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Cuando la ciencia deja de ser abstracta y se vuelve urgente 

hace 18 horas en lanacion.com.ar por Tamara Rubilar

Cada 10 de abril, la Argentina celebra el Día del Investigador y de la Investigadora Científica. La fecha invita a reconocer trayectorias, publicaciones y descubrimientos. Pero rara vez se detiene en lo esencial: el momento exacto en que la ciencia deja de ser una vocación abstracta para convertirse en una necesidad vital.

En mi caso, ese punto de inflexión no ocurrió en un laboratorio ni en una conferencia académica. Ocurrió en una habitación de hospital, frente a un diagnóstico incierto y a la fragilidad de un hijo. Hasta entonces, mi vida como investigadora transcurría entre papers, experimentos y la rutina -a veces silenciosa- del trabajo científico en la Patagonia. Estudiaba erizos de mar, una especie que, para la mayoría, no despierta más que curiosidad pasajera. Para mí, eran objeto de estudio. Nada más.

Pero la ciencia tiene una cualidad que la distingue de cualquier otra disciplina: su capacidad de volverse profundamente personal cuando la realidad lo exige.

Cuando la medicina tradicional ofrecía respuestas limitadas, hice lo único que sabía hacer: investigar. Volver a las fuentes, revisar literatura científica, buscar conexiones donde antes no las había visto. Fue en ese proceso donde apareció una molécula casi desconocida para el gran público, presente en los erizos de mar que yo misma estudiaba desde hacía años. Lo que hasta entonces era conocimiento teórico empezó a adquirir otro peso, otra urgencia.

Ese tránsito -del laboratorio a la vida cotidiana- es el que rara vez se visibiliza cuando se habla de ciencia en la Argentina. Solemos medir el valor de la investigación en términos de publicaciones indexadas o de impacto académico. Y sin embargo, hay una dimensión menos cuantificable, pero igual de relevante: la capacidad de la ciencia de incidir en la vida concreta de las personas.

En los últimos años, se ha discutido mucho sobre el rol del sistema científico, su financiamiento y su relación con el sector productivo. Son debates necesarios. Pero hay algo anterior a todo eso: la comprensión de que la ciencia no es un lujo ni un compartimento estanco sino la base del desarrollo de un país; las naciones que hoy lideran el mundo- todas ellas, economías de mercado-, con estándares de vida altos para su población, no lo hacen por casualidad, sino porque han entendido que invertir en ciencia y tecnología es la única vía para generar bienestar y soberanía. Es, en muchos casos, la diferencia entre resignarse a un diagnóstico o animarse a cuestionarlo.

La experiencia personal me llevó, casi inevitablemente, a dar un paso más: transformar ese conocimiento en una aplicación concreta. Así nació un proyecto biotecnológico que busca trasladar años de investigación básica a desarrollos con impacto real. No fue un camino lineal ni exento de tensiones. Implicó aprender un nuevo lenguaje -el del mundo empresarial- sin abandonar el rigor científico. Implicó también asumir una responsabilidad mayor: la de que lo que alguna vez fue una búsqueda personal pudiera escalar y beneficiar a otros.

En ese recorrido, entendí que el verdadero desafío para las investigadoras científicas no es solo generar conocimiento, sino también encontrar las formas de que ese conocimiento circule, se traduzca y, eventualmente, transforme.

Por eso, este día no debería ser solo una celebración simbólica. Debería ser una oportunidad para revisar qué tipo de ciencia estamos construyendo y, sobre todo, para quién. Porque detrás de cada línea de investigación hay historias que no siempre se cuentan. Historias de persistencia, de intuición, de incertidumbre. Y, a veces, historias donde la frontera entre lo profesional y lo personal se vuelve difusa, obligándonos a redefinir el sentido mismo de lo que hacemos.

La ciencia argentina tiene un capital invaluable: su capacidad de producir conocimiento en contextos adversos. Pero su verdadero potencial se despliega cuando ese conocimiento encuentra un propósito que lo trasciende. En ese sentido, este 10 de abril no celebramos solo a quienes investigan, celebramos, en el fondo, la posibilidad de que la ciencia -cuando se la empuja lo suficiente- deje de ser una abstracción y se convierta en una respuesta.

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