No es una novedad que el financiamiento genuino a medio y largo plazo de las empresas pequeñas y medianas argentinas ha estado ausente desde hace unos cuantos años, al menos desde los 70. Llevamos más de medio siglo obligando a nuestras pymes a vivir sobrecapitalizadas y sin poder aspirar a crecer y/o a expandirse internacionalmente a riesgo de quedar patinando en el aire por falta de crédito a medio y largo plazo; teniendo que aceptar tasas de corto plazo disparatadas e imprevistas. En 2025 estas tasas generaron intereses que arrasaron con el EBITDA positivo de las empresas.
En la actualidad las pymes argentinas solo tienen financiamiento de corto plazo, con un horizonte de préstamos que no supera los 12/18 meses; o sea, toda su deuda bancaria debe ser devuelta, o renovada durante los siguientes 12 a 18 meses. Esta es la realidad de hoy, pero con un agravante que torna urgente realizar lo que llamo “plan Marshall financiero” –por la urgencia, alcance y escala– que oxigene y permita relanzar hacia el futuro a las empresas pymes argentinas, particularmente las industriales.
Durante 2024/25, con el cambio de paradigma económico y en el contexto de libremercado vigente, las empresas han tenido que reformular su modelo de negocio e iniciar el camino de la reconversión. Particularmente, las empresas industriales se encuentran en una situación crítica producida por la baja de los precios de venta de sus productos en términos relativos al IPC (han aumentado según el IPIM). Sus márgenes porcentuales se han mantenido debido a la rebaja equivalente de sus materias primas e insumos, pero no así el margen de contribución total (ventas menos costo de materia prima e insumos) en términos reales ya que en el mejor de los casos están vendiendo lo mismo que en 2023. En paralelo, el resto de sus costos operativos o industriales (mano de obra, servicios, logística…) y de estructura se han incrementado siguiendo el IPC. Todo ello ha impactado en los EBITDAs reduciéndolos a niveles cercanos al 5% e incluso inferiores. Esto las incapacita ya no solo para invertir en nuevos proyectos o en la reconversión necesaria, sino que tampoco pueden financiar el crecimiento de su capital de trabajo nominal (activo corriente menos deuda espontánea), presionado este por el mayor plazo dado a sus clientes en línea con el descenso inflacionario.
Por otro lado, el pago de intereses por todo el endeudamiento bancario más los intereses pagados por el uso de instrumentos financieros como el descuento de cheques, la venta de facturas, el descubierto bancario y/o los pagarés bursátiles, han pasado de representar el 3% sobre las ventas al 8/10% de las ventas; llevando a las empresas a zonas de pérdida y de insolvencia.
Empresas viables, con EBITDAs positivos, con niveles de endeudamiento bajos (pero carísimos) están coqueteando con la suspensión de pagos. Esta situación no es buena para la sociedad en general, para las empresas en particular, ni para los bancos, ni tampoco para el Gobierno.
La propuesta concreta, a la que llamo “plan Marshall financiero para la pyme argentina”, consiste en impulsar el cambio de la deuda bancaria actual que tienen las empresas (que no es superior a los dos o tres meses de venta) por un préstamo a tres años a una tasa de interés real (TAMAR + 3%) pero no estrafalaria, con intereses pagaderos semestral o anualmente y el principal a su vencimiento.
Los fondos para este “roleo de deuda” pueden surgir de una baja especial del encaje que se les pide a los bancos, que hoy es particularmente alto (45/50%), con aplicación exclusiva a esos fines. Una propuesta posible a una necesidad real.
El costo fiscal de la medida es nulo, ya que no hay subsidios ni transferencias directas, sino solo un cambio en el perfil temporal del crédito.