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Una antigua enseñanza china advierte que el desafío no es sacar al tigre de la jaula. El problema real es volver a meterlo en ella. El actual conflicto en Oriente Medio tiene mucho de esa clave que ayuda a explicar el dilema que atrapa a Donald Trump. En el mensaje al país del miércoles, en horario central destinado a grandes anuncios, se vio a un presidente desorientado, manoteando argumentos dudosos para justificar que necesita escapar del conflicto, pero no sabe o no puede hacerlo hasta contar con una victoria consistente para exhibir.
Tampoco es claro en ese callejón si controla a su aliado israelí, que con más claridad se propone redibujar el mapa de la región, estirando sus fronteras e intentando derribar al régimen iraní, un objetivo cada vez más dudoso.
El dato más significativo de ese discurso radica en lo que no dijo. Toda la escena confirmó que no es cierto que haya habido negociaciones; que Teherán haya pedido un cese del fuego o antes una postergación de los ultimátum que disparó Trump. Tampoco se ha producido un cambio de régimen, como sostiene. Ese cúmulo de bulos, que en todo caso constituían solo una apuesta, al no corroborarse aumentan la impotencia o la hacen más visible. De ahí que los mercados que esperaban novedades reales, reaccionaron depresivos.
Esta guerra estruja la economía global, además de facturarle votos a los republicanos en EE,UU. Cada caída de las Bolsas y aumento del petróleo implica una enorme destrucción de riqueza. Trump se está jugando las elecciones de noviembre. Sabe que así no las gana. Por eso también se debe entender el despido ahora de su deslucida ministra de Justicia, Pam Bondi. Necesitaría un aparato judicial vigoroso que avale cualquier maniobra para atajar esas urnas.
El discurso fue también de campaña. Le dijo a los estadounidenses que la guerra ha sido una inversión de futuro para anular un peligro que había dejado Barack Obama. Alude al acuerdo de Viena de 2015 que aquel mandatario demócrata pactó con Irán para desactivar su programa nuclear.
Trump se felicitó de haber derribado esa incitativa en su primer gobierno. Pero ese mecanismo, avalado por media docena de potencias y la UE, funcionaba. No solo lo cumplió el régimen, como verificó la ONU, sino que el uranio enriquecido fue enviado a Rusia. Y se consolidaba un gobierno moderado en la teocracia bajo el mando del presidente Hasan Rohani y su mentor, el reformista Sayid Mohamed Khatami.
Trump lo anuló por presión de Arabia Saudita e Israel. Ese mismo año de 2015, mutó la geopolítica de la región, Rusia entró en la guerra en Siria del lado del régimen de Damasco, un títere de Teherán y atacó a los grupos terroristas financiados por las fortunas árabes como el ISIS que combatían al país persa.
El aval de Moscú fue una victoria en toda la línea de la dictadura iraní, que multiplicada su influencia hasta el Mediterráneo abrazada al Kremlin y a Turquía. Nunca estuvo claro si Trump tuvo en cuenta o entendía estos detalles, pero lo cierto es que tras fulminar el pacto, los moderados cayeron y los halcones retomaron con mayor vigor su ambición nuclear. Es lo que ahora insinúa repetirse.
Es por todo esto que el sentido de esta guerra desconcierta, y el magnate ha contribuido a ello cambiando constantemente las razones para haberla librado. Las más obvias y ocultas han sido la seducción de Israel para que lo haga; el portazo de la Corte Suprema al poder arancelario; el espectro persistente del caso Epstein y las encuestas de su imagen en caída por el costo de vida. Era un liderazgo que necesitaba algo más que el experimento venezolano para mostrar vigor.
Un propósito menos evidente, sin embargo, indicaría que esta acción constituyó un intento del nacionalismo republicano para desmentir la supuesta decadencia de la influencia norteamericana a la que China alude con frecuencia y con argumentos. Es ahí donde mira Washington de modo razonablemente obsesivo.
Trump, desde su regreso a la Casa Blanca, ha erosionado el poder blando de EE.UU. y construido un mundo al que ambiciona arrepentido de sus límites legales. En la reciente cumbre de Defensa de Münich, el canciller norteamericano, Marco Rubio, calificó el “orden internacional basado en reglas” legado de la segunda posguerra, como una “ilusión tonta” (foolish delusion) que debilitó a EE.UU.
También incluyó una diatriba contra el libre comercio y la globalización que “sustituyen a las nacionalidades”. Un discurso de restauración del absolutismo que atrasaba dos siglos y explica la intensa solidaridad trumpista con la Rusia invasora de Ucrania, exhibición palpable del colapso del Estado Nación.
Debido a muchos de esos aspectos, el liderazgo chino caracteriza a EE.UU. como una potencia en declive, pero no menos peligrosa, señala la sinóloga de la Universidad de Columbia, Zongyuan Zoe Liu, en Foreign Affairs. “Comprenden que, a medida que disminuye la influencia económica y diplomática de Washington, EE.UU. podría recurrir a la única forma de poder que posee en abundancia: la fuerza militar”, sostiene.
El descontrol que vemos en la guerra ha promovido visiones aun más ominosas que afirman que el conflicto debería reflejarse menos en los dos conflictos del Golfo o la invasión de Irak, que en agosto de 1914. La Primera Guerra Mundial nace de rivalidades imperiales, pero también de errores de cálculo y acabó en una catástrofe global que destruyó cuatro imperios y mató a 20 millones de personas.
Es en ese sentido que Beijing asume que el conflicto contra Irán amenaza sus intereses estratégicos. No se trata de la dependencia de los hidrocarburos, un problema que relativamente maneja. Sucede que "un Washington cada vez más volátil está desestabilizando el orden mundial del que depende Beijing”, explica Liu. El peligro reside en el desorden. Un EE.UU. más débil es manejable; uno impredecible, violento y sin las limitaciones del sistema que alguna vez defendió es mucho más peligroso.
“Un Estados Unidos en declive puede generar oportunidades; un EE.UU. volátil destruye las condiciones que permiten que esas oportunidades se materialicen. Lo que teme Beijing no es que Washington pierda poder, sino que ejerza el poder que le queda de maneras que dificulten la interacción global”, explica.
Por eso China ha despachado a Pakistán para que medie, y como eso no alcanza, se ha involucrado directamente. Es por ahí donde podemos esperar alguna sorpresa debido al predicamento de la República Popular sobre la teocracia. Entre tanto, la mayoría de los analistas advierten que, aun golpeado, Irán se planta en un lugar de victoria.
Eso se traduce en la novedad de reclamar la soberanía sobre el estrecho de Ormuz, que ha sido el arma que equilibró la enorme asimetría frente a sus enemigos. Teherán demanda un cese del fuego permanente y garantizado, alivio de las sanciones y autonomía amplia en relación a los capítulos nuclear y misilístico. Con el estrecho pretende imponer tarifas como en Suez o Panamá. Este es el Frankenstein que esta aventura militar ha puesto a caminar en Oriente Medio y de ahí la demanda de las coronas árabes para que Trump no retroceda y resuelva lo que ha hecho aunque se extinga políticamente en el intento.
Las reglas que impondrían a Ormuz como vía internacional están contenidas en la convención de la ONU sobre el Derecho del mar (UNCLOS), de la cual ni Irán ni EE.UU. son signatarios. Estas tarifas le brindarían a la potencia persa una renta mensual de unos US$ 600 millones según cálculos de la CNN. Ya lo estaría cobrando. Nadie lo reconoce pero Lloyd’s reveló días atrás el cruce de más de 20 buques a través del estrecho -Trump había dicho que Irán lo permitía en “consideración a EE.UU.” (!)-. Se sabe lo que pagó uno de ellos: US$ 2 millones. No son buenas noticias. Lo más grave es que faltaron en el discurso.
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