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Ahora escribo ante el mar, en Tenerife, donde nací. En este lugar concreto en el que estoy, El Médano, donde el mar parece hablar, me curé del asma. En mi pueblo, el Puerto de la Cruz, viví los años peores de mi infancia y de mi juventud, azotado por la enfermedad pero marcado por la pasión de leer, y de escribir.
En mi casa del Puerto descubrí, entre los muchos libros que empezaron allí a explicarme la vida, a Albert Camus. Mi madre, que supo muy pronto que yo no iba para trabajador de las sorribas, me había puesto un cuarto para que allí yo leyera o escribiera, o sintiera que era útil o valioso, aunque no fuera sino un pobre asmático que necesitaba cada día las distintas formas de sentirse vivo.
Pero allí, en la casa, todavía no había libros. Mi madre intuía, sin embargo, mi pasión y yo imaginaba los libros y los veía en las estanterías de las dos librerías del pueblo. Era más que una pasión: era una cura a la que me sometía la ilusión de ser más que un enfermo: me sentía parte de los libros que soñaba.
Cuando empecé a comprar libros por mi cuenta encontré algunos inolvidables y otros que se fueron por el camino de la pasión que disminuye con el tiempo. Algunos, sin embargo, se quedaron para siempre, y hasta ahora, conmigo, cerca de mi, siendo, hasta hoy, parte del niño, del adolescente, del hombre que sigo siendo, siendo además el niño que no me ha abandonado.
Y eso ocurre hasta ahora mismo, precisamente, porque ante esta playa en la que me curé el asma, si es que este demonio se va alguna vez del todo, viví muchísimos de los libros que hicieron de mi vida también una fantasía. Algunos libros vinieron con los que ya había leído en la adolescencia, o en la primera juventud, y otros han venido conmigo, y han viajado, desde que tengo aquellas diversas razones para leer, como si fueran parte de lo que convirtieron mi vida en una pasión obligada por la lectura. Como si mi padre me siguiera diciendo lee mientras ella iba y venía de la casa a la platanera donde hacía su vida y desde donde cantaba para que yo supiera que ella seguía por allí, que estaba al tanto.
Hubo un momento crucial aquellos años. En uno de esos viajes a las librerías (para tocar libros, para estar con ellos) descubrí un libro que luego sería el libro de todos los libros… Era El extranjero de Albert Camus. Lo compré, imagino que con el dinero que entonces ya fluía para esos menesteres, y lo llevé al Instituto y a la casa, y lo leí como luego leería, por ejemplo, los Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, que fue el otro libro que me acompañaría por entonces… y para siempre.
Los dos libros, el de Guillermo, al que conocí algún tiempo después, cuando aun estaba víctima de la enfermedad y del silencio, y el de Camus, fueron parte principal de mi primera estantería, que en ese momento estaba llena… de aquellos dos libros. Luego vinieron más libros prestados, pero aquellos dos, El extranjero y Tres tristes tigres, fueron los reyes de la casa. El libro de Camus de pronto se convirtió en un libro propio, como si yo mismo lo leyera para saber qué pasaba en la vida de la posguerra del mundo, narrada por un argelino (¿de la ficción, de la realidad?) que tomó la decisión de ser un asesino al día siguiente de la muerte de su propia madre.
Mi madre, por cierto, me veía leer como si yo estuviera cumpliendo con las lecciones de la clase. En cierto modo, era así, pues yo me dispuse un día a leer y a escribir a la vez, como si de pronto todo lo que hubiera en ese libro, que ocurría en Argel y no tenía nada que ver conmigo, ni con nosotros, fuera parte de mi vida personal. Ya saben: El extranjero recoge un asesinato, perpetrado en una playa de Argel por aquel joven que acompañó a otros, y a su novia, a jugar y a pelearse en la playa en la que él, el protagonista, sintió que en algún momento iba a ser feliz.
Ya no sería feliz jamás, sería un asesino, sería condenado a muerte, su vida se sajó como se rompen las personas y la vida, de la noche a la mañana, en la noche que se rompe sola, en la mañana de la que nadie vuelve… Leí muchísimas veces ese libro (el que tengo ante mi, de Alianza, tiene 124 páginas) como quien maneja una advertencia. Me ha pasado con ese libro y con muchos de los que he ido leyendo en mi vida: que nada de lo que está escrito me es ajeno, de modo que siempre siento que aquello que leo (y luego lo que escribo) esté destinado a mi, a mis amistades, a mi familia. Como si toda escritura me concerniera. Hasta que en una de esas páginas releídas sentí que yo tenía que escribir, yo mismo, lo que estaba dentro del libro que me importara más. Y empecé así la redacción que luego sería parte de un texto que le entregué al profesor, un filósofo que jamás me rebajó el entusiasmo de leer, o de escribir.
Me vino a la mente, para ese texto, algo que tenía que ver con el sol y Camus, o Meursault, el protagonista de la novela, en definitiva el asesino, y en última instancia, El extranjero… Así que hallé el principio del texto: “Sobre la obra de Albert Camus hay mucho sol…” Jamás olvido ese momento, como me resulta inolvidable también la primera vez que estuve con Jean Daniel, el mejor amigo de la infancia argelina de Camus… Fui a entrevistarlo en París, con Daniel Mordzinski, el gran fotógrafo, que en aquel momento, y antes y después, fue uno de los mejores fotógrafos de El País…
Jean Daniel estaba ordenando su trabajo como director del Nouvel Observateur y nosotros esperábamos en la antesala. En uno de aquellos momentos en que levantarse es mejor que estar sentado decidí fijarme en los numerosos libros (sobre Camus, la mayor parte) que había en la estantería blanca de Jean Daniel… En uno de esos libros me fijé sobre todo.
Ese libro se titulaba El sol en la obra de Albert Camus… Di vueltas a las estanterías restantes, lo comenté con Daniel y con Jean Daniel, y jamás he olvidado esa coincidencia que ahora me ha acompañado como si estuviera, de nuevo, ante la mesa que mi madre me había puesto para que yo quizá algún día fuera el escritor, o el periodista, que ahora sigo siendo…
Ahora tengo releído otra vez ese libro, marcado ahora por el azar pero también por la pasión de leer a aquel escritor que parece visitarme estos días como si él adivinara que ahora, precisamente, en el mundo en que vivimos, en el mundo en que todo parece a punto de ser parte de la maldad por que sí, hay una frase esperando: “Sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz. Entonces, disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se hundían las balas sin que lo pareciese. Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia”.
El Médano está hoy quieto, como un barco sin necesidad de dueño. Debo decir que esa frase, esa tremenda frase (Comprendí que había destruido el equilibro del día…) me saltó del libro en la página 62 en cuanto quise saber qué página era la más impresionante de esta obra que jamás ha abandonado mi vida.
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