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Miguel levanta un morrón, lo gira entre los dedos y decide: “Llevate este, está mejor”.
La escena ocurre en una verdulería del barrio de Congreso. No es exactamente una venta. Es una conversación sobre morrones, clima, vida cotidiana.
A veces, al bajar a comprar, una se siente un poco como el personaje de Carmen Maura en “Calle Málaga”, la película que desde marzo se puede ver en los cines de Buenos Aires. Allí la protagonista habla con los comerciantes del mercado, con los vecinos, con todos. Como si esa trama mínima de saludos y compras definiera su pertenencia.
Desde cierta distancia, alguien podría decir que Miguel es “apenas” un verdulero.
En estos días volvió a escucharse para marcar jerarquías: para sugerir que hay oficios que importan y otros no tanto.
Y sin embargo, si uno mira con un poco de atención, descubre que el mundo funciona gracias a una legión de “apenas”.
“Apenas” un remisero que durante años anotó con prolijidad obsesiva los recorridos de bolsos que no eran precisamente de viaje. Apenas unos cuadernos. Y sin embargo, de ahí nació una de las causas de corrupción más resonantes de la Argentina. Y fue “apenas” un periodista quien decidió contarlo.
“Apenas” es una palabra peligrosa. Es el refugio de quienes creen que hay trabajos que elevan y otros que apenas sostienen. Como si sostener no fuera, justamente, lo que evita que todo se derrumbe.
Pienso en otra película, “Perfect Days”, donde el protagonista limpia baños públicos en Tokio con una devoción casi religiosa. Hay una escena en la que inventa un pequeño espejo para detectar gotas invisibles en los bordes de los mingitorios. Para ver lo que nadie ve. Para limpiar lo que, en apariencia, no le importa a nadie.
Hay miradas que necesitan elevarse para sentirse importantes. Y en ese movimiento, todo lo demás se vuelve pequeño. Desde arriba, casi cualquier oficio parece “apenas”. Pero en el llano las cosas cambian.
Miguel, el verdulero de Congreso, cuando se inclina sobre un cajón y elige el mejor morrón para su clienta, está haciendo mucho más que eso. En ese gesto, que podría parecer mínimo, hay algo más: respeto. Por el trabajo, por el otro, por uno mismo.
En el fondo, “apenas” es solo una palabra mal usada. Porque no hay tareas pequeñas cuando alguien decide hacerlas en serio. No hay oficios menores cuando hay una mirada que se detiene, que vuelve una y otra vez sobre lo mismo.
Porque, al final, los “apenas” son los que cuentan las historias que otros preferirían ocultar. Los que anotan, limpian, eligen, preguntan. Y entonces la palabra cambia.
"Apenas” deja de sonar a desprecio y empieza a parecerse -muy a su pesar- a un elogio.
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