El 11 de marzo de 2004, Madrid amaneció atravesada por explosiones. Diez bombas estallaron en trenes de cercanías, dejando doscientas personas muertas, centenares de heridos y un país paralizado por el horror. Los dispositivos fueron detonados de manera simultánea desde teléfonos celulares.
Apenas horas después de producirse el atentado, el gobierno español señaló a ETA como responsable. Una versión que se sostuvo con vehemente obstinación, a pesar de que todas las evidencias empezaban a apuntar hacia el terrorismo islámico.
El ministro del Interior, Ángel Acebes, atribuyó la autoría a los etarras y se dedicó a calificar como “intoxicación” cualquier versión alternativa.
Mientras el funcionario plantaba su relato, los investigadores y periodistas constataban indicios indiscutibles que llevaban hacia el terrorismo yihadista: una furgoneta con material en árabe, detonadores similares a los usados por células islamistas y reivindicaciones vinculadas a grupos ligados a Al Qaeda.
En apenas horas se sabía cómo había operado la célula atacante y de qué domicilios habían salido los atacantes portando mochilas con la carga letal.
“Si ha sido ETA, barremos; si han sido islamistas, gana el PSOE”. Fue la rápida conclusión a la que se adhirió el oficialismo.
España estaba activamente comprometida en la guerra de Irak, una decisión muy impopular en la sociedad española. El gobierno del PP pretendía despegarse del costo de ese involucramiento.
Entre el 12 y el 13 de marzo, desconociendo la veda electoral, la gente comenzó a concentrarse frente a la sede del Partido Popular. La convocatoria se hizo mediante mensajes por SMS; no existían las redes ni WhatsApp.
Una multitud rodeó el edificio en el que se encontraba el candidato del PP, Mariano Rajoy. “Rositas para Aznar”, viralizaban los mensajes recibidos en las pantallas de los teléfonos que todavía no eran del todo inteligentes.
En una tensa vigilia previa a la jornada electoral, se salió a confrontar la información falsa del oficialismo.
Liberados de cualquier compromiso con la veda, los medios más importantes del mundo que se encontraban en Madrid cubriendo el atentado registraron el curso de los acontecimientos. Fue una movida pacífica. Imperaba un clima de conmoción y duelo.
El 14 de marzo ocurrió uno de los vuelcos electorales más abruptos de la democracia española. Ganó el candidato del PSOE, el opositor José Luis Rodríguez Zapatero. Apenas 48 horas antes, las encuestas lo daban 7 puntos abajo.
La estrategia narrativa montada en una mentira, que desplegó el Gobierno del Partido Popular, le hizo perder las elecciones nacionales a manos del PSOE.
El manejo informativo del atentado fue un factor decisivo en la derrota del gobierno.
No fue solo el clima de conmoción por la tragedia lo que cambió la historia. Fue la sospecha de que la verdad había sido deliberadamente manipulada.
La mentira siempre existió en política. Lo nuevo es su escala, su velocidad y su impunidad.
El ecosistema digital acelera el proceso de distribución de contenidos. Lo falso, lo negativo, lo ofensivo y lo violento se instalan más rápidamente.
La mentira se viraliza, deviene combustible de identidad política. Se usa como una forma de dominar la agenda pública; importa que circule.
La mentira en los tiempos de Trump pierde su categoría de error para convertirse en un insumo del poder, un método naturalizado, un dispositivo político movilizador. En la política contemporánea, el discurso se funde con el espectáculo y la falsedad deja de ser un desvío moral para transformarse en una tecnología narrativa.
El salto que introduce Trump es distinto. Ya no se trata solo de ocultar información, sino de producir tantas versiones falsas que la verdad pierde centralidad. La saturación reemplaza al secreto: no se esconde la verdad, se la ahoga.
Trump miente a sabiendas, miente para negociar, miente para apretar, miente para protegerse de sus desbordes. El uso deliberado de la mentira, que pareció rendirle al inefable presidente norteamericano, ha comenzado a perder su eficacia.
Trump no sabe cómo salir de la guerra y pretende confundir con sus dislates discursivos, pero no le está funcionando para intervenir en el mercado global, donde el peso de sus anuncios no está impactando como ocurrió apenas unas semanas atrás.
El miércoles por la mañana Trump dijo que Irán pidió un alto el fuego, lo que el alto mando iraní no tardó en desmentir.
En la noche del mismo día, en un discurso formal —el primero en horario central desde que comenzó la guerra— Trump dijo que los objetivos norteamericanos están muy cerca de completarse y no descartó la posibilidad de un acuerdo con el régimen iraní.
“En dos o tres semanas, los haremos retroceder a la Edad de Piedra, que es a la que pertenecen”.
Trump intenta salir de la guerra presentando logros que la realidad le desmiente. Sus declaraciones de estos días no fueron, esta vez, registradas por el mercado.
El petróleo cierra la semana en USD 110 por barril y la economía mundial se derrumba. Con la palabra devaluada, la manipulación de la verdad ya no le rinde.
Hannah Arendt, que en su ensayo Truth and Politics hizo un planteo que merece ser tenido en cuenta para entender este momento: la mentira reiterada, pensada como un arma para destruir la certeza de que la verdad existe.
Si todo puede ser falso, todo puede también ser verdadero. La palabra política pierde consistencia, pierde densidad y se torna muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso.
Una cosa es la mentira. Otra, el ocultamiento. No son lo mismo, pero operan juntos.
La mentira es una afirmación falsa; el ocultamiento es administración de la verdad: dosificación, demora, silencio estratégico. Y muchas veces el daño político nace más del ocultamiento que de la falsedad explícita.
La mentira no siempre se trata de decir algo falso. A veces consiste en impedir que se conozca lo verdadero. El ocultamiento es más difícil de detectar, pero más corrosivo.
Retener información relevante, retrasar su difusión, responder sin responder, fragmentar la información, ampararse en tecnicismos. De eso se trata. Para que funcione, demanda una pericia, un expertise, una capacidad de la cual Manuel Adorni parece estar careciendo.
Pero mentir u ocultar no cambia la realidad. Lo real termina imponiéndose con crudeza.
Ni los festejos por el juicio de YPF ni los anuncios por la baja de la pobreza lograron sacar de la conversación pública el Adornigate. Todo demasiado explícito, demasiado visual.
Las chapucerías pergeñadas por él, por ahora, ministro coordinador para registrar sus bienes y propiedades, que inevitablemente salieron a la luz, lo hunden aún más en un mar de inconsistencias que le será difícil explicar.
El jefe de Gabinete no está, por el momento, procesado. La Justicia está trabajando en la recolección de pruebas. Los delitos que se investigan van desde la dádiva y las negociaciones incompatibles con la función pública hasta el enriquecimiento ilícito.
Adorni es percibido como un lastre por buena parte del funcionariato. Están los que ya empiezan a tomar distancia de lo que consideran una mancha venenosa.
A las veleidades propias de lo que el libertarianismo llama “casta”, que dan cuenta del perfil aspiracional del ex vocero, se suma la torpeza con la que pretendió defenderse.
Tras haber dado respuesta vaga e imprecisa acerca de si aparecerían nuevos hechos reprochables, Adorni respondió: “No hay nada más”.
“No tengo ninguna inconsistencia y creo que en un año y medio es lo único que hice: irme cuatro días con mis nenes”. Se refería al viaje en vuelo privado a Punta del Este.
La investigación judicial analiza ahora la trazabilidad de un viaje en familia registrado en diciembre de 2024. Todos los caminos conducen a la isla caribeña de Aruba. De comprobarse, al ocultamiento se suma la mentira.
En una suerte de inconducente sobreactuación, Martín Menem recurrió al más común de los lugares para alinearse.
“Pongo las manos en el fuego por Manuel Adorni”, dijo en una entrevista televisiva.
Parte del círculo más íntimo de Karina Milei, Menem considera que hay que esperar el veredicto de la Justicia.
El presidente y su hermana reforzaron en las últimas horas el respaldo al funcionario en caída libre. El empeño por arroparlo resulta tan conmovedor como temerario.
Los tiempos políticos apremian. La seguidilla de torpezas desplegadas por quien ganó su lugar en el Gobierno ejerciendo como vocero y escudero mediático del Presidente no deja margen para esperar los tiempos de la Justicia.
Las estrategias de ocultamiento, dilación de respuesta, beligerancia defensiva y altanería desplegadas por MA no están funcionando.
El ecosistema digital provee dispositivos precisos y veloces para la difusión de mentiras y falsas verdades, pero también pone a disposición herramientas que perforan la opacidad, aportando nitidez y transparencia.
La mentira y el ocultamiento son recursos de corto plazo, estrategias dilatorias; pueden comprar tiempo, pero no compran impunidad.
La realidad siempre se impone y termina pasando factura. Y en este caso el costo es político y lo terminará pagando el gobierno libertario de Javier Milei.