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Hay algo que no cierra en el debate sobre las “falsas denuncias”: la distancia entre el relato político que intenta instalarse y la experiencia de quienes denuncian.
“¿Qué tengo que hacer para que jueguen bien?, ¿Meterlas en la ducha y cogerlas?”, “Sos capaz de hacerte violar para llegar a la Selección”. Las frases, atribuidas a Diego Guacci, forman parte de la denuncia que un grupo de futbolistas hizo al DT de fútbol femenino en 2022. Son varias jugadoras. En distintos momentos y contextos. Con costos personales altísimos.
Ahí es donde la idea de las “falsas denuncias” empieza a desmoronarse, porque denunciar no es gratis. No es fácil. Implica exponerse, perder espacios, ser señalada, revivir situaciones traumáticas.
¿Qué incentivo real tendría un grupo de mujeres -jóvenes, deportistas, con carreras en juego- para inventar una historia así? ¿Qué ganan?
No hay evidencia seria que demuestre que las falsas denuncias en violencia de género y abuso sexual sean un problema extendido. Pero sí hay datos contundentes sobre lo contrario. Según ONU Mujeres, las denuncias falsas representan menos del 1%. En Argentina, el Consejo de la Magistratura las ubica por debajo del 3%, y la mayoría no está vinculada a violencia de género.
Lo que sí muestran las estadísticas es el silencio. Solo 1 de cada 4 mujeres que sufre violencia denuncia. Apenas el 18% de las víctimas de femicidio había denunciado. En delitos sexuales, la tasa de denuncia es del 12,5%.
El problema no es el exceso de denuncias falsas. Es la falta de denuncias reales. El proyecto de ley no se sostiene en datos. Y, sin embargo, produce efectos concretos: instala sospecha sobre quien denuncia, refuerza estereotipos: la mujer mentirosa, exagerada, manipuladora. No es neutral, es un mensaje.
“La reforma desincentiva la denuncia y refuerza estigmas sobre las víctimas, equiparando la falta de prueba con falsedad”, advierte el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género.
El caso Guacci demuestra lo difícil que es probar, sancionar y reparar la violencia. Incluso cuando hay múltiples testimonios. Incluso cuando los organismos reconocen que la falta de pruebas no implica que los hechos no hayan ocurrido, como hizo la FIFA, que tomó por válidas las denuncias pero no sancionó al DT.
Insistir con esta narrativa no es inocente. En un contexto de retroceso de políticas de género, funciona como mecanismo de disciplinamiento: instala miedo, desalienta denuncias y erosiona derechos.
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