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La cumbre Trump-Xi y la paradoja de la contención estadounidense

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La cumbre Trump-Xi y la paradoja de la contención estadounidense

La visita que el presidente estadounidense Donald Trump prevé realizar a China en mayo de 2026 se perfila como uno de los principales acontecimientos diplomáticos del año. El encuentro con el presidente Xi Jinping ocurriría en un contexto de frágil estabilidad en la relación bilateral, tras años de tensiones comerciales, tecnológicas y estratégicas.

Entre los temas de la agenda figuran la guerra arancelaria, los controles tecnológicos impuestos por Washington, las restricciones a empresas chinas, la cuestión de Taiwán y la necesidad de establecer mecanismos que permitan gestionar una relación cada vez más compleja.

La cumbre tendría lugar, además, en un escenario internacional convulsionado. La guerra lanzada por Estados Unidos contra Irán ha incrementado la inestabilidad en Medio Oriente, una región de importancia estratégica para China por su papel en el abastecimiento energético y por su ubicación en los corredores comerciales que conectan Asia con Europa y África. Desde la perspectiva de Beijing, la volatilidad en esta zona -que se considera parte de su periferia estratégica ampliada- refuerza la necesidad de preservar un entorno internacional estable que permita continuar el proceso de desarrollo económico.

Más allá de los acuerdos que puedan alcanzarse, la relación Washington-Beijing registra una paradoja estratégica, desarrollada en los últimos años: la política estadounidense destinada a contener el ascenso de China ha contribuido, en varios aspectos, a acelerar su transformación económica y tecnológica.

Esta dinámica comenzó a tomar forma con el giro estratégico estadounidense hacia Asia durante la presidencia de Barack Obama, pero adquirió mayor intensidad con Donald Trump. A partir de 2017, Washington definió explícitamente a China como competidor estratégico e inició una guerra comercial acompañada de aranceles, sanciones tecnológicas y restricciones al acceso chino a sectores críticos.

Sin embargo, el resultado no siempre fue el esperado. La presión externa actuó como un estímulo para que China acelerara procesos de modernización que ya estaban en marcha. Las restricciones tecnológicas reforzaron la determinación de Beijing de desarrollar capacidades propias en áreas como los semiconductores, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones. Programas de política industrial como Made in China 2025 adquirieron así un significado aún más estratégico, vinculándose con la seguridad económica y la autonomía tecnológica.

Este fenómeno ha sido observado con cierta ironía en algunos círculos académicos chinos. Allí se utiliza a veces una expresión singular para referirse a Trump: “el constructor de la nación” (川建国). Lejos de ser un elogio, el término sugiere que la presión de Washington terminó reforzando la cohesión interna china y acelerando la búsqueda de autosuficiencia tecnológica.

La paradoja es evidente. En su intento por frenar el ascenso de China, la estrategia estadounidense contribuyó a darle mayor impulso y claridad estratégica. Así, la cumbre Trump-Xi de 2026 no sólo será un episodio más de la diplomacia entre grandes potencias, sino también el reflejo de una transformación más profunda del sistema internacional.

En un mundo caracterizado por la rivalidad estratégica, una lección para Argentina sería construir autonomía, mediante la ampliación de los vínculos internacionales y la diversificación de los mercados.

Jorge Malena

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