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¿Podría romperse la OTAN?

hace 8 horas en infobae.com por Pilar Rahola

Dotado de la templanza clásica de los británicos, fue Lord Hasting Ismay, primer secretario general de la OTAN, quien formuló una frase lacónica que explicaría el objetivo del tratado: “Keep the Soviet Union out, the Americans in, and the Germans down.”, es decir, el Tratado Atlántico nacía para controlar Alemania, para expulsar a la URSS y para garantizar que los EEUU se quedaran en Europa. Una permanencia que, por cierto, no fue fácil porque la Constitución americana prohibía aliarse militarmente con ningún país en tiempos de paz, de ahí que fuera necesario plantear la Resolución Vandenberg, conocida así por el senador que la promovió. La aprobación de dicha resolución fue la piedra angular de la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que nacía con 12 miembros.

Es decir, y para situar correctamente la cuestión: la OTAN nació porque Europa temía una invasión soviética, era débil para defenderse y, ante la incapacidad manifiesta de la ONU, necesitaba al gigante americano. Y lo necesitaba tanto que, en realidad, siempre fue una estructura vampírica que extrajo la mayoría de sus recursos de las finanzas norteamericanas: durante décadas EEUU invertía en la OTAN el 72,84 % de su PIB en defensa militar y ahora está en el 60,18 % del total: 980.000 millones en 2025. En el reverso, la mayoría de países miembros no llegaban al 2 % hasta que Trump ha exigido llegar a esa cota mínima. Cabe recordar que la desproporción no solo es económica, porque EEUU también aporta la mayoría de los activos estratégicos, desde satélites de vigilancia hasta transportes pesados y reabastecimiento en aire.

Además, Estados Unidos mantiene 128 bases principales y unas 800 instalaciones menores situadas en 150 países, cuyo coste para el contribuyente americano alcanza los 55.000 millones al año, solo en gastos operativos y de mantenimiento. La presencia militar americana en Europa consta de 31 bases permanentes (con la base aérea de Ramstein como la más importante) y un sinfín de instalaciones, que sumaban los 85.000 soldados americanos antes de la guerra de Ucrania, y ahora alcanzan los 105.000.

Con los datos fríos en mano, las conclusiones parecerían simples: Estados Unidos es la pieza eje de la OTAN, tanto militar como económicamente; Europa necesita y se aprovecha del “paraguas de seguridad” atlántico; y el enfado de Trump se justifica, cuando, necesitando a sus aliados, Europa eleva su “esta no es nuestra guerra” en el conflicto con Irán. España (el más beligerante), Italia y Francia restringen el uso de sus bases y el espacio aéreo a los aviones norteamericanos, Polonia se niega a ceder sus Patriot para el Golfo, y el eterno aliado británico busca una alianza “europea” para resolver el problema del estrecho de Ormuz, sin intervenir militarmente.

Es cierto que ello no impide que diversos países ayuden “discretamente” a EEUU, tanto en logística y abastecimiento de bombarderos y buques desplegados desde las bases de Alemania, Portugal, Grecia y el Reino Unido, como en las operaciones de drones contra Irán que se realizan en la base de Ramstein, según información de The Wall Street Journal.

Pero la calculada ambigüedad chamberliana de Europa, pretendiendo ser un simple observador del conflicto -a pesar de ser la región que sufre más directamente las consecuencias económicas del cierre de Ormuz-, ha llevado a la OTAN a la crisis más profunda de su historia. Tanto, que han saltado las alarmas en dos declaraciones de altura: Trump, asegurando que “EEUU ya no estará para ayudarlos tal como ustedes no estuvieron ahí para nosotros”, y Marco Rubio hablando de “honda decepción” y abriendo la puerta a revisar la relación con la OTAN después del conflicto. En este punto, la pregunta es obligada: ¿puede romperse la OTAN? Es decir, ¿estamos ante una bravata al estilo Trump, o realmente Estados Unidos podría replantearse su papel de garante de la seguridad global, y dejar la alianza atlántica?

Los motivos para la alarma son sólidos, con la guerra de Irán en el centro del desencuentro. Europa tiene la percepción de que Trump pone en peligro la seguridad global por intereses internos y espurios, teme que la guerra desestabilice los equilibrios en el Mediterráneo y provoque crisis migratorias, y que la crisis energética desate una crisis económica de grandes proporciones. Además, el margen de los líderes políticos para apoyar abiertamente la guerra es muy estrecho, a tenor de los estados de opinión de sus ciudadanos, aunque solo un presidente europeo, Pedro Sánchez, ha llegado al abuso demagógico para sus intereses ideológicos.

Lo cual, por cierto, agudiza el aislamiento geopolítico de España, que ha visto como no era invitada a la reunión en Londres entre más de treinta democracias occidentales, para coordinar la reapertura del Estrecho de Ormuz. El hecho de que España sea considerada por el régimen iraní como un “país no hostil”, sumado al deplorable espectáculo de los misiles con la cara de Sánchez y las felicitaciones de Irán, Hamás y los hutíes, incomodan profundamente al resto de países que consideran que la ambigüedad de Sánchez con un régimen criminal que desestabiliza todo Oriente Medio, es bochornoso. Cabe recordar que España se negó a firmar la declaración conjunta que condenaba los ataques de Irán en Ormuz y sentaba las bases para una protección militar del tráfico marítimo, y ello lo ha convertido en un socio poco fiable que queda fuera de la mesa de decisiones.

Pero si Europa tiene motivos para mantener la posición Chamberlain del “apaciguamiento”, Estados Unidos aumenta sus motivos para considerar la ruptura con el Tratado Atlántico. Serían los siguientes: considera injusto que el sobrecoste norteamericano para la protección de Europa, un continente con regiones más ricas que muchos estados norteamericanos; su posición geoestratégica, protegido por dos océanos, alimenta la autocracia militar, en consonancia con el MAGA ideológico; EEUU no importa petróleo a través de Ormuz, y sus riesgos energéticos son muy bajos; y finalmente, resulta incomprensible para la Casa Blanca la indiferencia europea hacia un régimen iraní que genera conflictos en todo Oriente Medio y representa la amenaza más peligrosa para la estabilidad mundial, además de poner en riesgo el suministro energético.

En definitiva, la Casa Blanca puede llegar a considerar que si Europa solo quiere los beneficios de la OTAN pero no quiere asumir ni los costes, ni los riesgos, también debería ser capaz de defenderse de Rusia sin ayuda norteamericana. “¡Cobardes, y no se lo olvidaremos!”, espetó Trump en la red Truth Social, y la frase es todo un torpedo para la alianza atlántica.

Motivos para la ruptura a ambos lados del Tratado, cuya fragilidad, como sostuvo en X Donald Tusk, el presidente de Polonia, “parece el plan soñado de Putin“. De Putin y, sin duda, de China. De hecho, en declaraciones a The Telegraph, el mismo Trump apuntaba en ese sentido: “Nunca me emocionó la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel y el presidente ruso, Putin, también lo sabe". Pero con todo sobre la mesa, la posibilidad de que se rompa la OTAN parece más una guerra psicológica, que una realidad cercana. Es evidente que Europa no puede prescindir del Tratado, ni económicamente -no puede pagarse una defensa autóctona-, ni militarmente, so pena de quedar en una extrema vulnerabilidad, impensable desde la Segunda Guerra Mundial. Y Estados Unidos, a pesar del ruido dialéctico de Trump, necesita la OTAN para mantener su poder global y su capacidad de decisión en el tablero mundial.

Además, los costes económicos para salir de la OTAN serían inmensos, y las dificultades políticas enormes, no en vano necesita dos tercios del Senado para aprobar la desconexión. Por tanto, parece más órdago retórico, que real, lo cual no impide que la crisis sea profunda. El resultado es incierto, pero hay algo claro: Europa no puede desentenderse del riesgo mundial que significa el régimen iraní. Por mucha frase propagandística de los líderes europeos, esta guerra, sí es su guerra: es Europa quien tiene un vecino cercano que alimenta grupos terroristas y desestabiliza la región; y es Europa quien sufre la crisis energética derivada del cierre de Ormuz, y la consecuente crisis económica. Ponerse de perfil es una opción política, pero no es una opción a favor de la seguridad y la paz. Al contrario: garantiza la inestabilidad y alarga la guerra.

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