nacionales) constituyen una pieza fundamental de nuestra sociedad: médicos y médicas que nos atienden en clínicas y hospitales, veterinarios y veterinarias que cuidan tanto del ganado como de nuestras mascotas, ingenieros e ingenieras que diseñan edificios, puentes o generan la energía que consumimos a diario.
Nuestra sociedad funciona con el aporte imprescindible de quienes nos hemos formado en universidades, públicas en su mayoría. Como resultado de ese entramado, y a una inversión estatal sostenida durante años, la Argentina ha desarrollado un notable potencial innovador.
La Economía del Conocimiento se ha convertido, de hecho, en el tercer complejo exportador del país. Por eso, todas las ramas de la ciencia deben ser sostenidas y fortalecidas. El desfinanciamiento de la ciencia básica es un error estratégico inadmisible, así como también resulta imprescindible ampliar las herramientas de apoyo a nuevos emprendimientos tecnológicos, tal como ocurre en los países que apuestan por agregar valor y competir globalmente.
Necesitamos más cabezas y más manos en todas las áreas del conocimiento. Nos urge motivar las vocaciones científicas y generar condiciones para que se desplieguen sus capacidades. Defendamos lo que tenemos, mejoremos lo que sea necesario y demos a las nuevas generaciones la oportunidad de aportar su creatividad y su talento al desarrollo de una Argentina más justa, más inclusiva, más innovadora y con futuro.
Federico Ariel es Investigador Independiente del CONICET. Co-fundador de APOLO Biotech. Premio UNESCO Al-Fozan 2023 como uno de los cinco científicos jóvenes más destacados del mundo. Premio Bunge y Born en Agrobiotecnología 2023 AXA Chair 2025-2029.
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