Marcelo Rosasco tenía 19 años y estudiaba filosofía cuando la dictadura militar interrumpió su vida para enviarlo a las Islas Malvinas. Le faltaban apenas 33 días para terminar el servicio militar obligatorio; contaba las horas como un preso, arrancando hojas del calendario, sin sospechar que su destino se extendería 64 días más en el frío austral. Hoy, a los 63 años, aquel joven que trabajaba en la oficina del jefe de regimiento recuerda cómo el conflicto estancó sus estudios y lo obligó a madurar entre bombardeos y trincheras inundadas.
Años después, en 1989, Rosasco decidió volcar su necesidad de comunicar en el periodismo, una herramienta que hoy utiliza para dar testimonio con precisión y sin romanticismos. En diálogo con PERFIL, el veterano reconstruye su vivencia desde lo sensorial, lo político y lo humano, alejándose del relato del "héroe de bronce" para hablar de la cruda realidad de los soldados que resistieron no solo al enemigo, sino también al maltrato de sus propios mandos.
Hay señales en cuentagotas. Cerca de donde vivo hay un terreno grande, el "campito", y cuando lo cruzo de noche el olor al pasto húmedo en otoño o invierno me trae la imagen de las islas. También el olor al humo de la leña quemada; allá no comíamos asado, pero quemábamos madera para calentarnos. A veces, mirar un avión en el cielo me hace "colgarme", aunque cerré gran parte de esa etapa. Lo que vuelve son los sueños recurrentes: sueño en tiempo real que no me dieron la baja y que tengo que dejar mis clases o mi familia para volver al regimiento. Es una angustia tremenda.
Volví vestido de "milico", de verde, y me bajé en Congreso. Ver a la gente caminando, lookeada de otra manera, fue muy loco. Mi universo durante 70 días fue gente vestida igual de mugrienta. Me costó mucho adaptarme. Me bajoneé porque no podía conectar con la gente; sentía que los temas de conversación, como el cine o el fútbol, me costaban horrores en ese nuevo contexto. Estaba fuera de eje hasta que empecé terapia y eso me trajo a tierra.
Me gusta hablar y la profesión de periodista me dio las herramientas para dar testimonio informativo como una fuente propia. Pero, sobre todo, tengo mucha conciencia política. Siento la necesidad de contar lo que se tapó: el maltrato que recibía la tropa, lo pésimo que se condujo esa aventura militar cruel e inhumana. Me gusta correrme del relato del soldado en una "epopeya gloriosa" para denunciar que muchos oficiales que fueron allá también fueron parte de la represión de la dictadura. Hay que poner las cosas en su lugar.
Hoy lo puedo decir porque no tengo problemas en comunicar. Uso el periodismo para editar mi propia historia y contar las verdades de lo que vivimos, incluso el lavado de cerebro que sufrimos en el cuartel, donde nos decían que los civiles eran una mierda y los militares la salvación de la patria. Hablar es mi forma de resistencia.
Las Malvinas son argentinas: los 5 argumentos jurídicos e históricos irrefutables que sostienen el reclamo de soberanía
Ser un héroe, en mi caso, fue sacar voluntad de donde no sabía que tenía para soportar 64 días comiendo mal, durmiendo nada y habiéndome bañado solo tres veces en agua salada. Fue resistir en condiciones infrahumanas en una guerra a la que no elegí ir. Pero la verdadera heroicidad está en mis compañeros que murieron dando pelea, los que se quedaron en el Atlántico o los que se bancaron el cuerpo a cuerpo. Ellos dieron la vida; yo soy un tipo que se la bancó y está acá contando otra película.
Sí. Tengo un grupo íntimo con el que nos vemos tres o cuatro veces al año. Aunque hoy seamos muy distintos —uno es arquitecto, otro vivió afuera—, si uno se enferma, los demás estamos ahí. Hay un espíritu que nos hermana por haber soportado situaciones límite. Incluso con veteranos que piensan diametralmente opuesto a mí en política, cuando los veo me surge darles un abrazo espontáneo porque estuvimos uno al lado del otro cuando la mano venía pesada.
Le pediría que se arme de paciencia y le diría que haga todo lo posible por no ir. Rezaría mucho por él. En ese entonces, el 90% de los chicos quería ir por el discurso patriótico, pero yo estaba en ese 10% que no quería convalidar el maltrato de esos hijos de puta que conducían la guerra. Haría lo imposible, hasta pagaría si tuviera plata, para evitar que ese Marcelo fuera a ese lugar.
Tuve cuatro o cinco momentos de miedo extremo donde creí que me moría. Pero yo era del grupo de los optimistas, quizá por negación. Sentía que nunca nos iban a matar y trataba de levantarle el ánimo a mis compañeros diciéndoles que pronto estaríamos de joda y poniéndonos en pedo de nuevo. El miedo real, el de "caer a tierra", me pegó recién cuando volví y tuve que reconectar con mi realidad.
Nunca me gustó el frío, pero en Malvinas lo peor era el viento. Te golpeaba la cara y te lastimaba literalmente; tenías que andar tapado para asimilarlo. Lo más duro era ver a los chicos en las trincheras; el suelo de turba se inundaba cuando llovía y muchos terminaron con "pie de trinchera" (pies congelados) porque no teníamos repuestos. Yo tenía solo dos pares de medias y un par de borceguíes para 60 días. La improvisación con la que nos mandaron fue total.
El histórico viaje del Papa Juan Pablo II para llevar consuelo a una Argentina herida por la Guerra de Malvinas
El oído. El oído que me prestó mucha gente: terapeutas, amigos, familiares. Saber que hay alguien que se hace eco de tu vivencia, que te escucha y te comprende sin que tus palabras caigan en el vacío. Esa fue la herramienta más poderosa para no ser un rehén de la historia de Malvinas.
El momento en que me encargaron llevar los restos de un compañero que había pisado una mina antitanque. Tuve que llevar una palangana con una bolsa de nylon que contenía sus huesos. Lo reconocí por la chapita; era un chico que en el regimiento trabajaba de cafetero, no tenía instrucción de combate y, al reincorporarlo, lo mandaron directo al frente por pura improvisación. Ese dolor y el de enterrar a un piloto de la Fuerza Áerea en un día de lluvia espantoso son marcas que no se borran.
Saber que se terminaba. El 14 de junio, cerca de las 7 de la mañana, un sargento nos dijo que había cese de fuego. Se acabó el ruido, se acabó el miedo a morir y pasamos a ser prisioneros. Esa fue la única caricia al alma: saber que, a pesar de todo, íbamos a volver.