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Malvinas: sordos ruidos oír se dejan

hace 13 horas en clarin.com por Clarin.com - Home

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Malvinas: sordos ruidos oír se dejan

Sordos ruidos oír se dejan. Pero no son de corceles y de aceros, no se inquieten. Son de aquellos que nos anuncian que, esta vez sí, por fin, se avecina la gran oportunidad para recuperar las Malvinas.

Así, no falta quien, valiente con la piel ajena, y luego de advertirnos que “no es belicista”, nos asegura que la capacidad militar de Gran Bretaña (imperio que, sabemos, está en decadencia desde 1066, momento culminante de la invasión normanda), está reducida a cero, un cero tan cero que Argentina podría ocupar las islas sin dificultades. Ah, bueno.

Y no faltan sobre todo quienes nos aseguran que bajo la generosa capa de los intereses estratégicos de los Estados Unidos encarnados por Donald Trump, y la indiscutible relevancia geopolítica mundial que ha adquirido (dicen) el escenario del Atlántico Sur, el año que viene (hoy no se fía, mañana sí) tendrán lugar negociaciones entre Gran Bretaña y Argentina en las que estará sobre la mesa la cuestión de la soberanía.

No dispongo ahora de espacio para discutir los fundamentos de estas conjeturas que, siempre con sus variantes, ilusionan recurrentemente, sobre todo cada vez que pasa el cometa del 2 de abril. Ha pasado y ha dejado su estela. Compuesta, a mi juicio, de ilusiones nada provechosas.

Me gustaría ser rico para duplicar mi fortuna apostando a que, si tenemos algunos políticos que respetan la Constitución – y tenemos – y algunos militares sensatos – y tenemos – ya deben estar preocupados porque expertos en relaciones internacionales se deliren al extremo de hipotetizar una invasión, y se obnubilen con un juego geopolítico carnavalesco en que el gobierno de los Estados se sienta en la obligación de indicar a los británicos que deben retirarse.

No es momento para discutir esto en profundidad. Pero no puedo evitar decir que me asombra la banalidad con que se encara la cuestión. Agitar el fantasma de una ocupación militar es, como mínimo, extremadamente irresponsable. Colgarse de las faldas de un desequilibrado con la esperanza de que nos sean “devueltas” las Malvinas frente a un imperio supuestamente decadente e inerme me parece, lo menos, una falta de honor. Quizás el honor sea un anacronismo para muchos; no para mí. Pero vamos si prefiere a los intereses.

Una “recuperación” de las Malvinas sería un escenario de consecuencias desastrosas para la Argentina. No ganaríamos nada (¿regalías? ¿no es que nuestro sector primario nos va a dar dólares hasta por las orejas? ¿qué nos falta? ¿tierra, mar? ¿O es que todo está ahí, en Malvinas, una cornucopia (con perdón) dispuesta por el Diablo? Vamos. ¿O cobraríamos peaje a quienes quieran cruzar el Estrecho de Drake?

No ganaríamos nada salvo el odio definitivo de los malvineses (mientras hemos prometido respetar su modo de vida) y nuestra propia e inevitable decepción. Multiplicaríamos por dos y sin solución el dolor que nos ocasiona la piedra en el zapato de la cuestión Malvinas y la causa que hemos creado a través de ella.

Recuperar las islas sería muy malo para nuestra cultura política. Un activo del que carecemos muchísimo y nos pasa más inadvertida, esa carencia, que la “falta” de las islas. Desde el momento en que desde hace años vengo diciendo que mi obsesión no son las islas, sino la causa, puedo afirmarlo – equivocado o no, pero con el fundamento de cierta continuidad y sin caprichos. No creo que esa restitución ocurra, pero si ocurriera el nacionalismo territorial, un componente nocivo y victimista de la propuesta de identidad de Malvinas, se llevaría los laureles.

Junto y de la manito con el unanimismo, ese rezo que nos dice que los argentinos precisamos, para superar nuestra decadencia, ponernos todos de acuerdo. Malvinas ha sido la propuesta perfecta para eso: prohibido olvidar, es lo único que une a los argentinos, volveremos. Prohibido olvidar la tierra de la que fuimos despojados, y a los caídos que la regaron con su sangre; sacralizar la causa por su excepcionalidad puesto que no somos capaces de unirnos como comunidad política; y volver: con la tierra obsequiada por el señor Trump, volver una vez más, volver siempre a un pasado que, implacable, nos espera.

Prefiero quedarme con mi honor, arcaico. ¿Un triunfo basado en la fuerza? La fuerza imperial en este caso. Nada que ver con los derechos. La fuerza prepotente que nos haga el trabajo sucio de dar a entender a los obcecados malvinenses que serán aplastados.

Pero sobre todo prefiero seguir convencido de que si nuestro anhelo es una Argentina identificada con el patriotismo republicano, constitucional, una Argentina pluralista, progresista (no progre, ni woke, lo digo con todo respeto a los progres y woke, sino afirmada en el realismo político, que busca reconocer su limitada estatura en el concierto de las naciones, definir inteligentemente sus intereses, y ser ambiciosa de logros, no de milagros), si es ese nuestro anhelo, el camino de la interdicción, el unanimismo y el eterno retorno que nos ofrece la causa Malvinas, es un extravío. Esa hipotética recuperación sería muy mala noticia, una regresión político-cultural, un nuevo “estamos ganando”. ¿Ganando qué, carapálida?

Vicente Palermo

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