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La Dama de noche

hace 12 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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La Dama de noche

La noche del Sábado Santo anduvimos husmeando por el Abasto salas teatrales adonde poner en escena un proyecto que tenemos entre manos con mi marido. Terminamos parando en uno de los innumerables barcitos a picar una tabla de salchichas alemanas -descontrol total- y nos obsequiaron dos mostazas diferentes para degustar. La gloria tiene sabor a mostaza casera.

No recuerdo de qué hablamos en el camino de vuelta a Flores. Fue recién al llegar al garaje a guardar el auto, cuando vimos delante de la puerta que da acceso a las cocheras una flor espectacular, blanca destellante, enorme, con pétalos puntiagudos.

En mi ignorancia pensé que era la pasionaria o la achira que tanto se esforzaban en hacer florecer en Rosario, las mujeres de mi familia. Hago un aparte aquí: en mi infancia, la achira parecía florecer hasta la ciudad de Santa Fé o tal vez hasta Gálvez, y no en Rosario. La tropicalización del clima rosarino en las últimas décadas hizo que pueda cultivarse esa flor en muchísimos jardines.

Vuelvo a la noche del sábado. Cuando entré en el garaje, pregunté al sereno cómo se llamaba la flor. Estaba parado justo detrás de la planta. Con cara de feliz cumpleaños, José Fernando, un venezolano, me esclareció. La flor se llama Dama de noche y es propia de los trópicos, aunque llega a crecer en Sudamérica. Tiene la peculiaridad de nacer de la hoja y no de un tallo, y su perfume es intenso.

Me corrijo: José Fernando no hablaba de la planta o la flor, sino de ella, la Dama.

Contaba con una enorme devoción cómo esperaba su florescencia, que dura sólo una noche. Cuánto la había cuidado y qué desilusión tuvo en enero cuando floreció, pero con la corola hacia abajo, triste, y se apagó enseguida. Sin embargo, esta vez anocheció completa, palpitante. Es tanta su magia, que hasta se le puede pedir un deseo y ella lo hará realidad.

Con mi marido pensamos que justo la obra que queremos poner en escena tiene un nombre de flor.

Esta flor es como una diva, pensé yo, que aparece en medio del escenario sin necesidad de público. Sabe del brillo propio, no necesita el aplauso.

Recordé en ese instante a mis amigas actrices, divas, que aman el teatro más que a cosa ninguna. Las imaginé en un escenario escandaloso por lo bello, recitando un monólogo.

Mi marido y yo tuvimos la sensación, contemplando la Dama de noche y escuchando el relato del sereno, que estábamos frente a un milagro.

Le sacamos una foto, con reverencia. La noche anterior había sido Pascua judía y al día siguiente era la Pascua cristiana. La flor nos confiaba que los milagros son éstos, pequeños, efímeros. Una noche, un escenario, una flor encendida, la pascua, un paso, hacia una esperanza. Pequeños milagros, grandes milagros: la vida misma.

Patricia Suárez

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