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Luces y sombras en el país de Milei

hace 3 horas en lanacion.com.ar por Joaquín Morales Solá

El poder es solo un préstamo cuando la sociedad elige a sus gobernantes. Porque intuyen que ese préstamo puede cancelarse en cualquier momento, en los niveles más encumbrados del gobierno de Javier Milei comienzan a pensar cómo salir de la ratonera judicial en la que se metió sin que nadie lo empuje: las investigaciones en los tribunales sobre los gastos del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y, más que cualquier otra cosa, las complicidad -o no- de los hermanos Milei con el escándalo de la criptomoneda $Libra, que fue (¿intencionalmente?) eclipsada por la catarata de versiones que acosan al jefe de los ministros. Los asesores electorales del Presidente le han dicho algo que es cierto, aunque no sea moralmente admisible: a las sociedades no las atraen las denuncias de corrupción de los que mandan cuando la economía crece, pero se enfurecen cuando deben combinar supuestos hechos deshonestos con el sufrimiento por la falta de dinero o de trabajo. ¿Ejemplo? Carlos Menem fue reelegido en 1995, con números contundentes, después de que habían estallado ya los peores escándalos de corrupción de su administración. Eran entonces los mejores tiempos de la convertibilidad y del crecimiento de la economía. Aunque corran el riesgo de que la investigación por la criptomoneda regrese a la primera página del periodismo, resulta casi imposible imaginar a Adorni conservando el cargo si no cesan las revelaciones judiciales sobre sus viajes y sus compras. “El apoyo de Milei puede desaparecer en segundos”, dice alguien que conoce el clima en esas alturas y que recuerda que el Presidente es una persona que casi carece de amigos, sobre todo en la función pública. “Siempre prefirió la soledad”, describen. En ese poliédrico contexto, se conoció que la pobreza bajó diez puntos porcentuales en un año. Fue una buena noticia, pero merece ser analizada con más seriedad que la algarabía exhibida por el mileísmo. Cuidado: hay fragilidades persistentes, advirtió la Fundación Mediterránea, y precisó: “La evolución (de la pobreza) en los próximos meses dependerá no solo de la estabilidad de los precios, sino también de la capacidad del mercado laboral para generar ingresos más robustos y sostenibles a lo largo del tiempo”.

Si aceptamos que el plan económico de Milei es “el superávit de Caputo más Sturzenegger” (es decir, superávit y desregulaciones), hay que detenerse en lo que el Presidente imagina para los próximos meses. Regresemos a los asesores electorales del jefe del Estado: ellos les hicieron saber a todos los funcionarios mileístas que solo existe una ventana de nueve meses, que son los que vienen, antes de que comience el tembladeral político por las elecciones presidenciales del próximo año. Después de esos nueve meses, nadie concederá nada a nadie porque todos estarán a la pesca del poder. Hasta Cristina Kirchner notificó de que su única aspiración es sacarlo a Milei del gobierno. Desconfiada hasta la soledad, cree que los jueces podrían cambiar su condición de presa vecinal si regresara el peronismo al poder. Está harta de la prisión domiciliaria, de que su vida transcurra entre cosas y cuartos que vio mil veces y de tener que dormir con una tobillera electrónica. Está harta de San José 1111. Ni siquiera le importa ya el sesgo ideológico de un eventual gobierno peronista. Apoyará a un moderado o a un radicalizado, según perciba la dirección del viento y de la gente común. Es demasiado optimista si realmente está convencida de que un cambio de gobierno modificará su comprometida situación judicial. Todavía le falta lo peor en los tribunales.

La ventana o la tregua preelectoral son, por eso, muy valoradas por el oficialismo. Una versión recurrente en los últimos días señala que Milei autorizó a Federico Sturzenegger a poner en práctica en los próximos dos meses un proceso más veloz de liberación de la economía y de reforma del Estado. Aunque no existe confirmación de parte del Ministerio de Desregulación, funcionarios cercanos al despacho presidencial dijeron que una mayor liberación de la economía significará perseverar con la política de permitir las importaciones. “La Argentina debe triplicar sus exportaciones en los próximos años y debe triplicar también sus importaciones. Así es el mundo que nos toca”, razonó alguien que escucha a Milei. En síntesis, se trata de continuar con la reconversión de la economía, que como toda reconversión tiene sus luces y sus sombras. El Gobierno, por ejemplo, se propone aumentar la elaboración de productos agroquímicos, que son la sustancias químicas empleadas en la agricultura para conservar y mejorar la producción de alimentos. Pero esas industrias se instalarán seguramente cerca de los lugares que producen la materia prima y que se consumen; esto es, en el interior del país, lejos del conurbano bonaerense donde habita el 25 por ciento de la sociedad argentina, la mayoría nadando entre la pobreza y la frustración. “Habrá que promover una migración importante de argentinos hacia el interior del país”, se ilusionan en el Gobierno. No será una transformación fácil, porque en ese cinturón superpoblado, arisco y violento que rodea la Capital viven también los hijos y nietos de la gran crisis de 2001/2002. Son generaciones que perdieron la vieja ambición de los argentinos de vivir en un progreso constante. Gran parte de esos jóvenes se conforman ahora solo con un televisor y un plan social. Por eso, la pobreza estructural nunca pudo bajar del 28 por ciento, que es la que hay ahora. No pudo ni en los mejores años de la economía de Mauricio Macri ni en los de Néstor Kirchner.

La reconversión de la economía requiere también de una fuerte inversión, sobre todo en petróleo y gas en un mundo que cruza un momento de peligrosa inestabilidad energética por la guerra de los Estados Unidos e Israel contra Irán. El criminal régimen teocrático que gobierna Irán conserva el control del crucial estrecho de Ormuz, clave para el traslado de una parte importante del petróleo y el gas que producen varios países árabes. Para peor, vemos un espectáculo político inédito en el escenario internacional, donde un presidente norteamericano anuncia propuestas de sus enemigos, los ayatollah de Teherán, que luego son desmentidas, con la palabra y con los hechos, por esos mismos enemigos. Nunca antes un presidente de los Estados Unidos fue tan menoscabado por líderes menores en el teatro de las relaciones internacionales. Volvamos al país de Milei. La inversión en petróleo y gas no convencionales son especialmente atractivas cuando el precio del barril de petróleo está en más 100 dólares y el millón de BTU de gas superó los 20 dólares. La moneda tiene dos caras: una indica la posibilidad de más volumen en las exportaciones argentinas de petróleo y gas no convencionales, y su mayor utilización en las industrias de la agroindustria y la agroquímica; la otra cara muestra un aumento de los precios de los combustibles en el mercado local y su repercusión en todos los precios y, por lo tanto, en el nivel de la inflación. Haber bajado la inflación es el mayor capital político de Milei. Sin embargo, la caída de la recaudación impositiva en marzo por octavo mes consecutivo, según la información de las propias agencias estatales, está afectando la macroeconomía, porque le quita margen al superávit. Bajaron hasta las importaciones, que son el nuevo regodeo de los argentinos, por el escaso consumo. El principal desafío de la economía es resolver cómo será la competencia entre la producción industrial local y las importaciones. Con la importación de autos chinos, por caso, se puso en serio riesgo a la producción automotriz argentina, que es una industria nacional histórica. “Ahora se habla mucho de cómo bajaron los precios en dólares de los autos de alta gama, pero ¿qué pasará con la industria local cuando lleguen del exterior los autos de 10.000 o 15.000 dólares?”, se preguntó un empresario argentino. En rigor, la reconversión ya se está dando en ese sector. La industria automotriz argentina se está especializando en la producción de camionetas pick-up para el mercado interno y también para exportar. Es igualmente necesario revisar la carga impositiva que sobrelleva la industria nacional, especialmente la automotriz, si quieren que compita con las importaciones. “Milei les está enseñando el capitalismo a los argentinos, que consiste en promover la inversión y la competencia. Por eso, habla de un cambio cultural”, dicen los que hablan con el Presidente. De igual manera, no es menos cierto que China se propone ser un imperio comercial en el mundo, no ideológico ni político, y que su estrategia consiste en subsidiar toda la cadena de producción industrial, no solo el precio final. Y también es verdad que el empresariado argentino se acostumbró a una economía cerrada, de módica calidad, y muchas veces, no todas, corrupta. Era conmovedor ver a los argentinos, que nunca dejaron de ser cosmopolitas, cómo disimulaban entre sus ropas un celular nuevo cuando regresaban del exterior. El “guillermomorenismo” significó un atraso de décadas para la economía nacional.

La reforma del Estado, que se prevé para mayo, significará la eliminación de centenares de organismos del Estado. “El llamado proyecto de ley hojarasca es solo un acto simbólico, aunque no menos real, de la estupidez estatal”, explica un funcionario en alusión al reciente proyecto enviado al Congreso que elimina un largo rosario de normas tan inútiles como obsoletas. La verdadera reforma del Estado será otra cosa, anticipan. El kirchnerismo convirtió -es verdad- a casi todas las agencias estatales, aún las más desconocidas, en sitios para financiar la militancia. “La Cámpora se alojó en el Estado y el camporismo fue sufragado por todos los argentinos”, cuenta un funcionarios que recorrió todas las covachas estatales. Un ejemplo al que suelen recurrir los funcionarios es el del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial), un organismo del Estado que hasta comprueba la calidad del combustible que reciben las estaciones de servicio. “Ese es un trabajo que lo tienen que pagar los dueños, no el Estado”, rezongan. El Gobierno deberá ajustarse los cinturones. Tendrá un índice mayor de desocupación y la dura protesta política de las facciones más afectadas. ¿Podrá Milei cruzar el puente entre el ahora y el final de su propósito transformador? Es una pregunta que carece de respuesta. Nadie la tiene.

Varios empresarios argentinos impulsan un viaje hacia la modernidad, pero sin dejar a nadie en el camino. “España, Brasil o Chile viajaron al futuro con lo nuevo y con lo que había, después de convencer a todos de que un tiempo se había terminado”, dice uno de esos empresarios. Milei, a su vez, está sentado frente a un panel de pruebas. La primera de ellas es reencontrarse con funcionarios que le transmitan la realidad tal cual es, con sus diversos matices. Esa función la cumplieron en su momento, con distintos estilos diplomáticos, la vicepresidenta, Victoria Villarruel; el exjefe de Gabinete Guillermo Francos, y la excanciller Diana Mondino. Ninguno está ahora cerca de Milei, quien prefiere solo a los que le dicen lo que él quiere escuchar. Es la eterna predisposición de los presidentes. Nadie le advirtió, por ejemplo, que el lobista Mauricio Novelli podría contar que él le pagaba un sueldo mensual a Milei desde que este era diputado nacional y que no era solo él quien le abonaba un salario. Nadie le avisó a tiempo que esos supuestos especialistas en criptomonedas, incluido el norteamericano Hayden Davis, pertenecen al submundo de las monedas digitales; nunca fueron figuras respetadas en el universo de las cripto. El último desafío de Milei es algo que él no puede controlar: el destino de Donald Trump. El jefe de la Casa Blanca tendrá que enfrentar el próximo mes de noviembre las elecciones legislativas de mitad de mandato. El precio de la gasolina no para de subir en los Estados Unidos, donde hay una sociedad adicta al petróleo y al gas. Son impopulares allí la guerra y, cada vez más, el propio mandatario norteamericano. Si Trump fuera derrotado en noviembre, su debilidad afectará también a Milei porque ya no será el Trump que lo salvó de caer en la marisma electoral.

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