El negocio de los electrodomésticos en la Argentina dejó de transitar una fase de desaceleración para entrar de lleno en una crisis estructural que ya impacta sobre toda la cadena de valor. Lo que hasta hace poco podía leerse como problemas aislados en determinadas empresas se consolidó en los últimos meses como un fenómeno generalizado que combina caída del consumo, deterioro del crédito, fuerte competencia importada y cambios en los hábitos de compra.
En ese contexto, el cierre de sucursales, los planes de ajuste, los concursos de acreedores y, en casos extremos, las quiebras, se multiplican en un sector que históricamente supo crecer apalancado en el financiamiento al consumo y en la expansión del retail físico.
El punto de partida de la crisis es la fuerte caída de la demanda. En un escenario de pérdida sostenida del poder adquisitivo, los electrodomésticos —bienes durables por definición— se convierten en uno de los primeros gastos que los hogares postergan.
A la espera de los últimos datos, el sector viene de sufrir una caída del 18,6% interanual en las ventas en el último trimestre de 2025, con retrocesos generalizados en todas las categorías, desde línea blanca hasta pequeños electrodomésticos y tecnología.
Pero lo más llamativo del fenómeno es que el desplome del consumo se da incluso en un contexto de baja de precios relativos. A contramano de lo que ocurre en la mayoría de los rubros de la economía argentina, los electrodomésticos mostraron una caída promedio del 6,6%, mientras la inflación general superó el 30%.
El dato refleja un cambio profundo: el problema dejó de ser el precio y pasó a ser el ingreso disponible. En otras palabras, aunque los productos sean relativamente más baratos, los consumidores no tienen margen para financiar compras de este tipo.
Este fenómeno golpea de lleno a un sector altamente dependiente del volumen de ventas y con estructuras de costos fijas elevadas.
Si el consumo es el primer factor de la crisis, el segundo —y quizás más determinante— es el deterioro del crédito.
Históricamente, el negocio de los electrodomésticos en la Argentina se sostuvo sobre la financiación en cuotas. El acceso al crédito permitía ampliar la base de clientes y sostener niveles de venta incluso en contextos de debilidad económica.
La morosidad en el sector se disparó desde niveles del 14,8% hasta superar el 40%, una cifra sin precedentes recientes. En algunas cadenas, incluso, los niveles de incumplimiento duplican o triplican los registros históricos.
El impacto es doble: por un lado, reduce el flujo de ingresos efectivo de las empresas; por otro, encarece y restringe el acceso a financiamiento, en un contexto de tasas elevadas.
El encarecimiento en el costo de los créditos pegó muy duro al interior de las cadenas comerciales, incluso en aquellas que ya tienen décadas funcionando en el mercado.
Uno de los casos más alarmantes es el de Bazar Avenida, donde la morosidad trepó por encima del 60%. Es decir, seis de cada diez clientes que financiaron las compras no pueden hacer frente a las cuotas.
En Coppel, que en los últimos años registró una morosidad más elevada que el promedio y no se dedica exclusivamente al financiamiento en la compra de electrodomésticos, la irregularidad alcanza al 70%.
De acuerdo a la página oficial de la compañía, el costo de los créditos también supera el promedio. Por un préstamo, la empresa dispone un costo financiero total (CFT) del 880% anual.
Más económico cuesta una línea para comprar muebles: 250% anual. Claramente son costos que exceden por lejos la inflación interanual y el ingreso proyectado de la gran mayoría de los asalariados.
En Frávega, por caso, la morosidad de los clientes se multiplicó por tres: pasó del 13% al 39% entre 2024 y finales de 2025, de acuerdo a los datos del BCRA.
Cetrogar sigue en el ranking a la hora de evaluar la morosidad de los clientes: se ubica en el orden del 48% (contra 17% del año anterior).
Megatone se encuentra un escalón más abajo, siempre según los últimos datos disponibles del BCRA: sufre una irregularidad en las financiaciones otorgadas en torno del 43%, más cerca del promedio del rubro.
En este contexto, el caso de Megatone se convirtió en uno de los ejemplos más visibles de los problemas generalizados del sector.
La cadena avanzó recientemente con el cierre de sucursales y la reconfiguración de su operación, en un intento por adaptarse a un escenario de ventas en caída y creciente presión financiera.
Si bien se trata de una empresa con fuerte presencia histórica en el interior del país, su situación refleja tensiones que atraviesan a todo el rubro: menor circulación en los locales, caída de tickets promedio, aumento de incobrables y necesidad de reducir costos.
El dato clave es que lo ocurrido con Megatone no es una excepción, sino parte de una tendencia que se repite en distintos jugadores del mercado.
El caso más extremo de esta crisis es el de Garbarino, una de las cadenas más emblemáticas del país, que terminó en quiebra tras un largo proceso de deterioro financiero y operativo.
La decisión judicial de poner fin a la compañía marcó un punto de inflexión para el sector. No se trató solo de la caída de una empresa, sino de la confirmación de que incluso los jugadores más grandes pueden quedar fuera del mercado en un contexto adverso.
Garbarino había sido durante años uno de los líderes del retail de electrodomésticos, con una red de sucursales a nivel nacional y un modelo basado en la financiación y el volumen. Su colapso expuso las debilidades estructurales del negocio frente a cambios macroeconómicos y financieros.
Otro de los fenómenos que atraviesa al sector es el cierre de locales físicos y la migración hacia esquemas más digitales.
En ese proceso, el caso de Start resulta especialmente representativo. En 2025, la cadena decidió avanzar con el cierre de sus 30 tiendas físicas para concentrar su operación exclusivamente en el canal online, en una apuesta fuerte por un modelo más liviano y con menores costos.
La decisión no fue aislada ni preventiva: respondió a un contexto de caída de ventas, menor circulación en locales y una estructura de gastos difícil de sostener sin volumen.
El movimiento de Start marca un punto de inflexión porque refleja un cambio estratégico profundo: ya no se trata solo de ajustar, sino de redefinir el negocio.
Este proceso también se observa, en menor escala, en otras cadenas que reducen superficie comercial, renegocian alquileres o priorizan el ecommerce como canal principal.
La crisis no se limita al retail. Del otro lado de la cadena, los fabricantes de electrodomésticos también enfrentan un escenario complejo.
La apertura de importaciones intensificó la competencia, presionando a la baja los precios y reduciendo la participación de la producción local.
En este contexto, varias empresas avanzaron con medidas drásticas. Firmas como Aires del Sur —propietaria de marcas como Electra y Fedders— iniciaron concursos de acreedores, mientras que otras como Neba redujeron operaciones o directamente cesaron actividades.
La fabricante de Peabody también atravesó dificultades financieras, en un escenario donde la caída de la demanda interna se combina con mayores costos y competencia externa.
A nivel multinacional, compañías como Electrolux implementaron planes de retiros voluntarios y reducciones de personal, en respuesta a la baja en ventas y al aumento de la capacidad ociosa.
El impacto social de estas decisiones no es menor: despidos, suspensiones y menor actividad en polos industriales clave.
Las cadenas buscan reducir costos, optimizar estructuras y mejorar la gestión del riesgo crediticio. La rentabilidad pasa a depender menos del volumen y más de la eficiencia operativa.
El negocio, tal como se conocía, entra en revisión: el modelo basado en expansión de locales físicos y financiamiento masivo pierde peso frente a esquemas más prudentes.
Al mismo tiempo, el canal online gana protagonismo, aunque con márgenes más ajustados y mayor competencia.
Durante años, el sector de electrodomésticos fue uno de los motores del consumo en la Argentina. La combinación de crédito accesible y demanda sostenida permitió una expansión rápida, con nuevas sucursales y crecimiento de las cadenas. Hoy, ese ciclo parece haber quedado atrás.
La caída del poder adquisitivo, el encarecimiento del financiamiento, el aumento de la morosidad y la presión de las importaciones configuran un escenario completamente distinto.
El resultado de este proceso será, probablemente, un mercado más chico, más concentrado y con modelos de negocio diferentes.
Menos jugadores, menos locales físicos y mayor peso del comercio electrónico aparecen como algunas de las tendencias que empiezan a consolidarse.
Lo que está en juego no es solo la rentabilidad de las cadenas, sino la configuración futura de uno de los sectores más emblemáticos del consumo masivo en la Argentina.
La crisis ya está en marcha. Y, a diferencia de otros momentos, no parece responder a un factor aislado, sino a un cambio estructural que obliga a repensar todo el negocio.
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