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En medio de la tormenta perfecta que cae sobre Cuba y su Revolución, Silvio Rodríguez, uno de sus míticos referentes musicales, proclamó solemne que si Estados Unidos “se lanza” sobre la Isla cambiaría su guitarra por un fusil y reclamaba la entrega de un AKM, versión modernizada del tradicional Kalashnikov AK-47. El presidente Miguel Díaz-Canel recogió el guante y junto al ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) le entregó una réplica del arma solicitada.
Rodríguez, que formuló explícitamente su deseo rebelde, parece no haber visto la clásica y pacifista película de Dalton Trumbo “Johny empuñó su fusil”. Y quien siempre se vanaglorió de cantar bellos poemas se olvidó de que “la poesía es un arma cargada de futuro”, como escribiera en su día Gabriel Celaya y cantara Paco Ibañez. En cambio, en su cerrada defensa de una Revolución agotada y sin salida optó por un fusil anclado en el pasado.
Se podrá argumentar, como se sigue haciendo dentro y fuera de la Isla, que la situación desesperada que se vive es consecuencia directa del bloqueo o embargo de EEUU y que, sin él, Cuba sería hoy el paraíso socialista que siempre anheló ser y no la dejaron. Victimismo al margen, esta nueva agresión imperialista exige otra vez resistencia y lucha armada, la reencarnación eterna del “Patria o muerte”.
Pero, desde hace tiempo el paraíso ha trocado en un infierno tras una larga secuencia de políticas erróneas, agravadas por la dura represión, que lo han convertido en una selva inhabitable. Eso lo saben los casi dos millones de cubanos que emigraron en los últimos años, cerca del 20% de la población, frustrados y sin futuro, mayoritariamente jóvenes y bien formados.
Resulta lamentable, incluso patético, que a sus casi 80 años Rodríguez, en lugar de empuñar su guitarra para reivindicar los derechos de unos jóvenes ahogados en años de gestión burocrática e ineficiente, pida un fusil para defender la gerontocracia revolucionaria. Como apuntó Alejandro de la Fuente, director del programa de Cuba de la Universidad de Harvard, “El problema de Cuba no es ideológico, es una incompetencia imperdonable”.
Si bien el embargo o bloqueo fue una rémora para el desarrollo y el bienestar popular, en el tiempo transcurrido desde los años 60 pudieron haberse buscado, y encontrado, mecanismos alternativos para esquivar semejante carga. Con la ayuda soviética primero y chavista-venezolana después, y una buena dosis de imaginación, no debería haber sido difícil. Otros regímenes, que como el cubano también han padecido o padecen sanciones (África del Sur, Rusia, Irán o incluso Nicaragua) hallaron formas de neutralizarlas y minimizar su impacto.
Uno de los problemas de la Revolución, tras la rápida canonización de sus máximos líderes, como Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, es lo poco que les queda por hacer a los humanos para mejorarla. Esto lo reconoció Raúl Castro en 2019, durante el traspaso de poderes a Díaz-Canel, acompañado de los jóvenes José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés y Guillermo García, cuando dijo: “La Revolución es la obra más hermosa que hemos hecho”. Reconocía así que luego no hubo nada equiparable y que la gestión política y la mejora constante de la sociedad eran un mero trámite.
El naufragio de Cuba no lo provocó Donald Trump, pese a su gran contribución. Tampoco se originó en los últimos 10 o 15 años, si bien la negativa a profundizar en las reformas que proponía Barack Obama hubieran ayudado.
La debacle hunde sus raíces en el dogmatismo revolucionario y en el rechazo a cualquier iniciativa individual que potencie las desigualdades y en la intolerancia al mínimo despunte capitalista y de reforzamiento del mercado, aunque tuvieran un tinte chino o vietnamita.
La misma casta que construyó el Grupo de Administración Empresarial SA (GAESA), un holding monstruoso y de mil tentáculos, no supo sintonizar con el pueblo para hacerles la vida más llevadera. Quienes enterraron miles de millones de dólares en hoteles de lujo para turistas fueron incapaces de mejorar las condiciones de vida urbanas. Las calles desoladas de La Habana Vieja y sus degradadas viviendas subdivididas una y otra vez, tanto en alto como en ancho, son el vivo testimonio de algo desde hace tiempo vaticinado.
No sé si el régimen aguantará incólume hasta fines de 2026, aunque seguro que, en su intento de volver a aferrarse a la resistencia numantina que lo caracteriza desde la fallida invasión de Playa Girón, dejarán en el camino jirones de su vida. Pero me temo, a la vista de cómo el pueblo cubano les está dando la espalda, no tendrán, como pedía Evita en 1951, en su discurso de despedida, quien recoja el testigo de la Revolución y lo lleve “como bandera a la victoria”.
Perdida la deferencia y el apoyo popular, desaparecida la mística revolucionaria, sospecho que el reclamo de uno o incluso de varios fusiles AKM (con su correspondiente dosis de munición, supongo) no conduzca a ninguna parte.
Carlos Malamud es Catedrático de Historia de América de la UNED, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, España.
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